Tercera PM

Presenta:

Daniel Villalobos

Daniel Villalobos

Escritor y Guionista.

La Tercera PM

Apocalipsis ahora, ojalá

(Quizás) nunca antes en la historia tanta gente estuvo tan expuesta de manera tan persistente al bombardeo de información respecto a cuán miserables puede llegar a ser nuestra especie.


Cuando éramos niños, el fin del mundo tenía mala fama. Pero estamos en la post-era de las redes sociales, la multiconectividad y el ciclo de noticias 24 horas al día y una certeza se ha ido amasando en nuestra conciencia: la desaparición de la raza humana no sería una gran pérdida.

Eso al menos se deduce de las docenas de películas apocalípticas o post-apocalípticas que se han estrenado en la última década y que tienen un tono muy distinto al que caracterizó al género en sus inicios. Como dijera el crítico Sam Adams en una columna en el sitio Slate.com, lo que tienen en común títulos como Jurassic Park: El Reino Caído, la serie Westworld o la saga de El Planeta de los Simios, es la certeza de que el fin de la humanidad no es una tragedia, sino más bien algo deseable. El cierre de una etapa, un capítulo acabado en un largo camino del cual los humanos sólo fuimos una parada.

Dinosaurios, androides o simios inteligentes: la cantidad de grupos ansiosos de tomar el control de la Tierra una vez que nos extingamos aumenta con cada blockbuster que se estrena. Incluso la serie The Walking Dead (esa extensa narrativa sobre la inoperancia y mezquindad de las personas) ha sugerido desde el principio que una certeza que treinta años atrás habría sido trágica (“las cosas nunca volverán a lo que fueron antes del apocalipsis zombie”) hoy es más bien tranquilizadora: el equilibro que el ecosistema alcance una vez que humanos y zombies desaparezcan será algo nuevo, deseable, una utopía en vez de una pesadilla.

Lo que nos solía enseñar la ciencia-ficción era que el bicho más resistente del universo era al final la raza humana. Como me explicó una vez un amigo, la criatura realmente indestructible de la saga Alien no son los xenomorfos, sino la teniente Ripley. Pero eso fue antes, en un futuro muy, muy lejano, tan distante que incluso precede a la Guerra Fría: en el apocalipsis global más antiguo de la ficción, el diluvio del Antiguo Testamento, el arca de Noé no sólo rescata a parejas de cada especie animal, sino también el orgullo de la raza humana. Ni siquiera la voluntad divina es capaz de arrasar con todos nosotros.

¿De dónde viene esta nueva onda polar de películas o series que abrazan alegremente la perspectiva de un planeta sin humanidad? De la desesperanza, obviamente. Pero no con los individuos. Ni siquiera con los grupos específicos. Lo que se huele detrás es la desesperanza respecto a un proyecto general. El mundo, como recordara antes de morir Christopher Hitchens, siempre ha sido un caos y la guerra, la hambruna y las ideas de odio no son inventos recientes. Pero (quizás) nunca antes en la historia tanta gente estuvo tan expuesta de manera tan persistente al bombardeo de información respecto a cuán miserables puede llegar a ser nuestra especie. Hace quince años, si alguien quería cerrar los ojos a las malas noticias, bastaba con apagar la tele. Hoy tendría que desconectar su teléfono y literalmente irse de las ciudades.

Lo que nos lleva a otro punto: en todas estas ficciones del último tiempo centradas en la extinción o la cancelación de la raza humana, persiste la figura de pequeños grupos que logran escapar, siempre hacia zonas despobladas. Su modestia los hace invisibles al apocalipsis. Sobreviven, como sobreviven las ratas o las cucarachas. Y ese elemento que aparece en historias que van desde Guerra Mundial Z hasta Un Lugar en Silencio, me trae a la memoria Preppers, el extraño programa de NatGeo donde entrevistaban a familias que se preparaban para distintos tipos de apocalipsis.

En uno de los episodios, un hombre que había fortificado su casa y blindado sus vehículos hablaba con el conductor sujetando un rifle en la mano. Estoy listo, decía, para proteger mi hogar y mi familia. No dudaré en dispararle a los que quieran entrar. ¿Qué pasa si nadie entra?, preguntaba el entrevistador ¿qué pasa si nadie viene nunca? El hombre dudaba. Y luego, con algo parecido a la pena o a la resignación, contestaba: Sería duro que no viniera nadie. Sería duro saber que estamos solos.

 

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