Operación Romanov

Retrato de los Romanov realizado en 1913. Desde la izquierda, Olga, María, Nicolás II, la zarina Alejandra, Anastasia, Alexei y Tatiana.

El 17 de julio se cumplió un siglo de la brutal ejecución del zar Nicolás II y su familia en Siberia. Un nuevo libro de la historiadora Helen Rappaport relata los infructuosos intentos de las demás monarquías europeas por rescatar a los últimos miembros de la dinastía que gobernó Rusia durante por más de 300 años.


“El Rey ordena que la Corte guarde luto durante cuatro semanas, a partir del 24 de julio, en honor de su majestad imperial Nicolás II, primo de su majestad”. Ese fue el aviso que la corona británica publicó en The Times el 25 de julio de 1918, pocas horas después de confirmar lo que muchas coronas europeas habían temido desde la abdicación forzada del zar en marzo de 1917: el monarca ruso había sido ejecutado. Pero lo que Jorge V de Inglaterra y el resto de las casas reales ignoraban era que Nicolás II no había muerto solo.

A las 2.15 de la madrugada del 17 de julio, el zar había sido arrastrado junto a su esposa Alejandra, sus cinco hijos y cuatro sirvientes hasta el subterráneo de la casa en la que estaban detenidos en Ekaterimburgo, Siberia. En ese oscuro sótano fueron fusilados por bolcheviques que luego atacaron los cuerpos con bayonetas para asegurarse de que estaban muertos. Los restos fueron llevados al bosque Koptyaki, donde se les quitó la ropa y se les arrebató cualquier joya que pudieran portar. Incluso Yakov Yurovsky, líder del escuadrón a cargo de la operación, tuvo que espantar a punta de pistola a sus subalternos que manoseaban los cadáveres de las mujeres en busca de diamantes ocultos. Finalmente, los cuerpos fueron lanzados a un pique minero y se los roció con ácido sulfúrico para desfigurarlos y evitar que fueran reconocidos. Pero el pozo no era muy profundo, así que los bolcheviques sacaron los restos, los quemaron y los enterraron en tumbas improvisadas que marcaron el sangriento final de una dinastía que gobernó Rusia durante más de trescientos años.

Inicialmente, los bolcheviques admitieron haber asesinado sólo a Nicolás y ocultaron durante meses la muerte del resto de los Romanov. Aún así, cuando el resto de las monarquías se enteró de lo sucedido con el zar, el pesar fue profundo. Un día después de la orden de luto publicada por el rey inglés, Cristián X de Dinamarca –también primo del zar- emitió un edicto similar y el 27 de julio la corona española siguió sus pasos. En la única capilla ortodoxa de Londres se realizó un responso al que asistieron los reyes ingleses y donde según la baronesa de Stoeckl se respiraba la sensación de que una era había llegado a su fin: “Con el emperador desapareció mucho de lo que apreciábamos en la vida. Las lágrimas caían por el rostro de la reina”, contó en una de sus cartas.

Ése y otros testimonios son los que recoge la historiadora británica Helen Rappaport en su nuevo libro La carrera por salvar a los Romanov. El título, afirma esta experta en la revolución rusa, nace del hecho de que luego de cien años de la masacre pocos recuerdan que varios monarcas trataron de evitar el final del zar y su familia. Uno de los motivos principales para esos intentos, dice la autora, es que las enemistades generadas por la I Guerra Mundial no cortaron por completo los lazos de sangre que unían a las casas reales del Viejo Continente. Por ejemplo, Alejandra era nieta de la reina inglesa Victoria y el emperador alemán Guillermo II –soberano del principal enemigo de Rusia – era su primo y padrino de su hijo menor Alexei, el heredero al trono que nació con hemofilia y que murió en ese sótano de Ekaterimbugo con sólo 13 años.

“Todas las monarquías experimentaron un horror devastador tras la noticia, especialmente cuando empezaron a surgir indicios de que los niños también fueron asesinados de manera brutal. Y, por supuesto, todos tuvieron que vivir con la conciencia de lo que pudieron hacer para evitar sus muertes”, dice Rappaport a Tendencias. Por una u otra o razón, todos los intentos fracasaron, lo que según la historiadora hizo que tras el shock inicial las coronas y los gobiernos europeos pronto empezaran a “negar cualquier responsabilidad, diciendo que no era su culpa. Lo que pasó con los Romanov era una papa caliente política que nadie quería abordar directamente”.

– ¿El rey Jorge V fue el que sintió más pesar?

“Él y su esposa vivieron mucho remordimiento por lo que ocurrió. Pero además hay que considerar que lo que pasó en Rusia marcó el fin de tres siglos de dominio de los Romanov. Al ver la facilidad con que perdieron su trono, el rey británico claramente temió que la creciente corriente izquierdista y socialista en el Reino Unido pudiera derrocarlo también a él. El rey Alfonso de España –casado con una prima de la zarina Alejandra- también quiso ayudar a los Romanov, pero su posición en el trono estaba amenazada por los republicanos de su país”.

– Ellos fueron asesinados hace cien años. ¿Por qué nos siguen fascinando?

-Nos atraen porque existe mucho romanticismo y mitología en torno a su historia, pero creo que es hora de dejar de lado la fantasía y afrontar lo que realmente ocurrió. En mi caso, el interés en ellos se basa en la familia, no en su rol como monarcas. Lo que me fascina es la devoción que sentían entre ellos y también hacia sus más cercanos, además de la manera en que su fe cristiana los mantuvo unidos durante tiempos muy difíciles. En ese sentido, fueron bastante admirables.

La génesis del odio

Nicolás II y su familia representaban la apoteosis de su dinastía: la zarina poseía entre 600 y 700 diamantes y, además de villas en Francia y palacios en Dinamarca, los Romanov eran dueños de viñedos, castillos, granjas, minas y otras propiedades rusas que sumaban más de 100 millones de rublos de la época. Pero su vida privada no estaba exenta de presiones: “Como soberanos del imperio más poderoso del mundo, Nicolás y Alejandra estaban desesperados por tener un hijo y un heredero. El nacimiento de cuatro hijas -Olga, Tatiana, María y Anastasia- en rápida sucesión había generado mucha angustia pública pero también mucha felicidad íntima. La llegada, finalmente, en 1904 de un hijo y heredero al trono los hizo enfocarse en el enfermizo tsarevich y en la batalla contra su hemofilia”, narra Rappaport.

Los soberanos rusos crearon un ambiente doméstico muy protector para sus hijos, pero eso no bastó para blindarlos del mundo real. “En 1917, el autócrata zar y la zarina ya eran ampliamente despreciados por la Rusia revolucionaria. El país estaba desgastado por el viejo y represivo régimen zarista y una creciente voz disidente demandaba su derrocamiento”, escribe la historiadora. De hecho, debido a eventos como el “Domingo sangriento” del 22 de enero de 1905, el zar era apodado “Nicolás, el vil”. En esa fecha, mil manifestantes desarmados que querían pedir al zar mejores condiciones para los trabajadores fueron acribillados por la guardia imperial.

La imagen de la zarina no era mucho mejor. “A diferencia de su suegra Dagmar, quien creía que la aristocracia tenía que esforzarse para sustentar su posición, Alejandra consideraba vulgar desgastarse para ganarse el afecto del pueblo”, señala Rappaport en su libro. En 1916, la guerra no iba bien para Rusia y Nicolás intentó hacerse cargo de las operaciones militares, dejando a su esposa y a su enigmático mentor espiritual, Grigori Rasputin, a cargo de la capital Petrogrado (actual San Petersburgo).
Este místico siberiano había ingresado al círculo íntimo de los Romanov porque decía tener la cura para la hemofilia de Alexei, e incluso se decía que tenía un romance con la zarina. Según cartas recopiladas por Rappaport, el rechazo hacia Rasputin y su influencia en la zarina fue determinante para que las monarquías no intentaran salvar antes a los Romanov de una Rusia que ya los despreciaba: “Alejandra, a mi parecer, está absolutamente loca. Todo lo que hace está dictado por su falso profeta”, escribió su tía, la duquesa de Coburgo, a su hija la princesa Marie de Rumania en 1914.

“Además, hay que recordar que Alejandra era originaria de Alemania, por lo que para un país como Inglaterra habría sido un enorme problema otorgarle asilo mientras estaba en guerra con esa potencia”, señala Rappaport. No obstante, el asesinato a tiros de Rasputin en diciembre de 1916 y la abdicación y arresto de Nicolás II en marzo de 1917 finalmente convencieron a las monarquías de que tenían que rescatarlo. Documentos recopilados por Rappaport muestran que inicialmente el gobierno ruso quería que la familia imperial dejara Rusia para evitar una contrarrevolución, temor que a la larga desató su fusilamiento. Incluso, el canciller Pavel Milyukov les rogó a los británicos que enviaran un barco para llevarlos al exilio. Lo único que llegó fue una carta de apoyo al depuesto zar escrita por Jorge V: “Los eventos de la última semana me han perturbado profundamente. Mis pensamientos están contigo y siempre seré tu devoto y verdadero amigo”.

Salvar al zar

A instancias del monarca inglés, el gabinete de guerra ofreció asilo a Nicolás II y su familia. Pero el secretario personal de Jorge V le mostró varios recortes de prensa antimonárquicos que amenazaban con otra revolución si los Romanov llegaban a Gran Bretaña. Con pesadumbre, Jorge V cedió a la presión y la opción de asilo fue retirada. El último intento inglés por evitar el inminente fin de los Romanov está en una carta a Lord Bertie, embajador en París. La misiva le consulta si Francia acogería a la familia real rusa: “La emperatriz no es sólo alemana de nacimiento, sino también por sentimientos. Aquí la consideran una criminal o una loca criminal, y el emperador, un criminal por su debilidad y su sumisión a sus mandatos”, fue la respuesta.

Rappaport explica que si bien a la mayoría de las realezas europeas les gustaría haber hecho algo concreto para ayudar a los Romanov, ninguna “tenía el poder ejecutivo para ordenar una misión de rescate. Los monarcas escandinavos y de España eran neutrales en la guerra y no podían arriesgarse a intervenir en las políticas internas de Rusia. Al ser monarquías constitucionales, todo lo que podían hacer era apelar a sus gobiernos para que los ayudaran”.

A pesar de las trabas políticas y diplomáticas, tras la muerte del zar varias coronas siguieron realizando maniobras para salvar a la zarina y sus hijos, quienes supuestamente seguían vivos. El 13 de agosto el rey español Alfonso XIII envió un cable al emperador germano Guillermo II y le pidió unir fuerzas para rescatarlos. Alemania, que contaba con muchos espías en Rusia, aseguraba tres días después que no habían sido fusilados: “En conversación con el Secretario de Estado interino, me dice que el Gobierno Imperial no tiene inconveniente en que la ex emperatriz viuda, el Príncipe Imperial de Rusia y hermanas, aprovechen la hospitalidad ofrecida por Su Majestad el Rey”.

Meses después finalmente se supo que todos estaban muertos, pero la desinformación instigó numerosas teorías sobre un posible escape de la princesa Anastasia, rumor que persistió hasta 2007 cuando tests de ADN comprobaron que sus restos habían sido hallados junto a los de Alexei cerca de Ekaterimburgo. Las osamentas del resto de los Romanov fueron encontradas por investigadores aficionados a inicios de los 80, pero su existencia se mantuvo en secreto hasta los 90 por temor a la reacción del antiguo régimen comunista.

Cien mil personas asistieron a la conmemoración de los 100 años de la ejecución de los Romanov en Ekaterimburgo. (Crédito: Sputnik)

– ¿A qué se debe toda la confusión por la muerte del resto de los Romanov?

-Los bolcheviques propagaron información falsa y no quisieron admitir lo que habían hecho, lo que hizo que nadie supiera realmente si toda la familia había fallecido. Fue algo cruel y deshonesto. Se podría decir que las noticias falsas nacieron en la Rusia bolchevique de 1918.

– ¿Los Romanov se habrían ido si alguien hubiera ido a rescatarlos?

-Lo que ellos querían era seguir viviendo en Rusia y llevar una existencia tranquila y alejada de todo, idealmente en Crimea (costa del Mar Negro). Habrían estado felices de que se les hubiera permitido eso, pero mantenerlos en el país era una amenaza muy grande para el nuevo gobierno, porque podrían haberse vuelto protagonistas de alguna contrarrevolución por parte de grupos promonarquistas.

En el 2000, los Romanov fueron canonizados por la Iglesia Ortodoxa rusa y hoy los cuerpos del zar, la zarina y tres de sus hijas yacen en la Catedral de Pedro y Pablo en San Petersburgo. Los restos de Anastasia y Alexei siguen en posesión de la Iglesia Ortodoxa a la espera de ser enterrados junto a sus parientes. “Lo único cierto que se puede decir es que ninguno huyó, tampoco fueron rescatados y dudo que alguna vez hayan querido abandonar Rusia -afirma Rappaport-. Ellos habrían preferido morir juntos antes que dejar el país, y eso fue lo que hicieron”.


The Race to Save The Romanovs
Autora: Helen Rappaport.
Editorial: St. Martin’s Press
Páginas : 400
Precio: US$ 21,53 en Amazon.com

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