Chile en medio de la guerra por el 5G



Lo anunció el Presidente Sebastián Piñera en la cuenta pública, el 31 de julio pasado en Valparaíso. Chile inició “el proceso para incorporarse a la tecnología 5G”. Y el primer paso será la licitación de los espectros de banda que permitirán operar la nueva tecnología. Pero en rigor, la guerra por el 5G comenzó hace bastante más tiempo y ahí Chile es sólo una pieza más en un conflicto mucho mayor. Los principales actores finalmente son dos y de cómo termine esa guerra, muchos advierten, se definirá parte importante del nuevo orden mundial del que tanto se habla por estos días. Pero el hecho es que, como ya sucedió en el pasado, volvemos a estar en el centro de una guerra fría, aunque esta vez con (al menos un) actor distinto.

Y las entrevistas que por estos días dieron el encargado de negocios de Estados Unidos en Chile, Baxter Hunt, y el embajador de China en Chile Xu Bu, a La Tercera dan cuenta de eso. Para el primero, empresas de telecomunicaciones, como Huawei -principal fabricante de tecnología 5G en el mundo- no son confiables “porque están bajo un gobierno autoritario como el del Partido Comunista de China”. Mientras que para el embajador Xu Bu lo que sucede es que “Estados Unidos siempre intenta imponer sus propios intereses sobre otros países” y eso es lo que está pasando ahora con el 5G. Aunque el jefe de la misión diplomática china confía que Chile tomará sus propias decisiones sin “interferencia extranjera”.

Pero más allá de esa discusión, ¿qué hace que la tecnología 5G sea un bien tan preciado? ¿Por qué Estados Unidos y China están dispuesta a movilizar toda su artillería retórica para defender sus opciones sobre el futuro de la red móvil en el mundo? El 5G es, como decíamos, la última generación tecnológica para la digitalización de la sociedad. Mientras el 3G permitió los smartphones y la navegación por internet y el 4G abrió a puerta a que nos pudiéramos conectar por video en tiempo real y facilitó la era del streaming, que hoy nos parece indispensable -especialmente en tiempos de pandemia-, el 5G dará un salto cualitativo y cuantitativo en las conexiones. Será la clave para lo que se conoce como “el Internet de las cosas”.

Cuando esté operando en plenitud podremos tener conectado a la red móvil los automóviles, los aparatos domésticos e incluso sectores productivos, como por ejemplo los sistemas de riego de la agricultura. Las ciudades inteligentes serán una realidad y la velocidad de la transferencia de datos se multiplicará. Por eso, una tecnología como esa requiere de sistemas de seguridad reforzados. La cantidad de información que circulará será considerablemente mayor a la actual. ¿Qué sucedería entonces si un grupo terrorista o una potencia extranjera alterara nuestros sistemas productivos por estar conectados a 5G, o inutilizara nuestra red de transporte?

Esas son las preguntas que dan vuelta por estos días y han obligado a la UE, por ejemplo, a adoptar estrictas medidas de ciberseguridad para evitar, entre otras cosas, que un estado externo interfiera en las redes 5G. Todo ello, mientras Estados Unidos sigue presionando para que se excluya completamente a empresas como Huawei y ZTE de las nuevas redes, y China intenta a toda costa que esas compañías participen en las distintas licitaciones a nivel mundial. ¿Qué hará Chile al respecto? De la respuesta a esa pregunta dependerá en gran medida el tono que tomarán las relaciones con Estados Unidos y China. Por ahora, las señales apuntan a una vía intermedia.

La opción de privilegiar que el cable de fibra óptica -decisivo para avanzar en el proceso- vaya por Nueva Zelandia y Australia y no directamente a Shanghai como quería China, parece haber inclinado la balanza hacia un tercer competidor en esa guerra: Japón. Ese país había aconsejado esa ruta que conecta luego Sydney con Tokio y deja a las compañías japonesas con una opción favorable para intervenir en el proceso. Pero como el tema aquí también depende del costo de las tecnologías y de los actores locales que liciten los espectros de banda, queda aún mucho camino por recorrer. Por ahora, el gobierno trabaja aceleradamente en una norma que regule el proceso y fije el marco de la licitación. Si en eso se consagra la llamada “neutralidad tecnológica” el camino quedaría abierto para cualquier actor, Huawei incluido.

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