Jorge Volpi, escritor: “En México la principal reacción ante la violencia es hacer como si no existiera”

El autor publica Partes de Guerra, novela ambientada en la frontera sur de su país, donde se pregunta qué lleva a un grupo de niños a convertirse en criminales. El escritor subraya que desde 2006 México vive una escalada que ha dejado 250 mil muertos y 100 mil personas desaparecidas. “Esas son cifras de una guerra civil”, dice. “Y desde luego, en ninguno de esos casos ha habido justicia”, afirma.




Quería ser un escritor universal. Escribir novelas sofisticadas y cosmopolitas, lejos de la idea de lo exótico y marginal como rasgos distintivos de América Latina. Ese espíritu animó a Jorge Volpi y a sus amigos cuando crearon un grupo literario que llamaron Crack. Con esa aspiración escribió En busca de Klingsor, una novela que transcurre entre Alemania y Estados Unidos, antes y después de la Segunda Guerra Mundial, donde no figura ni un mexicano. Más tarde visitó Mayo del 68 en Francia y la caída del Muro de Berlín en las novelas El fin de la locura y No será la tierra. Y en 2007, después de vivir varios años fuera del país, regresó a México. Y, contra sus deseos originales, México comenzó a crecer en su obra.

Por entonces, el país comenzaba una decidida guerra contra el narcotráfico, que provocó una escalada de violencia sin precedentes. Las muertes crecían día a día. Los muertos se volvieron cifras y las cifras crecieron en decenas de miles: hoy suman más de 250 mil muertos. Entonces, Volpi no pudo escapar de la violencia en su país.

-Buena parte de los escritores de mi generación, y tal vez algunos después, tanto en México como en otras partes, imaginábamos que había llegado la hora de escribir sobre otros temas, otros lugares, otras realidades. Y de pronto, esos incrementos en la violencia nos hicieron imposible no hablar de ella. Como decía la artista mexicana Teresa Argüelles en la Bienal de Venecia, con estas cifras ¿de qué otra cosa podemos hablar? ¿Cómo podríamos no hablar de esta violencia que nos llega por todas partes? Y creo que eso está reflejado de muchas maneras en la literatura latinoamericana reciente de varias generaciones.

De este modo, en 2018 escribió Una novela criminal, un relato de no ficción que recrea la historia de una pareja acusada de secuestro, un mexicano y una ciudadana francesa; un caso que lastimó las relaciones entre México y Francia y que esconde un reguero de irregularidades de la policía.

Cuatro años después, Volpi publica Partes de guerra, novela ambientada en la frontera sur, al borde de Guatemala, sobre el asesinato de una niña de 14 años. No hay misterio sobre su muerte: fue asesinada por su prima y su novio de la misma edad y en presencia de dos niños de ocho y 10 años. El misterio gira en torno a estos últimos: qué lleva a dos niños a hacerse parte de un crimen. Esa es una de las preguntas que guía al neurocientífico Luis Roth, fundador del Centro de Estudios en Neurociencia Aplicada, quien viaja con un equipo de colaboradores para investigar el caso. El grupo no será inmune a las tensiones y conflictos.

“Para nosotros la violencia se había reducido a un rumor lejano, ese zumbido machacón que no te deja en paz y al cual, en medio de la rutina, acabas por acostumbrarte”, dice la narradora, Lucía Spinosi, la más joven del grupo de científicos. En determinado punto ella se hace cargo de la investigación mientras va descubriendo las vidas y los rostros contradictorios que ocultaba su maestro. Y en ese proceso se enfrentará a sus propias historias de abuso y violencia.

Escrita durante la pandemia, la novela reúne dos obsesiones de Volpi: la neurociencia, que ha estudiado durante los últimos 15 años y es autor del libro Leer la mente, y la pregunta por los niños criminales.

¿Cómo ha observado el aumento de la violencia en México?

Ha sido un incremento terrible desde el año 2006, cuando el Presidente Felipe Calderón lanza la llamada guerra contra el narco. Desde entonces y hasta el día de hoy llevamos 250.000 muertes violentas. Y ayer se cumplió la cifra terrible de 100.000 desaparecidos oficiales. Esas son cifras de una guerra civil. Y de ahí viene también el título de la novela Partes de guerra, que tiene este doble sentido. Partes de guerra son los informes que envían los generales sobre cómo va una guerra a sus superiores. Pero también son partes, fragmentos de varias guerras que vivimos en México, aunque no hayan sido declaradas.

¿Cuáles son esas guerras?

Tenemos unas guerras abiertas y otras soterradas. La primera tiene que ver, por supuesto, con el enfrentamiento del Estado con organizaciones criminales, pero también la manera cómo se han entreverado estas organizaciones criminales con el Estado. En segundo lugar, tiene que ver con la migración, que es un problema de casi todo el mundo, por lo menos de todo el mundo occidental y buena parte de América Latina, y donde otra vez tenemos unas violencias enormes contra quien simplemente tiene el anhelo de una vida mejor. Y luego tenemos las otras violencias un poco menos visibles hasta ahora, pero que cada vez se observan más: la violencia intrafamiliar, la violencia de género y la exhibición de la violencia, el regusto por la violencia que está presente en los medios de comunicación, en las redes sociales o incluso en los juegos de video.

En el último tiempo la violencia aumentó no solo en México, ¿cómo ve el fenómeno?

En muchas partes estamos viendo una especie de regreso de situaciones que creíamos ya del pasado. Si las primeras décadas posteriores a la caída del Muro de Berlín las imaginábamos a décadas de la democratización en toda América Latina y en casi todos los países, y la idea de llegar a unas sociedades más igualitarias y más libres, pues ahora vimos que eso también ha sido un espejismo y estamos contemplando el regreso, por un lado, de esta enorme violencia explícita, sobre todo del Estado y del crimen organizado. Y eso es lo que vemos en buena parte de América Latina, no solamente en México, toda Centroamérica y Colombia, Venezuela, Ecuador, los países andinos. Tenemos el resurgimiento de la violencia autoritaria por parte de distintos regímenes y eso es lo que hemos visto en Nicaragua, en Venezuela y El Salvador. Y lo vemos también en el caso de la migración. Y en países como México, que hasta ahora más bien habíamos sido víctimas en ese juego de la migración, donde éramos víctimas de Estados Unidos y sus políticas; en cambio, ahora también nosotros somos parte de esa represión a los migrantes.

La literatura suele retratar la violencia en la frontera norte, por ejemplo, 2666 de Bolaño. Pero acá usted mira hacia el sur

Llevamos muchos años en donde en el imaginario mexicano y externo, la violencia se concentra sobre todo en el norte. Por supuesto, en 2666 está perfectamente retratada, ahí lo hace Bolaño sobre todo con las muertas de Juárez. Ahora la violencia se ha difuminado a muchas zonas en México y está mucho más reconcentrada en lugares como Michoacán o Guerrero. Y al mismo tiempo, está la situación de la frontera sur, que para México siempre fue la frontera olvidada. Nosotros los mexicanos del centro no sabemos nada de Guatemala, ni del resto de América Central, mucho menos de Belice. Y recientemente, con este aumento de los flujos migratorios, con la frontera sur convertida también en un lugar de tránsito, de crimen organizado, de redes de tráfico de mujeres, y de migración constante de Centroamérica, Sudamérica y el Caribe, y el chantaje que el gobierno de Donald Trump le hizo al gobierno mexicano para convertirnos en el muro auténtico, ser guardianes de esa frontera para evitar que desde ahí crucen migrantes a Estados Unidos, pues esa zona se convierte en una zona roja dificilísima, también llena de violencias, pero donde ahora los mexicanos que se decía que éramos un tanto víctimas, ahora también somos verdugos. Y ese es un tema central también de la novela, donde, de una manera u otra, los protagonistas han sido víctimas de la violencia y luego también la ejercen.

¿Qué efectos ha tenido la violencia en México?

La reacción principal frente a la violencia en México es tratar de invisibilizarla, hacer como si no existiera, tratar de borrarla, excepto en casos muy específicos, y por muchas razones. Por una razón de Estado, por supuesto: después del lanzamiento de la guerra contra el narcotráfico, lo que más querían primero Peña Nieto y luego López Obrador era dar la impresión de que la guerra ya no existía. Pero las cifras de muertos y de desaparecidos son peores. Lo que cambia simplemente es esa narrativa y la voluntad del poder de fingir que no existe la violencia. En segundo lugar, también a nivel personal es muy difícil soportar historias de violencia constantes todo el tiempo, a todas horas. Esto pasa también en las situaciones de guerra real que se han vivido en cualquier parte. Y un mecanismo de defensa natural del individuo y de las sociedades es fingir que no existe. Entonces imagínate que tenemos esas 250.000 historias de homicidios en donde no sabemos quiénes fueron los perpetradores, las razones, los motivos. Y desde luego en ninguno de esos casos ha habido justicia. México es un país donde solo se resuelve el 5% de los delitos que se cometen. Entonces no existe la justicia. Y frente a eso qué pasa, pues pasa sobre todo el olvido y la ceguera voluntaria que se ve interrumpida, constantemente, por unos pocos casos que por distintas razones desatan la empatía, la indignación y el revuelo mediático absoluto. Ha pasado una y otra vez desde el 2006. A veces tiene que ver con los números, 71 migrantes encontrados en una fosa en San Fernando, Tamaulipas, por ejemplo, o los 43 estudiantes de Ayotzinapa desaparecidos o asesinados. Y recientemente, el caso de una chica asesinada en Monterrey con una investigación otra vez terriblemente mal hecha.

¿La justicia está sobrepasada?

No, el sistema está diseñado para que solamente se beneficien de él los poderosos y los ricos. Otra forma de decirlo es simplemente que no funciona en absoluto.

¿A qué atribuye el aumento de la violencia?

A estas alturas ya está bien documentado que la violencia se incrementa donde el Estado entra enloquecidamente a tratar de combatir a los criminales. No quiere decir que los criminales sean inocentes. Pero el Estado nunca supo realmente lo que estaba sucediendo y desde 2006 responde con este despliegue de fuerza que lo único que provoca es más violencia. Ahora, claro, los grupos criminales se están diversificando, comienzan siendo narcotraficantes, pero ahora se dedican a todo tipo de negocios alternativos a lo legal, y el Estado es incapaz de responder a ellos, sobre todo con un sistema de justicia ineficaz y un sistema que evite las desigualdades.

¿Cualquiera puede convertirse en monstruo? Es una de las preguntas del libro. ¿Ud. qué piensa?

Siempre habrá quien tenga una moral absoluta. Pero si las condiciones se llevan al extremo, si todo te impulsa hacia convertirte en un monstruo, es difícil resistirlo.

Para los niños de la novela es imposible escapar del entorno de violencia.

Están todas estas violencias que ellos sufren más las violencias que se ejercen entre sí. La víctima no merecía morir, pero claramente ella también había violentado constantemente a quienes se convierten luego en sus asesinos.

¿Cómo el crimen organizado ha afectado la democracia?

Se ha creado el fantasma, sobre todo en México, de seres todopoderosos, malignos, esta imagen del narco mexicano con sus excesos y su mal gusto. Pero la realidad tampoco es exactamente esa. Hay todo un sistema derivado de prácticas, de políticas que muchas veces ni siquiera corresponden a nosotros, que provocan que el crimen organizado sean redes infiltradas en muy amplias capas de la sociedad. O sea, en el caso de México, el narcotráfico deriva finalmente de una absurda política que ni siquiera es mexicana, es estadounidense, de prohibir las drogas a los adultos. Finalmente, todo deriva de que el Estado decide que los adultos que son libres no pueden utilizar drogas. Es una decisión brutal de biopolítica del Estado frente a los individuos. Y para poder prohibirlo necesita un aparato represivo contra aquellas personas que, utilizando justo las mismas leyes del mercado, intentan violar esa prohibición. Y eso es lo que provoca miles y miles de muertos. Si lo vemos así, lo absurdo está en el origen mismo de esta política de control de drogas.

¿Qué ocurre cuando estas redes comienzan a infiltrarse en el sistema estatal?

Bueno, el crimen genera una acumulación de recursos con los que es muy fácil corromper a las propias autoridades, que de por sí no funcionan. Y cuando crimen organizado y Estado se entreveran, ya es imposible diferenciarlos.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.