Fines de 1989. El bloque soviético se cae a pedazos en Europa y América Latina vive también su propio episodio de la Guerra Fría. El escenario es Panamá, donde Washington lanza más de 400 bombas en 13 horas, en una invasión iniciada el 20 de diciembre para sacar del poder al dictador Manuel Antonio Noriega, el hombre fuerte del país centroamericano desde 1983. El nombre de la misión es Operación Causa Justa, el número de tropas 27.500 y los aviones de combate más de 300. ¿Y el arma secreta? El rock.

No fueron sólo las balas las que derrocaron a Noriega, que murió la noche del lunes a los 83 años, sino que también la música, en una operación "bizarra". Tras la invasión estadounidense, el general panameño buscaba refugio de manera desesperada y no encontró mejor salvavidas que asilarse en la Nunciatura Apostólica en Ciudad de Panamá. Como EE.UU. no podía atacar ni ingresar a esa sede vaticana, las fuerzas estadounidenses optaron por instalar decenas de parlantes en los Humvee en el perímetro del edificio. Como era época navideña, primero sonaron villancicos, pero a partir del día 27, lo más suave que se escuchó fue -ironías de la historia- Van Halen y su hit "Panama".

Mediante una "tortura musical", al menos a oídos de Noriega -un amante de la ópera- y también del personal vaticano, la idea del Ejército de EE.UU. era ejercer una "presión psicológica" para que el general abandonara la Nunciatura Apostólica. Esto, a través de canciones a todo volumen emitidas desde la estación de la radio militar norteamericana. Dos de las canciones que más se repitieron fueron "Welcome to the Jungle", de Guns N' Roses y "I Fought The Law", de The Clash. Los temas no sonaban al azar. Sin ir más lejos, el hit de la banda de Joe Strummer era un mensaje directo para Noriega: "Combatí la ley y la ley ganó", reza esa canción.

Esta particular acción no sólo tuvo efectos en Noriega, que se paseaba Biblia en mano como un león enjaulado en la Nunciatura Apostólica, sino que el propio personal del Vaticano comenzó a desesperarse, especialmente con canciones como “Paranoid”, de Black Sabbath; “Run Like Hell”, de Pink Floyd; “We’re Not Gonna Take It”, de Twisted Sister; “You Shook Me All Night Long” de AC/DC y “Your Time is Gonna Come”, de Led Zeppelin.

Matías Recart, entonces fotógrafo de la agencia The Associated Press, se encontraba en la azotea del Hotel Holiday Inn, ubicado justo atrás del complejo de la Nunciatura Apostólica para captar la caída de Noriega. “Esto fue entre Navidad y Año Nuevo. Estábamos con varios fotógrafos apuntando nuestros lentes hacia el lugar donde estaba Noriega, cuando nos percatamos que los marines comenzaron a instalar parlantes. De pronto la música comenzó a sonar como si fuera un recital en un estadio, día y noche. Y todo eso duró tres días”. Recart, editor de fotografía de La Tercera, recuerda también que el sonido era una tortura y que hasta los fotógrafos les gritaban a los soldados para que apagaran la música.

Hay quienes sostienen que el plan fue idea del general Maxwell “Mad Max” Thurman, quien a esa altura intentaba convencer en vano a monseñor Jose Sebastian Laboa, en la entrada de la nunciatura, para que “entregara” a Noriega. Al darse cuenta que el dictador no saldría del edificio y que en los alrededores había decenas de periodistas que podrían escuchar los diálogos en el ingreso de la nunciatura o captar fotografías, optó por una “muralla musical militar”.

Fueron los propios soldados, de las distintas divisiones desplegadas en territorio panameño, quienes eligieron la lista de temas. Gracias a un registro de la U. George Washington, se sabe que, por ejemplo, las fuerzas especiales solicitaron "Strange Days", de The Doors, que la "división canina" recomendó "Flesh for Fantasy" de Billy Idol o que los marines insistían con Guns N' Roses y "Paradise City".

El entonces Presidente George H. Bush justificó la invasión argumentando la seguridad del personal estadounidense en Panamá, la amenaza de la democracia, las acusaciones de narcotráfico contra Noriega y el respaldo al pacto Torrijos-Carter.

Finalmente, cuando comenzaba el nuevo año, monseñor Laboa, harto de la música estridente, le dijo a Noriega que no le quedaba otra salida que entregarse. Así, convenció al hombre fuerte panameño, quien salió del lugar el 3 de enero. "Fue como una pesadilla", recordaría tiempo después el propio Noriega en su libro America's Prisoner.

Tras caer en manos de las tropas de Estados Unidos, Noriega fue trasladado a una cárcel cerca de Miami y en 1992 fue condenado a 40 años de prisión. Recién en 2015 pidió perdón. Pero ya era tarde.