¿Normalidad?



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Se exceden las autoridades, no solo en Chile, en todo el mundo, cuando les da por decretar “retornos seguros” o “nuevas normalidades”. Si nos ajustamos a acepciones psicológicas de normalidad, porque las hay también legales y políticas, estamos lejos de hallarnos en la actualidad “libres de enfermedad, desorden mental, retardo mental u otra disfunción psicológica” (cito un diccionario de la especialidad). Si es más, ¿a qué norma y tiempos previos hemos de remontarnos para reencontrar algún grado de sosiego general? En Chile, hace rato que la sociedad no está en paz consigo misma. El 18-O -estuviésemos o no advertidos de que se podía llegar a semejantes niveles de violencia- lo confirma. Somos muchos, no precisamente afines a la izquierda o al progresismo, quienes tampoco nos compramos el cuento que en los años 90, gracias al consenso partidista, Chile volvió a ser una taza de leche. Ese es un “relato” (el término usado) altamente cuestionable, promovido por publicistas bien pagados al servicio de un mundo político que lleva décadas en caída libre.

Mirado así el panorama que viene de atrás, continuidades no es que falten. En Chile siempre las hay, pero no siempre son garantía de tranquilidad (tuvimos 16 lentos años de dictadura no hace mucho). Estados de excepción o emergencia, como también de descomposición social y degeneración institucional (que se han agravado estas últimas décadas) pueden prolongarse por muy largo tiempo. Por tanto, vuelvo a la misma inquietud: ¿a qué normalidad o retorno seguro es posible devolvernos? Más aún, de la mano de un gobierno tambaleante meses atrás, y un Congreso y oposición no menos desacreditados que el 15-N desecharon la Constitución de una sola plumada. Me salto los tribunales y la fuerza militar porque tampoco están a la altura ni se la pueden.

La coyuntura en que nos encontramos ahonda el enredo. Leo en un artículo de Adam Gopnik de esta semana en The New Yorker, de lo más lúcido con que me he topado ahora último, donde sostiene que la peste mundial en ningún caso altera posturas ya definidas. La situación es comparable a cuando, muy luego de desatada la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias se empantanaron y decidieron cavar trincheras. Pasa hoy lo mismo. Quienes abogan por estados fuertes (como China) o servicios de salud pública hasta hace poco modélicos, se las tienen que ver con un Reino Unido, Italia, Francia y España colapsados, además quién sabe qué realmente pasa en la China dictatorial. Todavía difícil de anticipar consecuencias, la pandemia es tan poco selectiva que no le estaría dando razón a ningún sistema político o económico específico. Por tanto, ¿quién va a ceder en un escenario así?

Conclusión: mejor sigamos hablando de emergencia, no de posibles vueltas a ninguna supuesta “normalidad”.

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