El espejismo del acuerdo




El país y el gobierno viven horas de incertidumbre, la Constitución está derogada de facto, al menos entre los muros del Congreso, donde todas las bancadas la ignoran; el poder presidencial deteriorado y desbordado por todos los flancos: la adhesión ciudadana no llega a dos dígitos en las últimas encuestas, no retiene el tercio de parlamentarios que era indispensable en la institucionalidad fenecida para asegurar la gobernabilidad, y su coalición ni se comporta como si fuera suya, ni menos como una coalición.

En este momento aciago surge el impulso atávico por el acuerdo, La Moneda convoca a las mesas de ambas ramas del Legislativo, pues una agenda común se ve como la manera de seguir evitando una confrontación que, en el abandono actual, parece insostenible. Paz social pide implícitamente -tal vez en privado es explícito- el Ejecutivo, sintonizando con la mayoría de los que siguen los acontecimientos políticos y miran los próximos siete meses interminables, el horror de la debacle que se debe evitar a toda costa. ¡Acuerdo queremos! se escucha, parafraseando el grito de los inicios de la República.

Cada uno tiene sus impulsos, el mío parece ser estar en minoría: estuve siempre a favor del sistema electoral mayoritario, peyorativamente llamado “el binominal”; defendí la Constitución y fui parte entusiasta del 22%; nunca me compré el discurso de la desigualdad, y ahora donde todos -o casi todos- se entusiasman con un acuerdo, porque ven una salida, yo veo un espejismo. Probablemente la proyección, provocada por la angustia, de aquellos acuerdos que permitieron una transición ejemplar y condujeron al país a ser líder en América Latina. Pero es solo un espejismo.

La mayoría de aquellos con los que habría que convenir la ansiada agenda común ven en esa transición un período nefasto, lleno de acuerdos espurios hechos a espaldas del “pueblo”, rendición vergonzante ante un modelo neoliberal que transformó a los ciudadanos en consumidores, sin derechos y con un Estado subsidiario que, dicen, abandonó sus deberes esenciales. Perdón por la pregunta: ¿Cuánto duró la paz social del acuerdo en que se sacrificó la Constitución? Apenas unos pocos meses, descontada la paralización de la pandemia.

¿Incluirá el acuerdo algún punto del programa del gobierno? Solo plantearlo sería considerado una provocación, probablemente con un llamado a “ubicarse”. Lo que acá se entiende acuerdo allá se concibe rendición; lo que unos esperan paz para cerrar el período, los otros entienden como una tregua por lo que dure.

¿Impedirá el acuerdo que parlamentarios del PC y el Frente Amplio presenten indicaciones o mociones populistas, tras las que correrán como atraídos por un imán los legisladores de la Nueva Mayoría y de buena parte de Chile Vamos?

Solo un espejismo tras el que el gobierno no encontrará ni al electorado propio, ni menos al de oposición.

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