Ex Penitenciaría de Santiago: poder y jerarquía en la cárcel más poblada de Chile

Autor: Sebastián Vedoya / Fotos: Juan Farías Dom 9 Dic 2018 | 11:37 pm

La ex Penitenciaría de Santiago no es solo el penal más antiguo del país, sino también el más poblado y hacinado de todo Chile. En su interior, un pequeño mundo propio. Códigos y poderes. Presos y gendarmes. Los funcionarios, con los recursos disponibles, tienen el deber de contener y reinsertar a los reos.

 

Tres filas de gendarmes, con 15 funcionarios cada una, esperan instrucciones. “Vamos a iniciar un nuevo operativo. Les pido no sean destructivos, estamos en una fecha delicada para todos, queremos tranquilidad”, arenga el alcaide (S) de la ex Penitenciaría, Iván Betancourt. En pocos minutos, el grupo iniciará una “requisa” a la calle 5 del penal, perteneciente en su mayoría a narcotraficantes, en busca de drogas, armas blancas y cualquier elemento prohibido.

 

 

Pasadas las 18.00, los 290 internos de bajo y mediano compromiso delictual que aquí habitan serán sorprendidos por una decena de efectivos del Grupo Especial Antimotines (Geam), quienes en segundos los obligarán a abandonar sus pertenencias y salir del lugar. Algunos alcanzarán a tragar las drogas, otros harán uso de los más llamativos escondites para evitar que les encuentren lo que sea que tengan. Muchos no tendrán tiempo y lo perderán todo a manos de Gendarmería, con castigos y denuncias como consecuencia.

 

 

Cabezas agachadas, manos atrás y en fila, los presos son llevados al trote hacia el gimnasio del penal. Nadie desobedece. La escena ocurrió el jueves pasado, y apenas deshabitan, cuatro antimotines con perros rottweiler ingresan en busca de drogas. Allí estarán varios minutos y darán con marihuana, cocaína y pasta base. Una vez que terminan, comienza la segunda parte del procedimiento, esta vez a cargo de los arengados 45 funcionarios del penal, encargados del trabajo sucio.

 

 

Cuesta imaginar a casi 300 personas convivir en este espacio. Un pasillo principal, de unos 30 metros de largo, contiene a cada lado cerca de 20 piezas. Son cuatro duchas e inodoros para todos. Los insectos abundan. El olor es muy fuerte, de todo tipo. Cuatro gatos pequeños esperan el retorno de sus dueños.

 

 

El recorrido por la calle tiene rap y reggaetón como banda sonora, la que se mezcla con los gritos de los presos de la galería contigua. A los pocos minutos, los gendarmes salen de las piezas mostrando los botines encontrados.

 

 

Hay tarros de pintura y botellones con comida y agua en su interior. Se trata de la denominada chicha de manzana. Lo que encuentren capaz de fermentar entra allí para convertirse en trago. El excremento y la orina apuran el proceso. Nada importa a los presos “para saciar la sed”, menos a pocos días de las celebraciones de fin de año.

 

 

El orden y el acceso tienen siempre que ver con la jerarquía y el poder. Desde aquí muchos continúan liderando el narcotráfico al exterior. El dinero y acceso a bienes se deja ver en algunas piezas.

 

 

Cada habitación tiene construido un segundo piso. La experiencia dice que pueden vivir más de 10 personas en cada “ambiente”. Aunque esto no es para todos. Las primeras piezas pertenecen a los líderes, “choros” o “vios” de la calle. Estas se encuentran muy cercana a los baños, desde donde pueden mantener todo tipo de control. En la calle 5, el liderazgo pertenece a dos hermanos condenados por narcotráfico. Privilegiados con espacios exclusivos y mucho más cómodos que el resto. En su primer piso, no hay nada más que un televisor y un caldero, en una especie de living.

 

 

Arriba, equipo de música, televisor, ventilador y dos colchones demuestran el alto estándar de vida de sus propietarios. Una breve revisión en esta habitación permite detectar fácilmente dos celulares de alta gama. Serían los más caros de los cerca de 30 encontrados en todo el operativo. “No se demorarán mucho en recuperarlos”, asume un funcionario.

 

 

El coronel Betancourt reconoce lo dificultoso que es evitar completamente el ingreso de drogas y teléfonos. “Tenemos cinco o seis funcionarios y baja tecnología para la revisión de casi mil visitas diarias. Es imposible, pese a todo el esfuerzo que hacemos”, señaló. Aunque destaca que como complemento a esta “falencia” se realizan estos operativos.

 

 

La jerarquía en prisión es decretada por el poder adquisitivo. Y eso lo sabe el narco. Con dinero se compra seguridad y comodidad, a cambio de drogas y lujos para otros internos, quienes van asumiendo distintos roles en esta estructura. Al “choro” lo secundan los “perros”. Son sus soldados, quienes materializan la lucha entre bandas y defienden la integridad de sus jefes. Ponen su vida de por medio. Duermen en piezas y tienen buen “estatus”. Aunque en ocasiones alojan en pleno pasillo, fuera de donde habita el “choro”, para así advertir posibles ataques. “Vio” o “perkin”.

 

 

Aquellos presos recién llegados o “con menos fianza” están obligados a dormir en el pasillo. A veces, incluso, sin colchón. El paso a los “dormitorios” se gana, como todo. Afuera arman sus carpas con sábanas, y convivirán con las múltiples goteras que ellos mismos provocan.

 

 

“Se comen la cárcel”, dice un gendarme. “Estoques” y “sables” salen de la propia estructura que los cobija. Durante la requisa, las armas blancas asoman de todos lados, así como también los agujeros propios de la destrucción. Hay presos asignados exclusivamente a buscar cualquier elemento que permita armar a las bandas para defender sus territorios. En la ex Penitenciaría, las rivalidades son por comunas, y muchas vienen desde el exterior.

 

 

Mientras se concretan las pesquisas en la calle, los reos son revisados uno por uno en el gimnasio. Fueron puestos en fila, sentados uno tras otro, con las piernas al frente, manos en las rodillas y cabeza en la espalda de quien está adelante. Fila por fila, se dirigen a un rincón, donde serán revisados. Allí se les buscará droga, encendedores, celulares, lo que sea. No hay privacidad a la hora de revisar. Tampoco lugar donde no se pueda hallar algo.

 

 

Terminado el procedimiento, se dirigirán nuevamente a la calle. Allí, a algunos los esperan horas de orden para colocar todo nuevamente en su lugar. La disconformidad por este tipo de procedimientos ha sido muchas veces la semilla de complejos escenarios.

 

 

Betancourt destaca que una de las principales tareas del gendarme es “contener a los internos”. Por ello, el diálogo es primordial. Reconoce las jerarquías entre los presos, razón por la que mantiene con aquellos que posean el liderazgo conversación permanente. Todos los viernes recibe en su oficina a quienes lo requieran. “Nosotros debemos contener, pero al mismo tiempo ser sicólogos”, explicó.

 

 

La ex Penitenciaría es el penal mas antiguo del país. Fundado en 1843, el actual Centro de Detención Preventiva Santiago Sur es también el recinto penal más poblado de Chile, con 4.595 internos, y uno de los más hacinados (95%). Todos ellos, a cargo de 508 gendarmes, aunque por tema de turnos y labores, la responsabilidad del preso es de pocas personas. Por ejemplo, mientras la población penal está en el tradicional óvalo, su vigilancia cae en manos de 33 uniformados.