De niña, Mildred D. Taylor solía visitar la casa de su bisabuelo en Mississippi. Era una casa antigua, sin agua potable ni luz eléctrica, pero llena de historias familiares. Esas historias resonaban en su memoria cuando escribió su primera novela, Roll of thunder, hear my cry, en 1976. En ella narra la historia de una familia de granjeros afroamericanos en la gran depresión, desde la perspectiva de una niña de 9 años: una familia asediada por la violencia y el racismo, pero que se mantiene unida por sus lazos de amor. Finalista del National Book Award, la revista Time la seleccionó entre los 100 mejores libros para jóvenes de todos los tiempos. Pero a 45 años de su primera edición, Roll of thunder… se ha vuelto una novela controversial.

En septiembre de 2020, pocos después del inicio de las protestas del Black Lives Matter, los profesores de inglés del distrito de Burbank, en Los Angeles, recibieron una noticia inesperada: debían retirar de sus planes cinco novelas ya clásicas.

La lista la integraban Roll of thunder, hear my cry; Matar a un ruiseñor, de Harper Lee; De ratones y hombres, de John Steinbeck; El cayo, de Theodore Taylor, y Las aventuras de Huckleberry Finn, de Mark Twain.

La medida fue adoptada por Matt Hill, superintendente del distrito educativo, luego de recibir quejas de cuatro apoderados, tres de ellos afroamericanos. Las familias protestaron contra el eventual daño moral que los libros podían provocar en sus hijos y en los estudiantes de color. De acuerdo con Carmenita Hellingar, una de las madres denunciantes, su hija Destiny fue ofendida por un estudiante blanco que aprendió la palabra nigger -según se excusó- en el libro de Mildred D. Taylor.

Con el recuerdo de la muerte reciente de George Floyd y la ola de movilizaciones callejeras, la autoridad educativa decidió retirar los libros de las salas.

Ciertamente, fue una decisión controvertida y llevó a parte de la comunidad, así como a instituciones como el PEN América, a hablar de censura y a invocar la primera enmienda constitucional.

Sungjoo Yoon es alumno en Burbank High School y preside la Comisión Juvenil de la ciudad. Cuando se prohibieron los libros estaba en segundo grado y, según contó, lo ayudaron a él y a otros compañeros a convertirse en personas “profundamente involucradas en la lucha por la justicia social”. Por ello lanzó una campaña para revertir la medida, campaña que sigue abierta. “Casi un año y medio después, la restricción de libros de Burbank sigue vigente y se han aprobado más en escuelas y distritos escolares de todo el país”, escribió la semana pasada en The New York Times.

Tal vez ese sea el aspecto que más preocupa: las prohibiciones de libros en Estados Unidos se han incrementado en los últimos años.

En enero, una junta escolar de Tennessee aprobó eliminar de los programas Maus, la novela gráfica de Art Spiegelman sobre el Holocausto, la única del género en ganar el Pulitzer, porque consideró su lenguaje “inapropiado”. En Carolina del Sur, el senador Henry McMaster pidió investigar otra novela gráfica, Gender Queer: A Memoir, de Maia Kobabe, a la que acusó de “pornográfica”. En un distrito de Florida, se eliminaron 58 libros, entre ellos Gente normal, de Sally Rooney, ampliamente celebrado por la crítica, y el bestseller Outlander, de Diana Gabaldon. En tanto en Texas, un senador elaboró una lista de 850 títulos que a su juicio podrían incomodar o angustiar a los estudiantes, desde The Great American Anyway, de Tim Federle, a Todos nacemos libres: la Declaración Universal de Derechos Humanos en imágenes.

Maus, la novela gráfica de Art Spiegelman sobre el Holocausto, fue prohibida en las escuelas de Tennessee

“Lo que está sucediendo en este país en términos de prohibición de libros en las escuelas no tiene paralelo en su frecuencia, intensidad y éxito”, afirma Jonathan Friedman, director de Educación y Libre Expresión de PEN América.

A inicios de abril, el PEN publicó un informe de libros prohibidos en los Estados Unidos. El estudio revela que entre junio de 2021 y marzo de 2022 se registraron más de 700 intentos de censura en escuelas, universidades y bibliotecas, los que involucran a más de 1.500 libros, en 86 distritos de 26 estados. La mayoría de ellos abordan temas de racismo o identidad sexual, con protagonistas afroamericanos o personajes LGBTQ+.

En la Asociación Americana de Bibliotecas (ALA) manejan cifras similares. Según Deborah Caldwell-Stone, directora de la oficina de libertad intelectual de la ALA, “lo que estamos viendo en este momento es una campaña sin precedentes para eliminar de las bibliotecas escolares, pero también de las bibliotecas públicas, los libros que se ocupan de la vida y la experiencia de las personas de las comunidades marginadas”.

Ante este panorama, la Biblioteca Pública de Nueva York lanzó la campaña Books for All, que pone a disposición de los lectores cuatro títulos censurados: El guardián entre el centeno, de JD Salinger; King and the Dragon Flies, de Kacen Callender; Speak, de Laurie Halse Anderson, y Stamped, de Ibram X. Kendi y Jason Reynolds. Los libros pueden descargarse gratuitamente desde la aplicación SimplyE, disponible para iOS y Android, durante todo el mes de mayo.

La Biblioteca Pública de Nueva York lanzó una campaña contra los libros prohibidos: Libros para Todos.

“El conocimiento es poder; la ignorancia es peligrosa, engendra odio y división. Todas las personas tienen derecho a leer o no leer lo que quieran; todos tenemos derecho a tomar esas decisiones. Pero para proteger esas libertades, los libros y la información deben permanecer disponibles. Cualquier esfuerzo por eliminar esas opciones se opone a la libertad de elección, y no podemos permitir que eso suceda”, dijo Tony Marx, presidente de la Biblioteca Pública de Nueva York.

¿Totalitarismo?

A menudo se cita La cabaña del tío Tom, de Harriet Beecher Stowe, como el primer libro prohibido en Estados Unidos. Publicado en 1852, fue una piedra angular en la causa abolicionista y, consecuentemente, fue prohibido por la Confederación. Después de 170 años, los esfuerzos por censurar o marginar libros, especialmente en los espacios educativos, parece en alza.

De acuerdo con el informe del PEN, “la censura generalizada no tiene paralelo en su intensidad y frecuencia y representa una seria amenaza a la libertad de expresión y los derechos de la Primera Enmienda de los estudiantes”. Destaca, además, que en la mayoría de los casos no se cumplieron los protocolos adecuados, como la formación de comités de revisión y la mantención de los libros en tanto dura la investigación.

Los estados que lideran las prohibiciones son Texas, con 713, seguido de de Pensilvania (456); Florida (204); Oklahoma (43); Kansas (30), y Tennessee (16).

De los títulos cuestionados o restringidos, el 41% incluye personajes protagónicos o secundarios afroamericanos; el 22% aborda directamente temas de raza y racismo, y un 33% toca abiertamente temas o personajes LGBTQ+. Y un 9% corresponde a libros sobre derechos civiles o activismo.

Los tres principales libros prohibidos se centran en personas LGBTQ+: Gender Queer: A Memoir, de Maia Kobabe, fue prohibido en 30 distritos; All Boys Aren’t Blue, de George M. Johnson, retirado en 21 distritos; Lawn Boy, de Jonathan Evison y Out of Darkness, de Ashley Hope Pérez, marginados en 16 distritos. A su vez, Ojos azules, de la premio Nobel Toni Morrison, fue prohibido en 12 distritos.

Los rechazos incluyen también libros para niños dedicados a figuras como Martin Luther King Jr., Duke Ellington, Neil deGrasse Tyson, Nelson Mandela y Malala Yousafzai.

Margaret Atwood es una de las autoras prohibidas en las escuelas de Texas.

“Pensé que Estados Unidos estaba en contra de los totalitarismos. Si es así, seguramente es importante que los jóvenes sean capaces de reconocer las señales de ellos. Uno de esos signos es la prohibición de libros. ¿Necesito decir más?”, comentó Margaret Atwood al enterarse de que su exitosa novela El cuento de la criada está entre los libros prohibidos en Texas.

Conservadores y liberales

Más allá del derecho de los padres de influir en la educación de sus hijos, la batalla de los libros hoy adquiere otra dimensión.

“Grupos nacionales como Moms for Liberty, No Left Turn in Education y Parents Defending Education están recopilando listas de libros que consideran ‘racistas’ y ‘adoctrinadores’ para movilizarse bajo el lema de los ‘derechos de los padres’ y presionar a padres descontentos y autoridades escolares receptivas”, dice Suzanne Nossel, directora ejecutiva de PEN América.

Según encuestas de la Asociación Americana de Bibliotecas, 7 de 10 votantes se oponen a la eliminación de libros: las voces censuradoras son minoría, pero influyentes.

De una parte los grupos conservadores buscan reformar la educación, y han elaborado proyectos de ley para limitar el debate en las escuelas, y el progresismo radical amenaza con la cancelación cultural.

Si algo parece unificar los intentos de censura, observa Sungjoo Yoon, es que están impulsados por un partidismo político. “Un hecho que a menudo se pasa por alto en estas disputas es que, tanto los conservadores como los liberales, se involucran en la prohibición y eliminación de libros cuando conviene a sus objetivos políticos”.

Así, Burbank, un bastión liberal, mantiene la prohibición contra cinco clásicos de la narrativa americana.

“Espero que los adultos que toman las decisiones sobre nuestras escuelas y nuestra educación y aquellos que alimentan los argumentos públicos sobre ellos puedan poner fin a su hiperpartidismo y ayudarnos a iniciar conversaciones rigurosas sobre el contenido y el valor de los libros mismos”, escribió.

En tanto, y mientras la ola de cancelaciones no se detiene, Maus escala en ventas en Amazon, y lectores jóvenes y adultos comienzan a reunirse en clubes de libros prohibidos por todo el país.