Por Melanie Jösch, directora editorial de Penguin Random House

Vladimir Nabokov tiene una de las mejores descripciones sobre el lector, ese que “una y otra vez ha salvado al artista de su destrucción a manos de emperadores, dictadores, sacerdotes, puritanos, filisteos, moralistas, políticos, policías, administradores de Correos y mojigatos”. Es el lector admirable -dice el autor ruso- ese que “no pertenece a una nación ni a una clase concreta”, que trasciende las barreras de todo tipo y es una figura universal, como los escritores de talento.

A mis 20 años, cuando comencé a trabajar, veníamos saliendo de una dictadura que, además, nos heredaba un escenario precario en materia editorial: no había libros, los grandes editores -al igual que muchos artistas y escritores- se habían exiliado y quienes retornaron se reunían en secreto en el Archivo del Escritor de la Biblioteca Nacional, que hacía las veces de oculto lugar de libertad para la circulación de las ideas.

En estas últimas décadas la industria del libro chilena ha ganado en espacios y en libertades al ver crecer a editores de todo tipo y tamaño con interesantes catálogos a disposición. Aunque queda mucho camino por recorrer, celebremos entretanto todo lo que haya que celebrar, como los lectores nuevos, como cada uno de los libros que ven la luz -son muchos los que han trascendido las fronteras -, y apoyemos la reapertura de las ferias del libro tras el encierro del Covid: este fin de semana se realiza el FAS (Festival de Autores de Santiago), que convoca a múltiples escritores y sobre todo al encuentro con sus lectores.

Como dice Nabokov, “de todos los personajes que crea un gran artista, los mejores son sus lectores”.