La Rojita se hunde en su miseria

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La Rojita cayó ante Colombia y se despidió el Sudamericano Sub 20. El equipo de Héctor Robles acabó último de su grupo, sin victorias. Los pecados futbolísticos se agudizaron ante los cafeteros.




Apenas cinco minutos duró la ilusión. Por muy frágil que fuese, sobre todo desde el punto de vista futbolístico, Chile llegaba al último partido de la fase grupal con la esperanza de torcer el destino. Pero lo cierto es que el equipo dirigido por Héctor Robles se pegó de frente con la dura realidad. Aquella que inexorablemente no perdona. Y que en Ecuador fue más dura que nunca para estos muchachos.

No habían alcanzado a acomodarse los equipos en la cancha cuando Valencia se perfiló en la medialuna del área chilena, sin marca alguna, y con un zurdazo cruzado, que rozó en la espalda de Rebolledo, quebró la resistencia de Collao. Si la aventura ya era complicada en la previa, la apertura de la cuenta tan temprano rompió el esquema. La desventaja sólo aumentó el nerviosismo de un grupo de futbolistas que nunca entró en sintonía con el juego. Ni ante Colombia ni tampoco en los partidos anteriores. Y así el partido comenzó a transformarse en un calvario.

Sin un aparato colectivo al cual aferrarse, las individualidad de la Selección naufragaron. Como en todo el torneo. No se salió nadie del molde plano e irregular. Ni el más mínimo sentido de rebeldía. En cuatro partidos, no se puede destacar a nadie. Apenas destellos en medio de una oscuridad llamativa, a ratos exasperante hasta para el propio técnico Robles, que poco colaboró para cambiar la historia.

Porque no todo es responsabilidad de los jugadores. Robles volvió a caer en la confusión, sobre todo a la hora de ordenar las piezar. Tal como ante Ecuador y Paraguay. Y si el equipo ya estaba golpeado antes de entrar a la cancha, lo concreto es que nunca vio respuestas óptimas desde el banquillo. Las modificaciones dentro del mismo partido sólo agudizaron los problemas de funcionamiento que padeció el equipo a lo largo de todo el Sudamericano. Ni siquiera la ubicación como delantero de Jeisson Vargas le dio peso ofensivo a la Rojita, que apenas le hizo daño al bloque defensivo colombiano. Salvo un mano a mano que desperdició Morales en el primer tiempo y un remate del propio Vargas en el complemento, lo demás sólo fueron intentos desesperados de un equipo que jamás estuvo cómodo en la cancha. Ni ayer ni nunca en realidad. De hecho, en medio de ese empuje a ciegas, Sierralta lucía como el hombre más peligroso del ataque. Una señal clara del desorden absoluto.

Entonces, con tamaño panorama, la agonía se hizo aún más dolorosa. Una generación con mucha presencia en Primera División, como pocas veces había ocurrido en la última década, sucumbía sin el más mínimo ápice de atrevimiento futbolístico. La salida de Morales, quizás el delantero más peligroso de Chile a lo largo de todo el torneo, pareció ponerle la lápida al equipo. Amén de que quedaba todavía a esa altura más de media hora, pareció una señal de bandera blanca por parte del banquillo chileno.

Así se despidió Chile del Sudamericano. Último del grupo, sin haber ganado un solo partido. Y lo que es peor, sin saber realmente a qué jugaba. Un registro demasiado pobre para un equipo que en el papel pintaba para más. Pero que sólo es el fiel reflejo de una competencia interna pobre y mal estructurada. Robles y los jugadores simplemente terminan pagando los pecados de un fútbol que sólo sigue aferrándose por los éxitos de la selección adulta.

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