Voces

Un hinchapelotas de la escenita cultural

Juan Manuel Vial

Crítico literario

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Valiéndose de manifiestos, fragmentos de diarios de vida, cartas, e-mails, aforismos, prólogos, apuntes, sueños, entrevistas, crónicas (propias y ajenas), confesiones, lamentos, fobias, e incluso rabietas, el poeta Héctor Hernández Montecinos presenta su primer libro en prosa, un grueso tratado en el que aborda múltiples temas que tienen como punto de partida, y de llegada, la escena literaria nacional. Al cierre del volumen, el autor aduce que éste no difiere mucho de su obra poética, “ya que se trata de extremar la escritura, el formato, los soportes, el género, pero en este caso uno se convierte en lector de sí mismo desde otro ángulo, y no tan sólo de sí mismo sino de las comunidades, las redes, los afectos que se ponen en juego cuando alguien decide ser un escritor en un campo cultural determinado como lo es el chileno”.

En términos generales, hay dos asuntos que llaman la atención al leer Buenas noches luciérnagas. El primero es que pese a las rencillas, a los celos o a la mala leche derramada, la escena literaria chilena, en especial la escena poética, no es un campo de batalla infame en el que prácticas como el hachazo en la espalda o la degollina en masa sean pan de cada día. Si bien los poetas pueden convertirse en seres irascibles sin mayor provocación, no deja de ser encantador el modo en que están dispuestos a defender sus pecadillos, sus cuarteles o, en este caso particular, a una generación completa (Hernández forma parte de los llamados novísimos, gente que se acerca a los 40 años y que en buena medida se formó en el taller literario de Balmaceda 1215 o en sus inmediaciones).

El segundo asunto llamativo es que Hernández hace gala de una prosa que ya se quisieran algunos de nuestros más exitosos narradores. Y no sólo eso: el conocimiento acerca de lo que habla, la profundidad empeñada, la autenticidad de su búsqueda, la lucidez de ciertas disquisiciones puramente literarias, en fin, el compromiso con una propuesta estética le confieren a este libro documental una notoriedad poco común. El hecho de ser un poeta talentoso –y Hernández lo es– de ningún modo implica manejar con soltura los hilos de la narración. Se trata, por decirlo de manera simple, de habilidades ajenas entre sí. Y ejemplos de gigantes del verso que han fallado rotundamente en el uso de la prosa sobran.

Yendo ahora a lo específico, dentro de este enorme collage hay ciertas piezas que brillan más que otras. Cuando el autor habla de personas que admira, sean o no escritores, es más efectivo que cuando se refiere a quienes desprecia. La crónica dedicada a Gloria Trevi, por ejemplo, resulta conmovedora y memorable. El gusto por la obra y los decires de Diego Maquieira y la relación con el poeta Raúl Zurita también evocan dulzura, así como la identificación con los poemas de Pablo de Rokha implica una declaración de principios. En el plano discursivo, los “33 consejos a los alumnos que nunca conoceré” son contundentes, mientras que ciertas admisiones personales, expresadas con humor, ganan por eso mismo importancia: “Me falta roce, que es una mezcla de clase y colusión”.

Cómico también es el desagrado que al autor le provocan los cuentos: “No veo películas, no escucho música nueva desde hace más de quince años, no voy al teatro ni a conciertos, pero eso no es nada con la repugnancia epistemológica que me producen los cuentos. No existe algo que me produzca más desagrado, indignación y asco que ese seudo género literario, por suerte, en vías de extinción”. Hernández, a quien su amiga Carmen Berenguer considera un “hinchapelotas de la escenita cultural”, demuestra en Buenas noches luciérnagas una madurez literaria que trasciende los géneros. Y ése, precisamente, era uno de sus objetivos al escribir este libro.

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