¿Cómo sé si soy bipolar y cómo se puede tratar?


Hasta un 3% de la población general tienen trastorno bipolar, una enfermedad desconocida y, por lo mismo, muchas veces estigmatizada.

Esta patología suele comenzar en la adolescencia y se manifiesta con cambios de ánimo, que se pueden alternar entre episodios de euforia o manía con cuadros depresivos, por lo que es parte del grupo de los trastornos del ánimo. Asimismo, se divide en trastorno bipolar tipo I y tipo II. En el primero hay historia de episodios de manía mientras que, en el segundo tipo, se dan más los de hipomanía (manía más leve). En ambos casos, las personas también presentan episodios depresivos, habitualmente con más frecuencia que los de euforia.

Durante la fase depresiva, los pacientes presentan tristeza, angustia, aumento o reducción de las horas de sueño, disminución de las ganas de hacer cosas, cansancio, cambios en el apetito, alteraciones de la concentración, sentimientos de culpa, llegando incluso a ideas de muerte o suicidio.

En las fases de ánimo eufórico o también llamadas fases maníacas, los pacientes presentan un ánimo anormalmente elevado o irritable, sentimiento de grandiosidad, aumento de la actividad y de la energía, disminución de la necesidad de dormir, incremento de conductas de riesgo y, en casos más graves, pueden aparecer síntomas psicóticos.

Existen factores genéticos y ambientales que predisponen a sufrir esta enfermedad: el trastorno bipolar tiene un fuerte componente hereditario, siendo un factor de riesgo importante el antecedente de tener un familiar de primer grado (padre, hermano o hijo) con la patología. Sin embargo, los factores ambientales también juegan un rol en el inicio de la enfermedad, como la exposición a alcohol o drogas y traumas psicológicos en la infancia.

Frente a la sospecha de que una persona sufre trastorno bipolar, lo más recomendable es consultar a un psiquiatra para poder hacer un diagnóstico precoz y comenzar un manejo farmacológico y psicoterapéutico cuanto antes.

El tratamiento consta de al menos tres pilares:

  1. Tratamiento farmacológico: se administran estabilizadores del ánimo para tratar los episodios agudos y prevenir otros posteriores. En algunas ocasiones, se requiere hospitalización.
  1. Psicoterapia: está orientada a fomentar que los pacientes no abandonen el tratamiento, tengan herramientas para manejar el estrés y eviten situaciones o conductas que puedan desencadenar un episodio de la enfermedad.
  1. Rehabilitación funcional: tiene como fin ayudar a sobrellevar las limitaciones que la enfermedad genera en términos de las capacidades para trabajar y para desenvolverse en la vida cotidiana.

*Miguel Prieto, psiquiatra de Clínica Universidad de los Andes.

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