La suerte del papá viejo

columna




Paula 1227. Sábado 3 de junio de 2017. Especial Padres.

Cuando me casé por segunda vez, no sabía lo que sería ser un papá viejo. Mi primera hija la tuve a las 29 años y, a los 50, sería padre nuevamente. Mis amigos me decían que admiraban mi paciencia. Claro, era una admiración relativa toda vez que la mayor parte de ellos no haría algo así. La idea de comenzar todo de nuevo suena agobiante para cualquiera. Yo no lo negaba, pero también me parecía una oportunidad maravillosa. El tiempo me ha dado la razón. No hay nada mejor que ser un papá viejo.

En primer lugar, porque la experiencia ayuda mucho. Con la edad, uno aprende que la niñez es un periodo muy corto de la vida. Que hay que aprovechar día a día, porque antes de que uno se dé cuenta, los niños se convierten en jóvenes y luego en adultos. Y, si bien cada etapa tiene su encanto, vivir plenamente cada una de ellas es fundamental. Por eso, con la María, quien tiene 7 años, siento que he vivido en conciencia cada unos de sus días. Y, de paso, he revivido con mucho cariño aquellos años con mis otros hijos, ahora mayores.

Segundo, porque contrariamente a lo que se piensa, lo práctico se hace más fácil. Por ejemplo, cuando uno es mayor, ya no cuesta tanto despertarse en la noche o muy temprano en la mañana, por la sencilla razón de que uno duerme menos. Tanto que, a veces, me sorprendía esperando que mi hija despertara. Casi aburrido de que durmiera tanto. También he descubierto cosas como el notable avance de las películas de niños, por lo que ir al cine con ella es un agrado. Al final, me parece que yo he gozado más que ella con películas como Un jefe en pañales, Mi villano favorito o Los pitufos.

Es cierto, cuesta un poco más ir a jugar a la plaza, o a lugares como el Mampato o jugar al colegio con las muñecas de turno. Pero, por el contrario, cosas como hacer castillos de arena en la playa me parece una actividad notable. Al final, termino yo tratando de hacer grandes construcciones, mientras la María, aburrida, lo único que quiere es saltar sobre ellos para desarmarlos.

Me encanta también la relación con los hermanos mayores. Ella los admira, les hace dibujos, los agobia con sus juegos y sus cuentos. Ellos, dependiendo de la edad, juegan a ser su mamá o discuten con ella. Todos se quejan de que actúo como abuelo más que papá, esto es, que la malcrío. Y tienen algo de razón; uno se relaja con la edad. También está esa cosa maravillosa de los niños, que ven al papá como una suerte de héroe. Llegar la casa y sentir el grito "¡papá!" es lo mejor del día. O que siempre quiera andar de la mano. El otro día, camino al colegio, me dijo que ella siempre iba a querer que la llevara a la sala. Mis hijas mayores se ríen y se acuerdan de que no sabían cómo decirme que ya querían irse solas. Yo lo sé, pero me encanta pensar que, por ahora, no será así.

Siento que ser papá viejo rejuvenece el alma. No tanto el físico. Cuando me senté por primera vez en las diminutas sillas del prekínder, pensé que no podría pararme nuevamente. Pero, ahora, las sillas de segundo básico son más grandes. Y me alivia, pero también me da pena, porque siento que el tiempo pasa demasiado rápido y que la María dejará de ser una niña muy pronto.

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