Columna de Rita Cox: “Se me cayó el carné”

Autor: Rita Cox

Me preguntó mi fecha de nacimiento. Lo primero que pensé fue que a mis 45, mi interlocutora -diez años menor- me consideraba vieja, al punto de que le complicaba hacerme la pregunta.


Hace unos días recibí una invitación por mail para asistir al evento de una marca y, a las pocas horas, la organizadora me mandó un mensaje por Instagram para preguntarme por mi fecha de nacimiento, probablemente para sumarme a su base de datos y mandarme un saludo ese día. Lo curioso fue el tono pudoroso que acompañaba el requerimiento: “no te preocupes, que no la compartiré con nadie”. ¡Chan! Lo primero que pensé fue que a mis 45, mi interlocutora, diez años menor según me contó enredada en la situación, me consideraba vieja, al punto de que le complicaba hacerme la pregunta. Especulé, incluso, que con esa irrupción a mi supuesta “intimidad secreta”, temía echarme a perder la mañana al obligarme a recordar ese lejano día en sepia de 1973 en que llegué al mundo. Aunque, quién sabe, podría haberle dicho 1953 y habría sido lo mismo: siglo pasado = pobrecita = ocaso.

Para aliviarla, y también para advertirle sobre lo estéril de su incomodidad, le respondí que no tenía ningún problema con mi edad. Porque no lo tengo. Me siento bien con la ecuación años/biografía/salud/ aspecto/inside, a pesar de muchos “peros” con los que convivo sin torturarme más de lo que hacía cuando tenía 15, 25 o 35 y me atacaban otros “peros”. Me contó, entonces, que en el trámite se había topado con mucha treinteañera acongojada. Entonces me fui a Google y escribí “ocultar la edad” en el buscador. En un breve viaje al sinsentido, me encontré con tutoriales de “Cómo ocultar tu edad en Facebook” y en Tinder, y mucha nota en páginas webs femeninas. El más delirante, el blog de una chica que se autodefinía como “feminista” y que bajo el título “Por qué ocultar nuestra edad” chapoteaba en orgullo por carecer de complejos y revelar que cumplía 27 años. ¡27!

La guerrillera de 27 terminó con mi buen humor. En el año del #MeToo, de la llamada tercera ola feminista, de la caída de las estructuras de enormes empresas como Google y Vice por acusaciones de abuso sexual y de poder, del Premio Nobel de la Paz a la yazadí Nadia Murad, de 23, activista de los derechos humanos y sobreviviente de la esclavitud sexual del Isis, y de Nobel de Física para Donna Strickland, de 59, apenas la tercera científica en obtener el reconocimiento, nosotras –las mujeres- seguimos con el grillete de la edad amarrado en los pies, autoalimentando un completo absurdo. Una cosa es el legítimo interés en verse y sentirse bonita, y otra es pretender ignorar que, desde que nacemos, la cuenta regresiva comienza a avanzar inexorablemente. Se envejece desde que somos concebidos y la edad es un dato que debiese sernos natural, no un problema. Menos en la comunicación entre nosotras.

El absurdo se replica dramáticamente en el mercado laboral, aquí por necesidad y miedo a ser excluidas. Una amiga sicóloga, especialista en sicología organizacional, me contaba que en la selección de personal de cargos comerciales y de venta es frecuente encontrarse con currículos con la edad alterada que se evidencia en contradicciones fáciles de detectar. Si es que avanza a la etapa de entrevista a la candidata, se enfrenta a una mujer evidentemente mayor, a pesar de sus intentos a veces muy mal ejecutados. Finalmente, todo queda confirmado al revisar sus antecedentes a través del RUT. “Esa mentira deja la escoba, porque en la selección se elige a una persona que no miente. Una mentira como ésa puede reflejar simple inseguridad o algo más complejo. Pero, por otro lado, están los requerimientos de quiénes toman la decisión final, en su mayoría hombres, que hasta hace muy poco en los avisos de descripción de cargos explicitaban una edad tope que no pasaba de los 45 años. Por el contrario, en las áreas académicas, la edad y la experiencia sí son valoradas”.

Al empresario holandés de 69 años Emile Ratelband le importa poco la experiencia. Su caso, publicado en El País, podría marcar un hito ya que, argumentando que se siente de 49 y los doctores lo habrían definido como fisiológicamente de 45, pidió en tribunales que se le rebaje la edad para sortear la discriminación que dificulta su búsqueda de trabajo y de pareja. “Si los transexuales pueden cambiar de género y que conste en el pasaporte, por qué no de edad”, sostiene a la espera de una definición.

Considerando que la expectativa de vida en Chile es de 80,5 años, suponer como vetusta a una persona de 45 es tan ridículo como la rebeldía de la bloguera feminista de 27. Junto con los nuevos escenarios familiares, laborales, previsionales, de salud y de acceso en la ciudad, entre otros, que cambiarán y se están cambiando, culturalmente debiese producirse un urgente refresh, porque la lógica actual está anclada en los inicios del siglo XX, cuando los 40 eran la antesala a la muerte que llegaba entre los 50 y los 65. Es más, el progreso de la condición humana podría celebrarse clamando la edad con megáfono. En la Grecia Clásica y en la Antigua Roma, los artífices de tanta maravilla morían a los 28.

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