El lenguaje ha estado, está y estará siempre cambiando, evolucionando y adaptándose a las necesidades de sus usuarios. Esto no es necesariamente algo malo: al menos así lo define la Sociedad Norteamericana de Lingüística. Es cierto que hoy existe una intensa discusión respecto al actual momento de la comunicación, donde la conversación oral ha cedido su hegemonía a los códigos digitales, más comprimidos y volcados a los símbolos, y cómo esa evolución estaría dañando al lenguaje.

El llamado es a entenderlo como una mutación natural. O como dice el meme de la tortuga Squirtle: vamo a calmarno.

Porque es quizá cosa de tiempo que artículos como éste se terminen reduciendo a una imagen con no más de dos líneas de texto. Es más, la memética, entendida como la unidad teórica más pequeña de información cultural, a través de su primo divertido, conocido como “meme de internet”, ya tiene más que cubierto el tema que abordaremos.

Más que la supuesta degradación del lenguaje que ha provocado internet, ¿será que la hipercomunicación nos ha hecho perder la habilidad y/o las ganas de conversar?

La cantidad de memes existentes sobre la ansiedad que despierta interactuar presencialmente con otros, con la angustia de tener que incluso hablar por teléfono o la inseguridad que generan los pensamientos post una conversación cara a cara —¿hable demasiado? ¿no dije nada?— sugieren que la respuesta corta es: sí.

En un ensayo titulado Llamadas no, solo WhatsApp: ¿estamos perdiendo la capacidad de conversar?, la académica española Cristina Vela Delfa, doctora en Ciencias del Lenguaje, concluye que el diálogo líquido que ofrece la mensajería instantánea requiere muy poco compromiso, lo que termina afectando la calidad y profundidad de las conversaciones.

“A diferencia de una auténtica conversación, que demanda nuestra atención y disponibilidad, WhatsApp nos permite regular los tiempos a nuestro antojo, silenciar los intercambios que nos aburren y dejar en espera los mensajes para cuando nos venga en gana”, escribe allí.

Para la psicoanalista y escritora chilena Constanza Michelson, una de las grandes preguntas de este siglo es cómo la técnica, con sus dispositivos y recursos, nos va moldeando y qué consecuencias pueda tener eso a futuro. Pero una cosa ya está clara: “la técnica va instalando pautas de comportamiento que empiezan a ser recurso en el ámbito no virtual, como el estar y el no estar, o la velocidad y la urgencia”.

Es decir, no te sorprendas si en un momento alguien te está hablando una larga perorata y piensas: “qué ganas de poder acelerar a 1.5x esta conversación”.

“Poner los audios en modo rápido es genial, pero también es una droga dura”, dice Michelson. “Así literalmente compactas al otro y no tienes que dedicarle el tiempo real ni prestarle la misma atención”. La autora de Hasta que valga la pena vivir cree que esto último no es algo menor y que es uno de los síntomas de la época, donde todo es ansiedad y déficit de atención. Y sus efectos no se dan solo en las conversaciones, sino que también “tiene consecuencias en el amor y la amistad”.

Sherry Turkle es socióloga, psicóloga y profesora del MIT, donde fundó y dirige el Instituto de Tecnología y Ser. En su conocida y a estas alturas premonitoria charla TED del 2012, “Conectados, ¿pero solos?”, analiza las consecuencias de la comunicación digital en nuestras relaciones interpersonales. Su tesis es que estamos sacrificando la verdadera conversación en reemplazo de una forma de conexión ilimitada y alienante.

“No queremos estar solos pero le tenemos miedo a la intimidad”, dice ahí. “Diseñamos tecnologías de ilusión de compañía pero sin las demandas reales de amistad. Vivimos en una fantasía en la que supuestamente podemos poner la atención donde queramos, donde siempre nos van a escuchar y nunca vamos a estar solos”, presagiaba. “Eso cambia nuestra psiquis”.

Michelson cree que, en el fondo, el lenguaje digital “va estandarizando el sentir, lo empobrece y borra sus matices. Lo digital termina siendo muy binario, sin ambigüedades, algo muy raro si consideramos que estamos en tiempos de no binariedad”.

Generación doble check

Esto no es una alharaca boomer. Tampoco es una discusión exclusiva de estos tiempos. Ya en 1935, en su novela The Harsh Voice, Rebecca West planteaba de manera sombría que “no existe eso que llaman conversación. Es algo ilusorio; lo único real son monólogos intersectando. Eso es todo”.

En su charla TED, Turkle cuenta que el conductor de televisión Stephen Colbert le preguntó una vez si todos esos sorbitos de diálogo que uno tiene en un chat finalmente se pueden transformar en un gran trago de conversación. “Mi respuesta fue que no: conectar en sorbitos funciona para recolectar pedacitos de información, para decir ‘estoy pensando en ti’ o incluso ‘te amo’, pero no para realmente conocer y entender a alguien”.

En su tercera definición, la RAE define conversar, que viene del latin conversare, como “el vivir y habitar con otros”. Apelando a esa acepción, y en un ámbito social o incluso político, Michelson sugiere que es importante mantener el hábito y ejercitar las sutilezas de la conversación cara a cara. “En la presencia, en el encuentro con otro cuerpo, hay que decodificar muchas más señales, leer otros lenguajes, no solo el verbal. No es lo mismo decir cualquier cosa de forma anónima que enfrentar a otro, porque eso nos obliga a responder de manera ética y tomar responsabilidad”.

Pero también es importante su práctica como ejercicio de autoconocimiento. Turkle asegura que en una conversación aprendemos cosas de nosotros mismos. “Uno se conoce en el diálogo, porque finalmente estamos hechos de vínculos”, complementa Michelson. “En lo virtual también existen, pero en la presencialidad la experiencia es mayor”.

Ricardo Martínez, doctor en Lingüística y académico de la U. Diego Portales, lleva dos años haciendo clases por Zoom. Desde ese lugar educativo cuenta cómo ciertas sutilezas del lenguaje, la comunicación y la conversación sufren con la virtualidad.

“La habilidad más importante de un profesor para comunicar eficientemente es leer el clima emocional y cognitivo”, dice. “Interpretar ese lenguaje no verbal es una habilidad muy importante, algo que en línea es casi imposible porque uno ve casi puras pantallas negras”.

Junto con los aspectos emocionales que aporta la presencialidad, y que hacen de la comunicación una experiencia completa en el marco de la educación, Martínez también cree que el cambio más rotundo de la experiencia lingüística actual es la velocidad con la que cambiamos de registro hoy en día.

“Michael Halliday, estudioso de la sociolinguistica y la linguistica interaccional, planteaba que uno cambiaba de registro dependiendo de la situación comunicacional; es decir, que uno no habla igual en la casa de los padres que en un bar”.

Ese cambio de registro, que antes requería también de un desplazamiento físico, ahora ocurre vertiginosa y permanentemente en nuestros teléfonos y sobre todo en nuestras cabezas multitarea. Puedes estar “conversando” al mismo tiempo y en el mismo lugar con tu pareja, un amigo, una hermana, tu abuelo, pidiendo comida, reclamando por un envío que no llegó a tiempo o dando explicaciones a un jefe. Cómo eso nos terminará por afectar antropológicamente, dice Michelson, es un total misterio.

Tenemos que conversar sobre conversar

Existen técnicas estudiadas sobre cómo ejercitar la habilidad de sostener una buena conversación. Un ensayo escrito para la BBC por el cronista científico David Robson recoge algunos experimentos bien interesantes.

Karen Huang, académica de la Universidad de Georgetown, demostró que hacer preguntas durante una conversación aumenta la probabilidad de “agendar un segundo encuentro”. En detalle, estas deben ir en relación al tema que se está conversando y no hacer saltos random.

Aunque parece un consejo obvio, Huang llama a no hablar tanto de uno mismo. “Uno tiende a dejarse llevar por eso”, dice, porque es placentero, pero también conviene que la otra persona sienta ese placer. “En ese tira y afloja una conversación se puede ver afectada”.

Un error común al iniciar una conversación es asumir que la otra persona está en el mismo estado de ánimo que uno, que tiene una opinión parecida respecto a un tema, o incluso que maneja la misma información sobre algo que a nosotros nos resulta familiar.

Lo más raro, según concluye este estudio, es que este egocentrismo —llamado “parcialidad de comunicación cercana”— aumenta entre amigos y familiares pero baja frente a desconocidos.

“Es cuando uso mi propia experiencia y mi estado mental como paralelo al del otro, y fallo en diferenciar suficientemente bien las dos”, explicó Nicholas Epley, profesor en ciencias del comportamiento U. de Chicago, a la BBC. Él lideró un estudio donde se concluyó que es mejor preguntar cómo una persona piensa o se siente respecto a algo que intentar asumirlo de acuerdo a lo que conocemos de ella.

Gus Cooney, psicólogo social de la U. de Pensilvania, condujo otro estudio, donde descubrió que nos gusta hablar de cosas novedosas pero que, al momento de escuchar, preferimos hacerlo sobre situaciones que ya conocemos.

A ese error le llama “brecha de información”. “Cuando estás contando tus vacaciones, por ejemplo, la experiencia está tan vibrante en tu cabeza que piensas que los demás están sintiendo lo mismo también. Pero a menos que conozcan el lugar, eso no sucede”.

El estudio que hizo plantea que cuando somos conscientes de eso podemos esforzarnos un poco más en desarrollar relatos más descriptivos para acercar la experiencia. En otras palabras, hay que esforzarse en no dar la lata.

Esos estudios rompen dos interesantes prejuicios: el primero es que la gente pareciera responder mejor a las conversaciones un poco más profundas que a las trivialidades. El mismo Epley hizo otro trabajo, en el que instó a un grupo de personas desconocidas a realizarse preguntas profundas entre sí. Contrario a lo que él mismo esperaba, la conclusión fue que las personas disfrutaron y sintieron una mayor sensación de conexión en la conversación.

Michelson menciona una reflexión que Heidegger hacía en 1955 a la pregunta de cómo vamos a convivir con técnicas que nos queden grandes. Su respuesta es que tenemos que trabajar en “responsabilidades que estén a la altura”. Sobre lo mismo, la conclusión de la charla TED de Turkle parece entregar una clave: “tenemos que enfocarnos en cómo estas tecnologías nos pueden llevar de vuelta, y más preparados, a nuestras vidas reales, a nuestras comunidades políticas, al planeta que nos necesita. Usemos la tecnología para ayudarnos a llevar una vida que amemos”.

.