La clase media baja decidirá quién será el próximo presidente de Brasil

Las elecciones presidenciales están ahora en manos de los votantes de clase media baja que representan el 35 % del electorado, y siguen indecisos sobre a quién votar.




El debate polí­tico bullí­a en la peluquerí­a Lena's de la favela Cantagalo, en Rí­o de Janeiro, donde las clientas debatí­an sobre quién deberí­a ganar las elecciones presidenciales del domingo.

En una esquina, la propietaria, Lucia Helena Silva, defendí­a sonoramente a la presidenta, Dilma Rousseff, y su Partido de los Trabajadores, enarbolando un alisador de cabello. Una clienta, arreglándose su elaborado peinado, se oponí­a por completo insistiendo en que el candidato opositor de centro derecha, Aecio Neves, reavivarí­a la renqueante economí­a brasileña.

"¡Ni hablar! Tienes que votar por Dilma", dijo Silva. "¿Quién ha mejorado la vida de la gente en esta favela? ¿Quién ha reducido la distancia entre nosotros y los ricos?".

Las elecciones presidenciales más ajustadas e impredecibles desde el regreso de Brasil a la democracia hace tres décadas están ahora en manos de los votantes de clase media baja como las que debatí­an en la peluquerí­a. Representan el 35 % del electorado, y siguen indecisos sobre a quién votar apenas unos dí­as antes de los comicios.

En los últimos dí­as de la campaña, los datos sobre qué bando apoyarán estos votantes han ido variando.

La semana pasada, un sondeo de la encuestadora Datafolha dijo que la clase media baja se inclinaba a favor de Neves en un 52%, frente al 48% rival. Cuatro dí­as más tarde, un sondeo de la misma firma habí­a virado para reflejar un porcentaje de 53 a 47 a favor de Rousseff, debido en buena parte a agresivos anuncios de la mandataria afirmando que es una mejor lí­der económica. El margen de error de ambas encuestas era de dos puntos porcentuales.

Un sondeo de Datafolha publicado el miércoles confirmó la confianza en la gestión económica de Rousseff, mostrando un gran cambio en la opinión pública desde otra encuesta de junio. Hace cuatro meses, el 64% dijo que la inflación empeorarí­a, algo que ahora sólo cree el 31%. La cantidad de gente que cree que la economí­a mejorará alcanzó el 44%, desde el 26% de junio.

El optimismo ha sorprendido a muchos, dado que desde el sondeo de junio, Brasil ha entrado en una recesión técnica y la inflación subió por encima del objetivo del gobierno del 6,5%, pese a los intentos de reducirla con controles a los precios de combustibles y electricidad.

La única explicación, según comentaristas polí­ticos, es la agresiva campaña de la presidenta por convencer a los votantes que todo sigue yendo bien y que ella se preocupa de sus intereses económicos mientras que a Neves, al que se acusa de elitismo, sólo se preocupará por los ricos.

Para Silva, la propietaria del salón de belleza, millones de brasileños como ella han salido de la pobreza gracias a las polí­ticas de los 12 años de poder del Partido de los Trabajadores, al que pertenece Rousseff.

Pero Adna Marcos, sentada en una silla de la peluquerí­a, dijo que aunque los programas sociales del Partido de los Trabajadores son fantásticos, el paí­s necesita ahora crecimiento económico.

"Necesitamos a alguien que pueda controlar la inflación", dijo Marcos. "Necesitamos mejoras en servicios públicos que el Partido de los Trabajadores no ha abordado. Hicieron su parte ayudando a avanzar a los pobres; hemos mejorado, pero necesitamos nuevos lí­deres para crecer aún más".

Silva y Marcos forman parte de la clase media baja "intermedia" de Brasil, hogares que ganan unos 400 dólares per capita al mes y que tienen educación secundaria o técnica. Les va lo bastante bien como para no acudir a los programas de ayuda en efectivo del gobierno, pero no son lo bastante ricos como para tener colchones contra crisis económicas.

Han escapado de la pobreza en la que vivieron sus padres y accedido a créditos para comprar televisores de pantalla plana y smartphones. Pero a menudo, no han salido de las favelas y no ganan suficiente dinero para evitar los servicios públicos del paí­s, con una notoria mala reputación. Se mueven en autobuses abarrotados y no en taxi, sufren largas esperas y mala atención en los hospitales públicos, y sus hijos estudian en malas escuelas públicas.

Han sido la voz más sonora en las protestas anti gobierno de este año electoral que sacudieron ciudades en todo el paí­s, en un estallido colectivo de frustración por los lamentables servicios públicos, la considerable carga fiscal y el alto coste de la vida.

"Serán decisivos en estas elecciones, y la carrera depende de cómo vote este grupo, especialmente dado que los ricos y los pobres se han reafirmado en su apoyo por Aecio y Dilma, respectivamente", señaló Alessandro Janoni, director de investigación de Datafolha.

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