Prisioneros de la piel




Los chaqueteros dicen que la sinfonía de grillos es ensordecedora ante el anuncio del retorno de La Ley en Viña 2014. Que poco importa, aunque su nombre todavía no sea superado como la banda chilena más exitosa de todos los tiempos fuera de nuestras fronteras. Sus logros comerciales y premios asoman más cerca de las hazañas de Lucho Gatica que de la huella de Los Prisioneros en los países andinos.

Pero tal como pasa con el rey del bolero, siguen sin acceder al podio de los regalones. El chileno olvida pronto al artista que abandona esta isla. El historial pop despacha un paradójico castigo cuando se concreta la internacionalización de un producto de nuestra humilde industria de los espectáculos. Sucedió con Sábados gigantes al emigrar. Perdió la cercanía y el público pasó la cuenta.

Hasta la muerte de Andrés Bobe, La Ley competía con Los Tres en un duelo mediático forzado, donde ya se instalaba la idea de cierta inconsistencia del grupo, por estar más cerca del pop que del rock. Lo cierto es que siempre fueron de rasgos difíciles de identificar con la idiosincrasia nacional. No estaban enrabiados como Los Prisioneros y no manejaban la tristeza desoladora intrínseca del cancionero nacional, desarrollada con maestría por Violeta Parra y Víctor Jara. Su apogeo ocurrió apenas la democracia fue recuperada. Así, al igual que Soda Stereo en la Argentina posdictadura (o Fuguet en la literatura local), se sentían más conectados con una estética e ideario anglosajón. La mochila política de sus predecesores era el eco de un pasado que no les incumbía.

En La Ley no había fragilidad sino la seguridad -acá decodificada siempre como arrogancia- de quien domina sus potenciales. El acento neutro de Beto Cuevas, qué decir de su aspecto, instalaba al grupo en un lugar distinto, despertando recelos. Se reconocía en ellos calidad y éxitos, pero se sancionaba su imagen de abierta intención publicitaria.  

Desde que partieron a buscar el éxito afuera, La Ley resintió esa distancia y trató inútilmente de acortarla, incluyendo un tibio concierto en el Estadio Nacional en 2003 con demasiadas entradas regaladas. También se disparaban en los pies. En visitas promocionales agradecían al "público chileno" como si se refirieran a terceros. No había un "nosotros".

El regreso era cuestión de tiempo y Viña será el lugar donde veremos si se trata de hijos pródigos o sólo una cita para dar un correcto abrazo a una figura respetable, pero que no se extraña como parte de la familia.

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