La derrota de la Nueva Mayoría, según Ignacio Walker

Casi siete meses se tomó el expresidente de la DC y exsenador Ignacio Walker para contar desde su perspectiva privilegiada cuáles fueron las razones del fracaso electoral de la Nueva Mayoría, que tal como su antecesora, la Concertación, fue articulada para gobernar Chile y relegar a la derecha a la oposición durante varias administraciones. Sin embargo, su destino fue otro.


“¿Por qué ese tránsito desde una coalición política que se planteó en términos estratégicos, con una mirada de mediano y largo plazo, lo que condujo a la elección consecutiva -e inédita, en la historia de Chile y de América Latina- de cuatro gobiernos, a un acuerdo político programático para apoyar al gobierno de Bachelet? ¿Cuáles fueron las características y tensiones, entre una y otra, en una perspectiva de continuidad y cambio? ¿Qué cambios implicó la incorporación del Partido Comunista (PC) a una coalición de centroizquierda que fue concebida, al menos inicialmente, y por dos décadas, como el encuentro entre la Democracia Cristiana (PDC) y el socialismo democrático (PS, PPD y PRSD)? ¿Cómo se inserta ese tránsito de un conglomerado a otro en el proceso de crecimiento, modernización y desarrollo del Chile de los últimos 30 años?”. Esas son algunas de las preguntas que se hace el expresidente de la DC y exsenador Ignacio Walker, quien fue protagonista de la fundación de la Nueva Mayoría y, también, uno de sus críticos más tenaces en su ocaso.

En 242 páginas, Walker intenta responder esas y otras interrogantes de la corta vida de la coalición que tenía por objetivo reemplazar a la Concertación, cuyos gobiernos duraron 25 años, pero que tras solo un mandato -el segundo de Michelle Bachelet- terminó entregando el poder a la derecha. Estos son párrafos marcados de La Nueva Mayoría. Reflexiones de una derrota:

(…) ¿En qué momento dimos por terminada la Concertación? La verdad es que no tenemos un acta de defunción. Tampoco hicimos el funeral (Seppuku) que proponía el senador Quintana, antes de asumir la presidencia del PPD, en junio del 2012.

¿En qué momento nació la Nueva Mayoría? Tampoco tenemos un certificado de nacimiento. Voy a sostener que lo que gatilló la Nueva Mayoría, con letra mayúscula, fue el llamado que hiciéramos, desde la Concertación, pero dirigido a un espectro político y social más amplio, a unas primarias abiertas y vinculantes, sin exclusiones, entre el conjunto de los partidos de oposición que estuvieran disponibles, la que tuvo lugar el 30 de junio de 2013. Un verdadero punto de inflexión en toda esta historia.

Podría decirse que la Nueva Mayoría es como una hija ilegítima de la Concertación. Hay como una paternidad no asumida, o no reconocida; algunos reniegan, otros nos sentimos orgullosos; hay continuidad, pero hay cambio, y tal vez más cambio que continuidad; hay reconocimiento, pero están también los que quieren dar vuelta la página. No es fácil escribir la historia de la Nueva Mayoría, y más difícil aún es dar por superada la Concertación, pero, en fin, así se escribe la historia, al menos esta historia.

(…) Yo tenía muchas aprensiones sobre los grados de coherencia o incoherencia que podrían surgir en torno a un gobierno conjunto, con participación de la DC y el PC, según señalé en esa entrevista. ¿Qué haría el PC si un futuro gobierno nuestro invocara la Ley Antiterrorista en La Araucanía?, pregunté, en la entrevista. ¿Qué ocurriría si ese futuro gobierno aprueba un reajuste del sector público distinto a lo que pide la Anef o un salario mínimo distinto al que pide la CUT?, agregué. ¿El PC va a estar con el gobierno, solidarizando, o en la calle, protestando?, pregunté.

“Lo que más me preocupa es que el PC esté con una política a dos bandas, con un pie en el gobierno y un pie en la calle”, dije, frase que adquiriría una cierta notoriedad en el debate público, todo lo cual nos tensionaba como partido (a mí, por lo menos). Un pie en el gobierno y un pie en la calle, un pie en La Moneda y un pie en la Alameda, un pie en el gobierno y un pie en la oposición, esa era, en verdad, mi principal preocupación en la perspectiva de un eventual gobierno conjunto entre la DC y el PC.

La verdad es que yo estaba complicado, y varios en mi partido también lo estaban, y parte de nuestro electorado, y la gente que a uno lo para en la calle también lo estaba -otros, legítimamente, al interior del partido, no tenían estas mismas aprensiones sobre una participación conjunta entre la DC y el PC en un eventual gobierno.

(…) Visto en retrospectiva, y en un sentido autocrítico -volveré sobre el punto más adelante-, más que la voz del anónimo militante de base que nos decía “déjense de pelear y pónganse de acuerdo”, lo que primó fueron los intereses político-electorales y la perspectiva de alcanzar el gobierno, teniendo en cuenta el abrumador apoyo ciudadano a la candidata Michelle Bachelet.

Esa fue la lógica que finalmente se impuso y que explica nuestras definiciones políticas en torno al PC, en la perspectiva de una participación conjunta en un eventual gobierno de Bachelet.

(…) El otro punto sensible era el de la gratuidad universal en educación superior, lo que pasó a ser uno de los puntos más sensibles y controvertidos en el programa, y en el gobierno de Bachelet, y de la Nueva Mayoría.
Yo tenía (y mantengo) una posición contraria a la gratuidad universal, porque consideraba (y considero) que es imposible de financiar (su costo es de unos US$ 4.000 millones, que era la mitad de todo lo que estimábamos íbamos a recaudar, en régimen, por la reforma tributaria, existiendo otros temas prioritarios en el plano de la salud, las pensiones, la infancia y la delincuencia, solo por mencionar algunos) y, además, porque es regresivo (no entendía cómo podíamos explicarle al país que el 99% de la población iba a financiar la educación superior al 1% más rico, que, a su vez, concentra un tercio del ingreso nacional). En una entrevista de prensa posterior dije que eso me parecía un escándalo.

Me parecía impresentable por las dos razones anteriores, pero especialmente por una tercera razón, a la que le atribuía una gran importancia política.

En efecto, en los documentos de agosto de 2011, suscritos por los cuatro presidentes de la Concertación, y de diciembre del mismo año, suscrito además con el Partido Comunista, el MAS y la IC, a los que ya he hecho mención, habíamos adquirido el compromiso de impulsar la gratuidad para el 60 o 70% de los sectores de menores ingresos, contemplando becas y crédito (en la modalidad de crédito solidario, no de CAE, o Crédito con Aval del Estado) para los alumnos no cubiertos por gratuidad, en el entendido que tomaría varios años alcanzar esa ambiciosa meta.

Les dije, textualmente, a Arenas y Peñailillo: “No podemos ser más papistas que el Papa en esta materia”, sobre la que ya existía una postura común de los siete presidentes de partidos de la Nueva Mayoría, y les pedí que le transmitieran mi opinión a la candidata.

Pues bien, lo cierto es que el domingo 27 de octubre de 2013, un par de horas antes de dar a conocer el programa ante el país, en el Teatro Huemul, la Presidenta nos citó a la sede del comando para hacernos entrega formal del programa, debidamente empastado. Cuál no fue mi sorpresa al constatar que el programa contemplaba gratuidad universal y ¡para el año 2020!

(…) Tengo que reconocer que he tenido que dar muchas explicaciones -no siempre de la mejor forma- por la manera en que se dio el proceso de elaboración del programa, en lo que respecta a la DC. Tengo en mente el mensaje de texto que envié a algunos dirigentes del partido, en agosto de 2016, en que, a propósito de unas declaraciones del senador DC Jorge Pizarro (“el grave problema que hemos tenido durante este gobierno es que nuestro partido, mi presidente de partido de la época (Walker), firmó un programa con el que no estábamos totalmente de acuerdo”), y de declaraciones de dirigentes del partido sobre el tema en cuestión (gratuidad universal), del tipo “el programa que firmó Ignacio Walker”, señalé lo siguiente (lo transcribo íntegramente):

“Frente a declaraciones de Uds. en la prensa, en diarios y radios, quiero aclararles lo siguiente: yo no firmé ni suscribí ningún programa, ningún pdte. de partido de la NM firmó ni suscribió ningún programa. Al salir del Teatro Huemul, cuando se dio a conocer, y ante toda la prensa, dije: “Hacemos nuestro el programa de la Pdta. Bachelet”, como un acto de lealtad, actuando de buena fe. El hiperpresidencialismo chileno hace que ningún partido de la Concertación ni de la NM haya suscrito NUNCA ningún programa -salvo, creo, el de 1989- así es que tampoco culpo a la Pdta., ese es el presidencialismo imperial que tenemos. Así funciona la democracia chilena. Unos 120 técnicos y profesionales DC participaron en unas 20-30 comisiones, y mucho de eso quedó, pero el programa lo hizo Alberto Arenas (jefe programático), reportándose solo a Bachelet. Durante la discusión objeté el capítulo entero sobre reforma constitucional -lo eliminaron entero y salió algo bastante más razonable-, objeté la gratuidad universal varias veces -porque los siete partidos, incluido el PC, habíamos suscrito un acuerdo x escrito con gratuidad para el 70% de menores ingresos (no nos hicieron caso, gratuidad universal 2020, y ahí están las consecuencias), y objeté que el aborto fuera un proyecto de gobierno y no una moción parlamentaria (M. Aylwin y yo presentamos el proyecto sobre divorcio sin preguntarle a ningún pdte.), pues bien, no nos hicieron caso (y esto tensiona a nuestros parlamentarios)… Solo por darles algunos ejemplos. Somos víctimas del presidencialismo imperial (en la Alemania parlamentaria la CDU y el SPD negociaron hasta la última línea, punto y coma), en fin, no es llegar y decir “Ignacio Walker no firmó el programa”, como les he escuchado a los tres, saludos fraternos. Ignacio Walker”.
Por cierto que a los pocos días el mensaje se había filtrado a la prensa. Como me dijo José Pablo Arellano, “hay que contar hasta 10 antes de enviar un mensaje como ese”.

(…) Visto en retrospectiva, tal vez el mayor problema, en relación al programa de gobierno, no fue ni su proceso de elaboración ni su contenido, sino lo que llegó a ser en términos de su aplicación, en el proceso de implementación y de gestión de las reformas.

Sabido es que no son los programas los que ganan las elecciones. Son otros los factores: las características de los candidatos o candidatas, los mensajes, las estrategias de campaña, los apoyos que brindan los partidos, el despliegue territorial, las dimensiones de continuidad y cambio, según los estados de opinión pública y las evaluaciones que se hagan del gobierno precedente; en fin, son un conjunto de factores los que inciden en un resultado electoral, pero no son los programas los que ganan las elecciones.

El problema de ese programa es lo que llegó a ser, en pleno gobierno, especialmente de parte de aquellos sectores que se sentían más comprometidos o identificados con la dimensión refundacional que atribuían al “cambio de paradigma”, entendido como un “nuevo ciclo” social, político y económico contemplado en el programa. Hubo, entre ellos, una suerte de endiosamiento del programa; “el programa lo dice”, casi como esculpido en piedra, “está en el programa”, casi como una verdad revelada.

Cambio del modelo

(…) En el trasfondo de ese debate al interior del gobierno y de la Nueva Mayoría, en la medida en que se iban decantando las distintas posiciones, estaba el viejo tema de los “malestares” al interior de la sociedad chilena.
En apretada síntesis, dos fueron las lecturas al interior de la Nueva Mayoría sobre el tema de los malestares: la primera enfatizaba la necesidad de un cambio de modelo, o de paradigma, en la forma de un nuevo ciclo político, económico y social, en clave refundacional, entendido como un proceso de superación de la era de la Concertación, lo que en el extremo condujo a renegar de esos gobiernos por haber sido incapaces de remover las bases del modelo neoliberal heredado de la dictadura.

La otra lectura se planteaba como un proceso de ampliación y profundización de la Concertación, sobre la base del gradualismo y el posibilismo, a partir de un equilibrio entre los elementos de continuidad y cambio, sosteniendo, como tesis central, que los malestares existentes no eran otra cosa que la expresión de las tensiones y contradicciones asociadas a un acelerado proceso de crecimiento, modernización y desarrollo como el que experimentó Chile en los últimos 30 años.

(…) Mi pregunta en torno a la colaboración entre la DC y el PC no es tanto sobre el pasado -después de todo, la Nueva Mayoría llegó a su fin el 11 de marzo de 2018, a partir del triunfo indiscutido y contundente de la centroderecha, el 17 de diciembre de 2017-, sino más bien sobre el futuro.

Solo me remito a insinuar que, en una perspectiva de futuro, una colaboración entre la DC y el PC, en materia de coaliciones políticas y de alianzas de gobierno -dejo a salvo la posibilidad de concurrir a acuerdos electorales puntuales, por un mínimo de realismo y pragmatismo-, a la luz de la experiencia reciente, se torna muy difícil, si no imposible.

(…) Una vez más, y este es el segundo factor que explica la decisión de la DC de competir en primera vuelta, quedaba de manifiesto lo que ya desde mucho antes amplios sectores del partido percibíamos en términos de una clara y consistente izquierdización de la Nueva Mayoría, lo que dejaba a la DC en una situación muy difícil de sostener, política y electoralmente.

Era mejor morir enarbolando las propias banderas, en la primera vuelta electoral, que hacerlo en unas primarias de la Nueva Mayoría, bajo la lógica del “todos contra Goic, todos contra la DC”, para luego desaparecer del mapa y ser arrastrados a lo que a todas luces iba a significar una mayor izquierdización de la “centroizquierda” (que tenía cada vez más de izquierda y cada vez menos de centro), en la medida en que se levantaba, con fuerza, una alternativa presidencial a la izquierda de la Nueva Mayoría, con las fuerzas del Frente Amplio -que, finalmente, proclamó a la independiente, y comunicadora social (ambos rasgos compartidos con Guillier, además de ser amigos y haber trabajado juntos en televisión), Beatriz Sánchez.

(…) La primera autocrítica que me hago, en primera persona plural (nosotros) y singular (como presidente del PDC y como senador) es que, en política, no basta con hacer prevalecer las conveniencias o los intereses puramente electorales, por sobre cualquier otro tipo de consideración. Lo anterior, hasta el punto de llegar a comprometer aquello que es la base mínima de cualquier gestión de gobierno, como es la necesaria coherencia que debe existir entre los partidos que conforman, o aspiran a conformar, una alianza de gobierno.

Los partidos no pueden ser medidos o evaluados solo por los resultados electorales. No es ese el único parámetro con el que han de ser juzgados. Junto con las conveniencias o intereses político-electorales, hay que buscar coherencia en la acción, y en la relación con aquellos partidos con los que uno aspira a conducir los destinos de la nación.

(…) Lo racional, lo lógico, lo político, habría sido al menos intentar jugar un rol de minoría dirimente, para evitar aparecer como una minoría subordinada (cola de ratón, vagón de cola, arroz graneado, entre otras expresiones). Lo subjetivo, sin embargo, y a veces las lealtades mal entendidas, además de las dudas acerca de la real capacidad de alinear internamente al partido en torno a una postura común, nos llevaron por otros derroteros. Al renunciar a jugar un rol de minoría dirimente, o al no habernos siquiera planteado en serio esa posibilidad, muchas veces terminamos haciendo una política de control de daños, atajando goles, apagando incendios, en una lógica de “mal menor” más que de buen proyecto de ley o de buena política pública.

Asumo personalmente, y en mi calidad de presidente del PDC, y también de senador, la cuota de responsabilidad que me corresponde por esta omisión (de no haber promovido con fuerza nuestro potencial rol como minoría dirimente).

(…) A la postre, la Nueva Mayoría no fue un instrumento útil, ni un vehículo eficiente, ni un acuerdo funcional, tras el objetivo del desarrollo, como sí lo fue, durante 20 años, la Concertación de Partidos por la Democracia, empeñada en un doble proceso de democratización y de modernización de las estructuras, con miras a transformar a Chile en un país desarrollado.

Si bien el programa de gobierno, entendido como Carta de Navegación, se planteó objetivos loables desde el punto de vista de un conglomerado y un gobierno de centroizquierda, incluyendo la reforma tributaria, la reforma educacional y la necesidad de contar con una nueva Constitución, y más allá de los problemas y deficiencias que se pueden identificar en algunas de las formulaciones programáticas y, en especial, la gestión de las reformas, lo cierto es que nunca se planteó el objetivo explícito de avanzar hacia un crecimiento económico, alto y sostenido, tras el objetivo del desarrollo.

(…) La Nueva Mayoría no fue capaz, o no tuvo la voluntad, o la visión, de plantearse en una lógica de profundización, más que de superación, de procesos y transformaciones llevados a cabo, auspiciosamente, bajo los gobiernos de la Concertación -sin perjuicio de las necesarias correcciones, perfeccionamientos y rectificaciones, en una adecuada relación de continuidad y cambio-, en una perspectiva que fuese conducente al objetivo del desarrollo, lo que supone, como condición necesaria, aunque no suficiente, un nivel de crecimiento económico alto y sostenido.

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