Después de varios años de crecimiento decepcionante, América Latina parece haber entrado en una fase de recuperación. Tras una recesión en 2016, el FMI proyecta que el PIB de la región crecerá 1,2%, 1,9% y 2,4% en los años 2017, 2018 y 2019, respectivamente.

Esta recuperación del crecimiento regional ha sido posible gracias a un entorno externo más favorable, incluyendo un crecimiento más sólido y transversal de la economía mundial, mayores precios de las materias primas de exportación, y condiciones financieras más holgadas para las economías emergentes.

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Asimismo, las economías de América Latina han conseguido avances relevantes en la corrección de sus cuentas externas y el control de la inflación. El déficit de la cuenta corriente regional ha caído por debajo del 2% del PIB, y la inflación se ha ajustado a las metas oficiales permitiendo que los bancos centrales adopten políticas monetarias más expansivas, con las notables excepciones de México y Argentina.

Sin embargo, aún quedan algunos problemas pendientes por resolver para darle sustentabilidad a esta recuperación. Entre estos, cabe destacar el progresivo aumento del déficit fiscal de los países de América Latina, lo que ha ido acompañado de aumento de las razones de deuda pública respecto del PIB, así como las menores perspectivas de crecimiento potencial de la región como consecuencia del pobre desempeño de la inversión y la productividad.

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Un obstáculo para abordar estos desafíos es el escaso apoyo con que cuentan varios de los actuales líderes en la región. En los últimos años, una serie de escándalos políticos, además del mal desempeño económico, ha tumbado la popularidad de gobernantes y legisladores, restándoles margen de maniobra para realizar las reformas económicas y fiscales que son necesarias, pero costosas políticamente.

El próximo año ofrece una ventana de oportunidad para romper con la inercia política. Los procesos eleccionarios por los que atravesarán varios de los países de la región permitirán generar un recambio de liderazgos que podría dar nuevos aires a las reformas que se requieren para revitalizar el crecimiento económico y las finanzas públicas.

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Hace algunas semanas fue el turno de Argentina; en las próximas semanas, tocará Chile; en junio próximo, vendrá Colombia; en julio, México; y en octubre, Brasil.

En el corto plazo, estos procesos eleccionarios exacerban la incertidumbre política y la volatilidad financiera, pero en el mediano plazo, la renovación de los liderazgos abre la posibilidad de reimpulsar la agenda de reformas económicas y fiscales.

Algunos pueden temer que el resultado sea un rebrote del populismo en América Latina. Es una posibilidad que nadie puede descartar. Sin embargo, esta no ha sido la tónica de los procesos eleccionarios recientes. En varios países, los votantes han apoyado líderes políticos con un discurso responsable respecto de los equilibrios macroeconómicos, el buen funcionamiento de los mercados y el crecimiento económico. Las aventuras populistas que nacieron al alero del boom de las materias primas, la "maldición de los recursos naturales", han comenzado a quedar atrás.

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Hasta ahora, el giro del péndulo político ha contribuido a mejorar el clima de inversión y confianza en la región, pero será necesario hacer mucho más. Con un respaldo renovado de los votantes, el principal desafío de las nuevas autoridades será emprender una agenda de reformas estructurales que permita romper con la inercia económica, reimpulsar el crecimiento económico, mejorar la gestión pública y corregir los desequilibrios fiscales.

*El autor es economista jefe para la Región Andina de BTG Pactual.