Denise Lira se está preparando. Siempre lista, como ella misma se autodefine. En diciembre próximo mostrará en Chile su caminar persistente por mares, glaciares y desierto, paisajes que la han llevado a una solidez personal y artística que acaba de ser aplaudida en Suiza tras exponer su trilogía, misma que mostrará en Santiago por primera vez.

"Caminar, caminar, caminar sin parar... volver a indagar la naturaleza, sentirla, mostrarla desde otro punto de vista", dice.

Primero fueron dos años de glaciares, luego dos en océanos y posteriormente otro par en el desierto. A esto se le sumaron dos años más para volver a ver y seleccionar todo lo vivido. "Yo sabía, cuando estaba trabajando en el desierto, qué fotografía iba a ser hermanada con cuál, aunque fueran lugares, alturas, dificultades y temperaturas totalmente distintas. La manera en la que yo fotografío tiene que ver siempre con el concepto de la trilogía que nació con un fin", explica la artista.

Con una mirada texturada nos plantea hacer una pausa frente a la naturaleza, a través del color y la geometría el misterio de un instante se revela y despliega frente a ti.

¿Cómo te preparaste técnica y espiritualmente para abordar cada uno de estos escenarios? Siempre supe que sería un largo viaje de mínimo seis años de expediciones; por lo tanto, partí preparándome físicamente para enfrentar cada lugar. Investigué sus geografías y en una actitud de humildad y dimensión humana no llevé ninguna expectativa, fui totalmente abierta a recibir lo que la naturaleza me quería entregar.

Personalmente todas las luces me sirven, utilizar todos los instantes del día y cada recorrido tenían su propio momento y su belleza.

Para ir a cada uno de estos lugares logré trabajar con personas especialistas de cada zona. Por ejemplo, conocí a Constantino Kochifas, con quien viví en su barco su pasión por los viajes entre los glaciares. Él me transmitió la importancia del observar, un valor que yo agregué a mi proceso de búsqueda.

Observar es una forma de escuchar, y escuchar es un acto de humildad: ¿qué nos dice el océano? Inicio un sinfín de preguntas a mí misma: ¿cómo mostrar, desde mi punto de vista, estas aguas tormentosas, pasivas, coloridas, eufóricas, profundas, ruidosas, sanadoras...? Nunca encontré una respuesta racional. Ella está en las imágenes que reflejan ese observar y escuchar. Este encuentro de los sentidos con lo imprevisible.

Sin agua no hay vida, desde allí parte mi trabajo. Esta es una realidad que no necesita traducción, mi trabajo es en un lenguaje universal. La importancia del tiempo, del darse tiempo, y de cómo el tiempo modifica lo que veo y muestro. Eso es lo esencial y la combinación que busco está entre la simplicidad de la imagen y el misterio de la realidad, que presento sin una identidad definida.

¿Qué enseñanza te dio cada parte de la trilogía? En los glaciares, al estar sobre una embarcación estás relativamente resguardada, pero no totalmente a salvo; producto de la pasión, de alucinar con lo desconocido quieres llegar siempre lo más cerca posible de los majestuosos montes de hielos, a pesar del riesgo que significa. Cuando estás sobre más de 5.000 metros de altura en la montaña, tienes que ser consciente de que estás al límite en lo físico y mental, porque es muy fácil pasar a un estado de hipoxia sin darte cuenta y pasas un portal en que puedes llegar al riesgo de liquidarte no solamente en términos de orientación sino que también de cordura. Los océanos me enseñaron a soportar mi cuerpo como material de trabajo constantemente, ya que evadir los mareos pasó a ser parte de cada expedición en alta mar. Aprendí a que hay que comer cuando uno está mareado y fijar la vista en un solo punto.

Mis fotografías fueron tomadas con los pies puesto en la tierra, o en un barco u otra embarcación, y también en el agua, no hay ninguna fotografía aérea. Ahí está mi punto de partida.

Luego vino Atacama, y me tenía que preparar físicamente porque era un trabajo muy de terreno que quieras o no es un proceso eufórico, porque estás en un proceso de ver lo que nunca viste.

La trilogía partió el 2007 y ya llevo 10 años con ella. Estoy muy orgullosa porque podré mostrarla y compartirla después de tanto trabajo.

Uno como artista interpreta lo que estamos viviendo; uno debe decir, hacer y expresar lo que siente en relación a lo que está sucediendo en el mundo. Creo que en eso el artista es universal. Aunque esté fotografiando naturaleza mi trabajo no puede ser más actual, más universal y más contemporáneo. Yo sí hablo a través de la belleza y no del horror. Mi interés es que al mirar mis fotografías empieces a mirar desde otro punto de vista.

Aprendí de solidaridad en cada expedición, de esfuerzo, perseverancia y entrega frente a mi vocación. Al estar en estos paisajes te das cuenta de la fuerza de la naturaleza.

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"Me importa no solo la imagen, siempre muy sintética y minimalista; lo que me interesa, cada vez más, es el devenir de mi cuerpo como instrumento de mi trabajo",  dice Denise.

Tienes una reflexión del tiempo en tu trabajo. Para mí el tiempo tiene que ver con el instante. Es algo irrepetible.

¿Cómo, a través del trabajo, has sanado el dolor de la vida? Todas las caminatas, en especial Atacama, me cambiaron la vida en todo sentido. Cuando caminé junto a Luis Aracena, quien fue mi guía en el norte, empecé a trabajar la respiración que iba en paralelo con la reflexión del caminar consciente, del pulso, de tu estado físico, y es en esta persistencia en donde te cuestionas todo y te empiezas a repetir necesariamente 'yo puedo hacer esto'.

Mis padres siempre me dijeron que si tenía una pasión la debía seguir hasta el final, eso significa que no se puede vivir sin atender esa pasión, y yo no puedo vivir sin el arte.

La vida me ha dado situaciones fuertes porque la vida es dura, da lo mismo dónde uno nace, pero he tenido el privilegio de hacer lo que me gusta y me he descubierto a través de mi trabajo.

¿En qué etapa de tu trabajo sentiste esto claramente? Cuando fotografié el Observatorio Alma, que no es parte de la trilogía, me decía a mí misma 'estás en el cielo más limpio del mundo'. Paralelamente a esto, veía a las pastoras e hice amistad con ellas y decidí acompañar a la señora Julia, que tiene más de 95 años y vive sola. Junto a su hija también pastora, Leo, me entregué y caminé como nunca, durante días, semanas, horas de horas.

Nuevamente el Observatorio Alma, donde está lo más top del mundo científico, y paralelamente conocía a las pastoras que son la sabiduría pura, ahí vi que era una privilegiada y sentí la responsabilidad de compartir mi trabajo con el mundo.

No es que el dolor ya no exista, pero es tanta la belleza que uno puede ir recibiendo de cosas nuevas que se transforma en un volver a nacer. No es que se sane el dolor, o que uno lo acepte, sino que uno se da cuenta de que tiene mucha suerte por vivir lo vivido.

En tu trabajo está el crear conciencia, ¿cómo llegas a eso? En el mundo que vivimos hoy yo me pregunto: ¿cuál es el apuro? Hay que darle espacio al sorprenderse. Me interesa que las personas vivan su historia a través de mis imágenes, que vean qué les pasa cuando se enfrentan a ellas.

La naturaleza te da todo lo que tú necesitas, desde la salud hasta los espacios de contemplación. En ella hay tiempo, algo que se contrapone a lo que vivimos hoy donde todo es inmediato.

La persona, al pararse frente a una de mis fotografías, vuelve a mirar. Lo que estoy mostrando, aparte de ver la belleza de lo natural, va a cambiar la perspectiva de lo que es la naturaleza y estará esa pausa necesaria.

Con mi trabajo no estoy dando estadísticas sino que estoy mostrando el ciclo de la vida. Más allá de lo que podamos sufrir en términos de calentamiento global, hay que partir haciendo algo en la visión personal, concretar un acto por el planeta. El arte es mi filosofía de vida. Cuando uno se respeta, uno lo trasmite. deniselira-ratinoff.com