George Floyd: La muerte que remece a Estados Unidos

Aunque las manifestaciones empezaron de manera pacífica, la mayoría de ellas se convirtieron en enfrentamientos con la policía.

El 25 de mayo, un ciudadano afroamericano de 46 años falleció luego de que un policía lo asfixiara con su rodilla durante una detención en Minneapolis. Las protestas obligaron al gobierno de Donald Trump a movilizar a 2.500 efectivos de la Guardia Nacional.




Las llamas iluminan la noche y el humo asfixia las calles alrededor de una estación de policía incendiada en Minneapolis. Con los rostros cubiertos, cientos de manifestantes desafiaron el toque de queda impuesto tras tres noches de disturbios para protestar por la muerte del afroamericano George Floyd, de 46 años, a manos del oficial de policía Derek Chauvin, de 44 años, el pasado 25 de mayo.

El nombre de Floyd -que se desempeñaba como guardia de seguridad en un restaurante- se hizo famoso luego de convertirse en víctima el lunes de un nuevo episodio de violencia racial en Estados Unidos, tras ser detenido por un supuesto delito de “uso de dinero falsificado”, de acuerdo al Departamento de Policía de Minneapolis, al intentar comprar cigarrillos con un billete de US$ 20 en un almacén.

“Por favor, por favor, por favor, no puedo respirar, oficial. Me duele el estómago. Me duele todo. Por favor, por favor. No puedo respirar”, decía el hombre inmovilizado, con el rostro contra el concreto y la rodilla de Chauvin sobre su cuello, antes de morir bajo la impotente mirada de decenas de transeúntes que registraban con indignación el momento en sus teléfonos.

De inmediato, las redes sociales se llenaron de mensajes condenando el actuar de la policía y los estadounidenses salieron a las calles a exigir justicia. El gobernador de Minnesota, el demócrata Tim Walz, calificó el arresto como “uno de nuestros capítulos más oscuros”, agregando que “gracias a Dios, un joven tenía una cámara para filmarlo”.

Las autoridades tenían la esperanza de que, tras formalizar a Chauvin -quien ya se encuentra bajo custodia- por los delitos de asesinato en tercer grado y homicidio involuntario, se calmaran los ánimos. Pero las protestas no se detuvieron.

Una posible explicación es que el caso de George Floyd no es el primero. Según The Washington Post, más de mil personas murieron tras ser baleadas por la policía en 2019. De esa cifra, la proporción de afroamericanos que murieron a manos de agentes policiales es más del doble que la de ciudadanos blancos, con 30 y 12 personas por cada millón de ciudadanos de cada raza, respectivamente. El episodio de Floyd trae amargos recuerdos de excesos policiales frente a ciudadanos afroamericanos. Está la paliza que recibió Rodney King en 1992, el homicidio a balazos de Michael Brown en 2014 y el asesinato de Freddie Gray en 2015, por nombrar algunos. Pero este caso, sobre todo, se parecía al de Eric Garner, quien en 2014 murió de asfixia en Nueva York tras ser arrestado bajo sospecha de vender cigarrillos sin licencia.

Al igual que Floyd, las imágenes mostraban a Garner gritando: “¡No puedo respirar!”, mientras el entonces policía Daniel Pantaleo forzaba su brazo alrededor del cuello del hombre de 43 años.

“Ya es suficiente, tienen que dejar de venir a nuestros barrios a brutalizar, aterrorizar y asesinar a nuestros hombres y mujeres”, dijo esta semana Gwen Carr, madre de Garner, quien participó de las protestas.

Aunque las manifestaciones empezaron de manera pacífica como un homenaje a Floyd, la mayoría de ellas se convirtieron en enfrentamientos con la policía, extendiéndose también a ciudades como Los Ángeles, Houston, Boston y Nueva York, donde cientos de personas fueron detenidas en medio de los disturbios.

En Atlanta, vehículos de la policía fueron atacados e incendiados en manifestaciones, al igual que la sede de la cadena CNN, que sufrió graves daños en su infraestructura. El caos generado por las protestas incluso llevó al gobernador de Georgia a declarar estado de emergencia.

En Minneapolis, en tanto, helicópteros sobrevolaban la noche del viernes, mientras en tierra se escuchaban explosiones y disturbios. “Entiendo la rabia, entiendo lo que tiene que pasar. Pero lo que está ocurriendo no es eso. La violación a los derechos que vimos con la muerte de George es diferente al caos absoluto. Esto no es hacer duelo”, señaló el gobernador de Minnesota, Tim Walz, en un intento por frenar la ola de violencia.

Las protestas incluso llegaron a Washington D.C., donde la noche del viernes se reunieron grupos de manifestantes cerca de la Casa Blanca, con fotografías de George Floyd y cantando “No puedo respirar”. En respuesta, el edificio presidencial fue cerrado temporalmente como medida de emergencia y el Servicio Secreto clausuró todos sus accesos.

Aunque las autoridades se habían mostrado conciliadoras durante los primeros días de protestas, con el tiempo han empezado a endurecer el tono. “No hay honor en quemar tu ciudad. Esto tiene que parar”, dijo la noche del viernes el alcalde de Minneapolis, el también demócrata Jacob Frey.

La rápida escalada de la violencia incluso llevó al gobierno a movilizar a más de 2.500 efectivos de la Guardia Nacional, con el objetivo de restablecer el orden.

El Presidente de Estados Unidos, Donald Trump, calificó la situación de “terrible” y aseguró que había solicitado al Departamento de Justicia que acelerara la investigación, aunque advirtió que los “saqueadores no deberían poder opacar la voz de tantos manifestantes pacíficos”.

Previamente, en un mensaje que fue oculto por Twitter, se había referido a los manifestantes como “matones” que deshonraban la memoria de Floyd.

“No puedo respirar”

Además de los testigos presentes, los últimos minutos de vida de Floyd están narrados en documentos policiales que indican que al momento de la detención, “el señor Floyd no entró voluntariamente en el automóvil y luchó con los oficiales, cayéndose intencionalmente, diciendo que no iba a entrar en el automóvil y negándose a quedarse quieto”.

Según el relato oficial, Floyd cayó al suelo -boca abajo y esposado- al ser sacado de su vehículo por el oficial Chauvin. El agente J. Alexander Kueng, de 26 años, sostuvo su espalda mientras el oficial Thomas Lane, de 37 años, afirmaba sus piernas. Todo ocurría ante la atenta mirada del oficial Tou Thao, de 34 años.

“No puedo respirar”, repetía Floyd. “Estás hablando bien”, le habría dicho uno de los policías según el documento de la acusación. Preocupado, Lane preguntó si deberían voltear a Floyd hacia un lado, argumentando que la forma en que estaba posicionado podía ser peligrosa, pero Chauvin se negó. Cinco minutos después de haber caído al suelo, Floyd dejó de moverse.

El oficial Kueng intentó tomarle el pulso por la muñeca, pero no sintió nada. Aún así, los funcionarios no se movieron. Finalmente, después de ocho minutos y 46 segundos, Chauvin quitó su rodilla izquierda del cuello del hombre. Su muerte fue declarada una hora después.

Los cuatro funcionarios involucrados fueron despedidos del Departamento de Policía. Mientras que Chauvin -que tiene acumuladas 15 quejas por conducta en sus 19 años de servicio- ya fue detenido y formalizado. Los cargos contra Kueng, Lane y Thao aún no se dan a conocer.

La “paradoja de Minnesota”

Minneapolis es la ciudad más poblada de Minnesota, un estado que suele ubicarse entre los mejores lugares para vivir en EE.UU., pero donde existe una gran disparidad entre blancos y afroamericanos. Esto se conoce como “la paradoja de Minnesota”, un término acuñado por el académico Samuel L. Myers Jr., director del Centro Roy Wilkins de Relaciones Humanas y Justicia Social de la Universidad de Minnesota.

“En Minnesota, la brecha de rendimiento entre los estudiantes blancos y los estudiantes de color se encuentra entre las peores de la nación. Esto es válido en todos los parámetros de calidad de vida, incluida la tasa de empleo. Incluso, las tasas de afroamericanos en Minnesota que se ahogan nadando se encuentran entre las más altas de la nación. A pesar del hecho de que la natación es uno de los mejores deportes de secundaria en el estado”, señala Myers a La Tercera.

El economista estadounidense relaciona este fenómeno a las actitudes de los propios habitantes de Minnesota frente a los ciudadanos afroamericanos. “Hay un profundo apego al igualitarismo, la noción de que todos somos iguales y no debemos ser tratados de manera diferente. Este noble sentimiento impide que los encargados de formular políticas promulguen medidas dirigidas a miembros de grupos de minorías raciales para obtener beneficios especializados. El optimismo inherente”, concluye Myers, “aquí ha sido ‘si no hablamos de raza, entonces no puede haber racismo’”.

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