La normalización de la ultraderecha

Para que estos procesos tomen lugar, suele haber una receta común: una centroderecha debilitada y un ecosistema de medios y líderes de opinión que no cuestiona la admisibilidad de ciertas posturas contrarias a la democracia como la entendemos.




Hace una década, era osado hablar del auge de la ultraderecha en el mundo. Incluso en los años inmediatamente posteriores a la crisis económica del 2008, lo cierto es que estos grupos no representaban una amenaza electoral potente. A pesar de intentos como los del Tea Party en los EE.UU. o del Frente Nacional en Francia, lo claro era que los partidos tradicionales mantenían su hegemonía. Esa certeza ha caído en todo el mundo y, ahora, está a punto de caer en Chile.

La ultraderecha que vemos en el último tiempo ya no tiene las mismas formas de crecer. Lo hemos visto con Viktor Orban en Hungría, Trump en los EE.UU. o Bolsonaro en Brasil. En todos estos casos, los líderes de ultraderecha han logrado penetrar en los partidos tradicionales de la centroderecha y los han corrido a ideas y planteamientos impensables. Partidos que mostraban una apertura cultural a la diversidad y a la inmigración se convirtieron en espacios de fanatismo religioso, autoritarismo y supremacía blanca.

El otro camino que han tomado las ultraderechas para validarse es reconvertir lo que antes era considerado como inaceptable. Los Demócratas en Suecia, o incluso el BJP de Narendra Modi en India, son ejemplos de partidos con tradición ultranacionalista o neonazi que, de a poco, fueron normalizando sus discursos al punto en que sus propuestas, otrora consideradas inadmisibles, se volvieron aceptables.

Para que estos procesos tomen lugar, suele haber una receta común: una centroderecha debilitada y un ecosistema de medios y líderes de opinión que no cuestiona la admisibilidad de ciertas posturas contrarias a la democracia como la entendemos.

Un ejemplo de ello fueron las declaraciones del Colegio Médico después de la reunión con José Antonio Kast. No creo tan cuestionable que los gremios se reúnan con candidaturas, pero no es lo mismo cuando el lenguaje utilizado rescata los elementos que parecen de “sentido común” por sobre aquellos que buscan, por ejemplo, la mayor privatización del sistema de salud, un enfoque puramente punitivo a la drogadicción o los trabajos forzados a las personas privadas de libertad.

Los medios también tienen cuotas de responsabilidad cuando dedican páginas y minutos a comentar los errores de cifras de Gabriel Boric y no a mencionar los riesgos de un programa de gobierno como el que propone el Partido Republicano.

Ante una centroderecha profundamente derrumbada, con un candidato que sólo deja contento a sus financistas, se le abre la puerta a una derecha extrema, que apela al orden, la disciplina y el nacionalismo, y que tiene poco cariño con instituciones claves del orden democrático como los tribunales de justicia. Es importante que quienes tienen acceso a plataformas de comunicación y poder sean consistentes en la defensa de valores democráticos, aun a costa de ciertos intereses gremiales. Puede ser que después sea demasiado tarde y, como hemos visto en otros países, sea esa misma prensa la amenazada y no quede nadie para defenderlos.

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