Uno de los comedores privados del tercer piso del Club de la Unión está perfectamente organizado para que comience el almuerzo. Es viernes 28 de junio, 13 horas. Sobre la mesa grande y cuadrada, entre las copas y cubiertos, un micrófono que permitirá que las voces de los asistentes se escuchen en dos altoparlantes instalados en las esquinas.

Aquí, para ser oído, hay que hablar fuerte. Lo explica Alfredo Pesce, el coordinador del grupo, antes de tomar asiento: "Hay una pequeña sordera general".

Patricio Aylwin, de pie detrás de una silla, repite la frase de su amigo y celebra la broma con unas carcajadas contagiosas que no necesitan amplificación para escucharse en todo el salón. El ex presidente de Chile, que entre 1990 y 1994 llevó adelante la transición a la democracia más exitosa de América Latina, tiene 94 años. Salvo por algunas apariciones públicas fugaces -que lo ponen tan contento-, hace mucho tiempo que no se sabe nada de él.

Pero su mundo privado está todavía activo y está construido por decenas de rutinas que él cumple sagradamente.

Una de ellas es asistir cada dos semanas -casi siempre los jueves- a esta reunión-almuerzo del grupo de los autodenominados "cardenales". Son democratacristianos, se juntan desde los años 40 y tomaron ese nombre en honor a la comedia La cena de los cardenales, del portugués Julio Dantas, que en esa época se exhibió en Santiago. Son adictos a la política, son amigos y son ahora todos muy mayores. Alguna vez uno de ellos hizo el ejercicio: las edades de sus 30 integrantes suman más de 2.500 años. En promedio, 83. El constitucionalista Alejandro Silva Bascuñán les lleva ventaja, tiene 102. Pero hace tiempo no se aparece.

Aylwin no falla: llega aunque truene. Este 28 de junio es un día frío y lluvioso y sólo hay nueve asistentes. Aunque el centro de Santiago está colapsado, el ex presidente arriba a la hora: la impuntualidad es una de las pocas cosas que lo ponen de malhumor. Aparece en el hall del tercer piso del clásico club escoltado por el jefe de su guardia. Llega caminando a una velocidad impresionante después de subir las escaleras a pie: casi nunca utiliza el ascensor. Enfundado en un abrigo negro se vislumbra de lejos en el palacio sombrío. Su figura sigue siendo imponente.

-Se puede correr más acá, no me tenga miedo- dice Aylwin, ya instalado en el comedor, a la invitada sentada a su derecha. Lo dice en tono cándido, inocente.

En breve comenzará a comer con apetito una entrada de pescado y un estofado de pollo. Durante el resto del almuerzo preferirá, sobre todo, escuchar. En ocasiones se le verá más concentrado en los alimentos que en la conversación sobre las primarias presidenciales que se celebrarán dos días después. Pero cuando se anima a hablar -usando el micrófono contra la sordera generalizada de sus amigos-, lo hace con el mismo ímpetu que años atrás: como si estuviera pronunciando un discurso histórico y moviendo estirada su mano derecha, un gesto tan suyo.

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A Aylwin le gustan las tradiciones.

Sigue viviendo en la casa de calle Arturo Medina de Providencia, a la que llegó en 1956 con su esposa, Leonor Oyarzún, que ya se encuentra recuperada de la trombosis pulmonar que la aquejó hace dos años. Tienen cinco hijos, 17 nietos y seis bisnietos.

El ex presidente prefiere, como siempre en su vida, la comida casera. Su plato favorito -cuenta su cocinera, Flor- es el cochayuyo. Y las guatitas.

No se compra ropa. Nunca le interesó. Ahora le gusta usar corbata siempre -en la casa, para ir a misa-, pese a su esposa le dice que no es necesario.

Siempre tuvo autos Peugeot. Buscaba los vehículos que daban de baja los gerentes y los conseguía más baratos. Pero en 2010 su chofer y su yerno Carlos Bascuñán le aconsejaron que buscara una firma más económica. Y, a regañadientes, Aylwin accedió. Hoy se traslada en un Samsung.

Tiene muchos lápices, pero le sigue gustando el Bic. De esos de $200.

Sigue usando la misma libreta pequeña de hace décadas: una negra Rhein, su ayudamemoria. La compra en el centro y la lleva siempre en el bolsillo interior de su chaqueta. Si alguna vez encarga una y se equivocan de tamaño o color -como le ocurrió alguna vez a su histórica secretaria, Orieta Abarzúa, que compró una café-, el ex presidente no la utiliza.

Aylwin, sin embargo, también ha cambiado con el paso de los años. Se acumulan ejemplos.

No es tan constante en la lectura. Sobre su escritorio, en una oficina contigua a su casa, hay varios textos. Se los regalan o él los compra en la Feria del Libro de Isidora Goyenechea, cerca de la oficina de Aylwin Abogados. Pero sólo los hojea. Prefiere leer prensa y la revista Mensaje, aunque se ha alejado de la contingencia.

Hace muy poco cambió el azúcar por la sacarina, también a regañadientes.

Después de una lesión en el tendón de Aquiles ya no realiza esas largas caminatas por el cerro San Cristóbal.

Dejó de jugar ping-pong. Hasta hace unos años tenía una mesa en su patio y se entretenía paleteando con sus escoltas, que lo adoran a él y a su mujer.

Recuerda -mucho más que antes- los poemas que aprendió siendo niño. Muchas veces recita textos completos de Calderón de la Barca, Rubén Darío y Amado Nervo para ejercitar la memoria, que sabe que a su edad es frágil.

Ahora está pendiente de las labores del hogar. Cuando va a Algarrobo, donde tiene una casa de veraneo desde los años 50, la señora Leonor se dedica a sus plantas y él la ayuda con el riego. Antes jamás le interesó: "Mi papá, que nunca hizo nada en la casa, ahora se puso ayudador", cuenta su hija Mariana, ex ministra de Educación.

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"Invitado a proponer algunas claves para un Chile más feliz, me atrevo a sugerir las dos siguientes:

1) Derrotar la extrema pobreza: que todos los chilenos tengamos una vida digna, y

2) Aprender a respetarnos en nuestras diferencias ideológicas. Pensar distinto no significa ser enemigos.

Patricio Aylwin Azócar".

En su oficina privada, con tranquilidad, el ex presidente se dedica a reflexionar y a escribir pensamientos como ése.

Las letras casi ininteligibles -que Orieta aprendió a descifrar desde 1990- fueron escritas a mano hace unos meses en un papel cuadriculado cualquiera. La secretaria se dedica a recolectar cada una de las hojas que don Patricio va dejando por el despacho. Sabe que cada frase es un documento y, con el cuidado de un cirujano, los clasifica y guarda en carpetas.

Es 18 de julio, casi a mediodía. Aylwin se asoma desde las puertas corredizas que separan su oficina del hall de entrada donde está el escritorio de la secretaria. Sonríe, se ve contento. Acaba de regresar de la primera de las actividades sociales de la jornada en compañía de su chofer, Antonio Estay -Toño-, quien trabajaba como conductor de la señora Leonor cuando era la primera dama en La Moneda.

Cuando dejó el gobierno, en 1994, Aylwin compró esta casa contigua a su vivienda. Un patio trasero comunica las dos construcciones. En medio -como para marcar el límite entre su mundo público y privado- instaló una murallita de cemento. La cruza muchas veces al día con ese paso rápido con que parece demostrar que sigue siendo el mismo.

Todos los días llega a eso de las 10 a trabajar, como si marcara tarjeta. Antes entraba a las 9, pero desde este año ha preferido quedarse hasta más tarde en la cama. Los martes y viernes, sin embargo, el reloj no perdona: a las 8.30 llega el kinesiólogo que -durante una hora- lo ejercita a él y a su esposa.

El despacho es sencillo. Y helado. Nada haría adivinar que es el refugio privado de un personaje gravitante de la historia chilena del siglo XX: enemigo de la izquierda durante el gobierno de Allende, opositor del régimen de Pinochet y primer presidente tras el retorno a la democracia.

Alfombra ploma, cortinas beige, condecoraciones y premios, fotografías familiares, estantes con muchos libros, una estufa a gas. Sólo dos objetos resaltan en la austera decoración de la oficina: una colorida recreación de la fiesta de Cuasimodo hecha por las loceras de Talagante -instalada en un mueble de la entrada- y un crucifijo que cuelga tras su silla. Aylwin es un firme creyente: todos los domingos va a la misa del San Ignacio de Pocuro.

Pero el ex presidente no es beato. A veces, mientras conversan, su esposa Leonor le dice: "En el otro mundo, una se reencuentra con su mamá, papá, los hermanos". Aylwin, algo incrédulo, le responde:

-Yo no estaría tan seguro.

Su escritorio tiene objetos simbólicos: una banderita chilena de sus tiempos en La Moneda, una condecoración de la DC de los 90, un posavasos con la imagen de la Virgen y el Niño Jesús, un portalapicero de mármol que hace 10 años no funciona -pero le tiene tanto cariño- y un calendario del año de la senadora DC Soledad Alvear, a quien aprecia mucho.

En este sitio se instala durante horas a conceder audiencias. Llegan decenas de peticiones diarias y -ahora, más que antes- se controla su agenda para evitar recargarlo. Aquí también habla por teléfono, recibe a sus amistades. El ex ministro Enrique Correa, los hermanos Ignacio y Patricio Walker y el ex diputado Gutenberg Martínez son algunos de los dirigentes políticos que lo visitan muy a menudo.

No tiene computador. No sabe usarlo. No contesta casi el celular, aunque lo tiene. No le gusta que lo controlen y, si fuera por él, tendría una agenda más ocupada que la actual. Ese día -por la noche- acudirá al lanzamiento del libro El otro modelo en el ex Congreso. A sus 94, llegará a su casa pasadas las nueve.

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Sentado en la cabecera de mesa, en el almuerzo del Club de la Unión, Aylwin se siente a gusto. Ahí están sus grandes amigos, entre ellos Carlos Massad, ex presidente del Banco Central, y José De Gregorio padre, secretario general de la DC en los gobiernos de Eduardo Frei Montalva y Salvador Allende.

Aylwin tiene el pelo blanco y cejas abundantes, también blancas. Sus manos son delgadas, perfectamente cuidadas, y en la izquierda luce su argolla de matrimonio. De vez en cuando saca su pañuelo -de tela- para sonarse. En medio de la comida -donde tomará vino y comerá todo el postre, un mousse-, el ex presidente interviene con opiniones certeras.

-Dignificar la política es una tarea fundamental de todos los que entendemos la democracia como única forma de convivencia nacional-aconseja.

-Las sociedades van cambiando, pero, al margen de las transformaciones, los democratacristianos tenemos una tarea: defender nuestros valores. Se gane o se pierda -clama.

-El partido no ha tenido ningún líder del nivel de Eduardo Frei Montalva y Radomiro Tomic. Por su formación, inteligencia y simpatía. Uno los miraba como superiores -recuerda.

Ana María García-Huidobro -militante histórica de la DC y suegra del juez Carlos Cerda- está sentada a su izquierda y le da un golpecito en el brazo, mientras le dice con simpatía y total informalidad: "¡No seas humilde, Matilde!".

Aylwin no se da cuenta -o si lo advierte lo disimula bien-, pero es el líder de los "cardenales". Algunos lo siguen llamando Presidente. Lo escuchan con atención mientras él habla por el micrófono.

El equipo ha tenido pérdidas importantes: el jueves 26 de abril de 2012 fue la última reunión-almuerzo de Máximo Pacheco Gómez, abogado, político y ex senador democratacristiano. Nueve días después del encuentro, falleció a los 87 años producto de un accidente cerebrovascular. Fue un golpe duro para Aylwin: era su compadre y uno de sus mejores amigos. El ex presidente sintió mucha pena. Y lloró.

También lo sacudió la muerte de Gonzalo Sepúlveda, su médico de cabecera. No le fue fácil darse cuenta de que sus pares -quienes lo acompañaron toda la vida- comenzaron a partir. Pese al dolor, sin embargo, siempre despide a sus camaradas: el 26 de junio participó en el funeral del militante Benjamín Maluenda y el 20 de julio llegó hasta el Cementerio General para honrar a Fernando Castillo Velasco, que falleció a los 94.

Cuando suena el teléfono en la casa de los Aylwin y el que llama es Alfredo Pesce, coordinador de los "cardenales", la señora Leonor siempre lanza una broma: "Patricio, está llamando Alfredo. Debe haber muerto alguien".

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Aylwin ha recibido múltiples peticiones para participar en los encuentros con motivo de los 40 años del golpe militar en septiembre. Pero no aceptó ninguna. Su versión de la historia está contada en un libro -aún inédito- que aborda la responsabilidad de la izquierda en el fin de los mil días de Allende.

Comenzó el texto en 1974 y está terminado. Gira en torno a la relación de la DC y el gobierno de la UP y tiene 30 capítulos. Durante años estuvo recopilando documentos y, junto a un grupo de colaboradores, revisando una y otra vez el texto. El año pasado, sin embargo, Aylwin manifestó en una entrevista que ha tenido dudas de la conveniencia de hacerlo público: "Estoy indeciso sobre si debo dejar que las próximas generaciones discutan estos temas y no ser yo el que abra el debate".

El y su familia, con el paso de los meses, han reforzado la idea de no publicarlo en vida. De 500 y tantas páginas, aún no tiene editorial.

El archivo político y personal de Aylwin resume la historia chilena y mundial de los últimos 100 años. Todavía guarda la correspondencia que se enviaba con un primo de Coyhaique durante la Segunda Guerra Mundial. Entre sus papeles están sus escritos -a mano- sobre el proceso del asesinato del senador UDI Jaime Guzmán. Buena parte de ese material está repartido entre los estantes de su oficina y los de su casa, algunos pocos metros más allá.

También conserva las cartas que recibió mientras estaba en La Moneda. Como ésta, fechada el 4 de mayo de 1991, y escrita a máquina:

"Excelentísimo señor presidente. Le estoy muy agradecida por haberme enviado los tres tomos del Informe de la Comisión Nacional de Verdad y Reconciliación, llevada por el eminente jurista Raúl Rettig (…). Don Patricio, usted, como padre, sabe lo que es perder a un hijo, el no saber qué ha sido de él, dónde está, vivo es imposible dado el tiempo (…). Yo tengo 77 años y no me gustaría morir sin saber de mi hijo (…). Si se supiera algo le agradecería infinitamente que me avisara".

La mayor parte de la correspondencia que Aylwin recibió siendo presidente permanecía en las oficinas de la Fundación Justicia y Democracia, que hace meses está prácticamente paralizada. Cuenta su hija Mariana: "No creo que la mantengamos. Alguien se tendría que dedicar a eso y no veo a ninguno de nosotros haciéndolo". Por esta razón, en octubre de 2011, cerca de 70.000 documentos fueron donados a la Universidad Alberto Hurtado. El material está guardado en una bodega subterránea, a 17 grados, a la espera de conseguir fondos para la digitalización.

A Aylwin -que enfrentó episodios tan complejos como la presentación del Informe Rettig con Pinochet en el Ejército y el boinazo de 1993- ya no lo escandaliza nada.

Un miércoles, su secretaria le informó que el candidato de la derecha, Pablo Longueira, se había retirado de la carrera presidencial por una depresión severa. El ex presidente reaccionó sin espanto, con total calma. Inmutable. Como quien ha vivido casi un siglo.

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A Patricio Aylwin le gusta caminar por su barrio, una zona tradicional casi en el límite con Ñuñoa, donde todavía los vecinos se llaman por el nombre. Muchas tardes, cuando siente frío, sale a andar en compañía de alguno de sus escoltas. Algunas veces lo acompaña su esposa, cuando el dolor que ella siente a las rodillas le da una tregua. Leonor Oyazún tiene su misma edad, 94. En octubre cumplen 65 años de casados. La familia está organizando un festejo.

Su mujer es, hoy en día, su principal preocupación. Está atento a sus dolores, a saber si está bien. "La contempla", dice Mariana Aylwin.

Son muy unidos y tienen ritos. A veces se van solos a las Termas de Chillán. Y todos los días, a eso de las cinco de la tarde, el ex presidente sale de su oficina, cruza el patio y se sienta en el comedor de su casa a tomar el té con su esposa. Ella sigue siendo su motor social: lo anima a ir al cine -casi siempre van al Hoyts de La Reina- y a espectáculos culturales. Los dos están abonados a la Fundación Beethoven y el pasado lunes 22 de julio asistieron juntos a la gala de Romeo y Julieta en el Municipal.

Nunca están solos. La familia y los amigos nunca los dejan.

La señora Leonor es la encargada de convocar: organiza encuentros familiares y reuniones con los amigos. "Ella es la que tiene la casa abierta", cuenta su hija.

El tuvo cuatro hermanos, todos vivos, y se juntan a menudo. Los nietos tampoco se han desaparecido y todos sin excepción son cercanos a sus abuelos. Hay días en que varios coinciden en el comedor de calle Arturo Medina, que es el mismo desde hace varias décadas. Llaman a Flor -la cocinera- y avisan que van a almorzar para que prepare cochayuyo.

Aylwin y su mujer son de relaciones largas. La empleada que los ayudó toda la vida con la crianza de los niños -Mercedes, a quien llamaban "la mama"- trabajó con ellos durante 38 años. Hasta que falleció en el dormitorio contiguo al de sus patrones, en 1987. Alfredo Pesce, que le llevaba la comunión, fue testigo de cómo la pareja se turnaba para levantarse a medianoche y atenderla.

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El almuerzo de los "cardenales" en el Club casi termina, después de más de dos horas. Aylwin lo cierra con un café expreso, fuerte. Todos pagan en partes iguales y el ex presidente saca su chequera. No usa lentes: ve a la perfección.

Su escolta -que es notificado por celular- sube a buscarlo. Y él, nuevamente, baja las inmensas escaleras a pie. Vestido con su abrigo largo y negro, y sin usar el ascensor. Su figura, de espaldas y de lejos, se sigue viendo imponente.

Aylwin, el político, dos días después llegó a votar a la mesa 62 del Liceo Tajamar, en Providencia. Su candidato, Claudio Orrego -a quien conoce desde guagua-, salió tercero en las primarias de la oposición.

Aylwin, el estadista, se ha ido quedando con la parte positiva de los personajes y hoy tiene una mirada más benevolente de la historia. Las odiosidades, con los años, se han ido difuminando. Por ejemplo, tiene una visión menos mala de personajes con los que se enfrentó duramente, como Pinochet.

Aylwin, el hombre, se siente feliz cuando lo paran en la calle para saludarlo y los padres les cuentan a sus niños que fue presidente y se fotografían con él. Eso lo ayuda a mantenerse bien. A Aylwin, el hombre, le brillan los ojos cuando protagoniza alguna actividad pública y los periodistas llegan hasta su casa de Arturo Medina. A sus 94 años no se siente mayor. A veces, sólo a veces, sus hijos le han escuchado quejarse y decir: "Hoy sí me siento un poco viejo".