Inflación y la vida de las personas

Brasil subió las tasas de interés antes, pero Chile podría ser el primer país de la región en bajarlas




Por Andrea Butelmann, Espacio Público y Red ProCompetencia

Enseñar a alumnos que no han vivido en economías con políticas altamente distorsionadoras es muy difícil; creen que uno está exagerando para inocularlos de la ideología “neoliberal”.

La experiencia de la inflación alta y variable impacta a los que la sufren de una manera que es difícil de transmitir en el aula de un país que hace décadas no la experimenta y en que los jóvenes aspiran a encontrar recetas mágicas para alcanzar el desarrollo. Obviamente la inflación es un impuesto a los más pobres, que ven el poder adquisitivo de su sueldo reducido mes a mes, pero también es un tremendo costo para los que tienen algunas herramientas para protegerse del fenómeno. Algunas anécdotas que cuento en clases:

Buenos Aires, Argentina, año 1989, inflación 3.079%, estoy en casa de los padres de una amiga, es jueves en la noche y discuten acaloradamente cuántos dólares cambiar a moneda local para el fin de semana. La clave es si la abuela se deteriora o no durante esos dos días, ya que en tal caso se necesitarán más recursos en moneda nacional; pero si la abuela no llega a necesitar asistencia extraordinaria, habrán perdido la devaluación de la moneda de todo el fin de semana. ¡Cuánto tiempo y energía gastado en este tema! Eso también es productividad.

La Paz, Bolivia, año 1985, inflación 11.750%. ¿Cuánto cuesta el sándwich?, pregunta mi amiga mochilera; la respuesta: depende de si lo paga antes o después de comérselo. El comercio en este caso también podía protegerse parcialmente del efecto de la inflación, pero ¿a qué costo?

La inflación es el peor impuesto; no se debaten sus beneficios y costos democráticamente en el Congreso, es absolutamente regresivo, genera incertidumbre, ya que nunca sabemos cuál va a ser el impuesto que se nos cargará, lo que nos dificulta tomar buenas decisiones y afecta la economía real cuando las expectativas que se forman los individuos difieren de lo que termina siendo la política monetaria adoptada. Es como obligar a las personas a usar un par de anteojos distintos a los que necesita.

Es por eso que muchos hemos reaccionado negativamente ante la posibilidad de que se debilite la autonomía del Banco Central y pedido razones a los que promueven tales cambios. Las respuestas han sido débiles y rebuscadas. Habría una supuesta posibilidad de hacer política industrial para promover exportaciones a través de mantener el tipo de cambio artificialmente alto, lo que además de ser imposible de sostener en el mediano plazo y solo termina generando inflación, ignora las verdaderas fuentes de nuestra baja productividad. También se ofrece una nueva coordinación del Banco Central con el Ejecutivo, diseñada de forma que suena más a dependencia, y levanta el temor de volver a entregar la política monetaria a los que desean usarla para propósitos políticos de corto plazo. Olvidan los proponentes de estos cambios que dicha coordinación, necesaria y sana, lleva varios años ejecutándose en los hechos como parte de la mejora continua que ha implementado el Banco Central en su gobernanza y Hacienda con su regla fiscal.

Mientras no haya razones para cambiar lo que ha funcionado, concentrémonos en lo que funciona deficientemente, como la salud, la educación, las pensiones, la asignación de nuestros bienes nacionales de uso público y, por supuesto, nuestro cuidado del ambiente, entre otras. Tenemos demasiado por hacer.

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