Y, entonces, se quedó en silencio.

Venía escribiendo desde hace varios años, algunos cuentos, algunos artículos que publicaba en diarios y revistas. Firmaba con pseudónimo: Venzano Torres. Ganó algunos concursos a fines de los 60, participó en algunos de los míticos talleres literarios de la Universidad Católica y fue ahí donde mostró las primeras páginas de una novela que estaba escribiendo.

En junio de 1973,  Germán Marín —con 39 años— publicaría esa primera novela sin pseudónimo: Fuegos artificiales. Aparecería en la mítica Quimantú, en la colección Cordillera que dirigía Alfonso Calderón. Una novela que anunciaba no sólo un mundo, sino, sobre todo, un fraseo; una sintaxis privada —oraciones largas, sinuosas— que le permitiría construir un realismo quebrado, brumoso, violento.

Se lee en las primeras páginas de la novela: "El señor don José Clorindo Inchaurraga, natural de la provincia de Colchagua, propietario de tierras y de mieses, soñó esa noche con el infinito espectáculo de la revolución social. Al día siguiente, para espantar la visión, se levantó muy de mañana, sin embargo de nada le valió enojarse ni menos el gesto de golpear estrepitosamente las puertas. La sonrisa ancha y ajena de Manuel, su criado, no le quiso esa vez obedecer, alunado como a menudo le ocurría por efecto de la premura con que naciera, sesenta y tantos días antes de la fecha debido a un mal de ojos hecho detrás de un espejo, provocado por una bruja celosa de su madre. De ahí que el patrón, embargado todavía por su sueño, a la noche siguiente volvió a la pesadilla a fin de negociar las condiciones de la revuelta que sucedía en el país".

"Después de publicar Fuegos artificiales pasaron muchos años sin escribir. Pero yo creo que fueron años importantes en mi vida, en los que hice una suerte de reflexión personal. Ahí cambió mi visión de Chile".

Marín abordaba la vida de este terrateniente para hablar de la decadencia de un mundo, para hablar de esa pesadilla que sería, para esa clase, la revolución social que se aproximaba. Lo que no podía prever Marín es que llegaría esa revolución y, entonces, comenzaría la verdadera pesadilla cuando el 11 de septiembre los militares bombardearan La Moneda e instauraran una dictadura que duraría 17 años, una dictadura que lo terminaría mandando al exilio

—primero México, luego España— y que lo haría quedarse en silencio. Porque después del golpe, Fuegos artificiales desapareció de las librerías —la junta militar lo prohibió junto a tantos otros títulos de Quimantú, y guillotinaron la mayoría de los miles de ejemplares impresos— y Marín no iba a ser capaz de volver a escribir, al menos por una década.

El libro, entonces, se convertiría en un pequeño mito: alcanzaron a salir dos reseñas y nada más. Y pasarían los años y Germán Marín —después de volver del exilio y de ese silencio– se convertiría en uno de los escritores chilenos más deslumbrantes de las últimas décadas, pero Fuegos artificiales seguiría siendo un mito, uno de esos libros de los que sólo algunos pocos pueden hablar.

Hasta ahora.

***

En ese tiempo, la portada era azul. Ahora es roja, pero tiene la misma imagen: una fotografía del portugués Armindo Cardoso. Vemos a una persona corriendo, la vemos de espalda, y una serie de líneas verticales la atraviesan. Corre por una calle. Hay una puerta, una ventana, no mucho más. Ahora, la portada de Fuegos artificiales —reeditado por Lecturas Ediciones— es roja, pero antes fue azul. No hay más modificaciones con respecto a esa primera e inencontrable edición. O sí, sólo una, pequeña, casi imperceptible, que se anuncia en la página de los créditos: dicen que es una edición "someramente corregida".

—Son sólo detalles —dice Germán Marín, una mañana soleada, sentado en un café de Providencia, muy cerca de su casa y de la municipalidad. En estos años no ha dejado de publicar novelas, cuentos y de reeditar algunos de sus libros más importantes, en editoriales como Alfaguara, Seix Barral y Ediciones UDP. Tiene más de 80 años y sigue escribiendo, a mano, todas las mañanas. Escribe, corrige, avanza, revisa, no deja de hacerlo. En mayo, por Seix Barral, aparecerá su nueva novela, Póstumo y Sospecha, y trabaja con Lecturas Ediciones en una recopilación de cuentos que tiene el título tentativo de Un oscuro pedazo de felicidad. Eso nos cuenta durante la entrevista, aunque también está considerando la posibilidad de agregar otro adjetivo y quede así: Un oscuro y bruto pedazo de felicidad. En cualquier caso, la idea es que el libro aparezca durante el segundo semestre.

Lo cierto es que en esta última década nos hemos acostumbrado a que todos los años llegue a librerías un nuevo libro —o una reedición— de Marín. Pero antes no fue así. Comenzó con Fuegos artificiales y después lo raptó un silencio que duró casi una década. Mientras, vivió el exilio en México, donde trabajó con García Márquez: fue su ghostwriter, y después en España: se instaló en Barcelona y pudo conseguir trabajo en el mundo editorial. Pero de escribir, ni hablar.

—Pasaron muchos años sin escribir —recuerda—, pero yo creo que fueron años importantes en mi vida, en los que hice una suerte de reflexión personal. Sobre todo cambió mi visión de Chile.

—¿En qué sentido cambió?

—El golpe hizo cambiar mi relación con el país. Lo asumí con mayor distancia. Y me di cuenta de que no era el país que yo creía, que era un país mucho más complejo y eso me llevó a un cambio de escritura. Además, fueron años de muchas lecturas, de lecturas ajenas, de muchos libros que tuve que leer en original. Me empezó a interesar el cine, empecé a viajar, viajaba por lo menos dos veces al año fuera de España, fui a la Feria de Frankfurt, y ahí empecé a encontrar que el mundo era mucho más distinto del que yo había asimilado hasta entonces desde Santiago, y eso yo creo que modificó mi escritura.

—Es a mediados de los 80 cuando vuelve a escribir, ¿no?

—Sí, un poco antes. Me costó modificar mi hábito de escritura, e incluso cuando se me ocurrió escribir la trilogía (Historia de una absolución familiar) me costó iniciarla, porque fui variando el punto de arranque. Al principio pensaba en los 70, luego me di cuenta de que debía retroceder, y retrocedí un poco más, y llegué a los orígenes de mis padres, de mis abuelos viajando a América, de mi padre, hijo de mi abuelo, un dueño de fundo de Temuco; entonces fui juntando esas dos líneas.

Cuando se acabó el silencio, Germán Marín comenzó a escribir nada menos que Círculo vicioso, el primer tomo de esa trilogía que es, probablemente, junto con 2666, el proyecto narrativo más deslumbrante y desquiciado y extraordinario que algún escritor chileno haya emprendido en las últimas décadas.

Después de escribir ese primer tomo, ya comienzos de los 90, Marín volvería a Chile y publicaría otra de sus obras maestras, El palacio de la risa, y entonces construiría una literatura que no ha dejado de indagar en la historia de Chile, en el pasado, en la violencia, y cómo eso ha configurado lo que somos y lo que seremos. Quien quiera entender qué somos, qué es Chile, sin duda que puede encontrar una respuesta en la literatura de Marín. Y ya en Fuegos artificiales podíamos intuir el camino que iba a trazar con su escritura.

—Los fragmentos que conforman Fuegos artificiales son textos que van variando, son distintos narradores, pero creo que en algún momento tomé un hilo del cual… un hilo que me ha atado a un estilo del cual yo encuentro ya difícil salir —explica Marín.

—Algo que resulta llamativo es que empieza a publicar después del boom latinoamericano, pero usted ya era un lector cuando todos ellos lanzaron sus libros más importantes. ¿Cómo fue su vínculo con ese mundo?

—Me cuidé mucho, me cuidé mucho de no ser intoxicado por el boom, ya que era muy fácil. Eso sí, tuve algunas ventajas: conocí a algunos de los autores del boom. Yo había estudiado en Argentina, sabía quién era Borges. Tuve la suerte de conocerlo como profesor, entonces eso fue interesantísimo, y más adelante, en México, en los 70, trabajé para García Márquez. ¿En qué sentido me influyó? En que entendí que jamás había que imitarlo. Pero trabajé para él, escribí cosas que luego salieron con su nombre. Aprendí a escribir a lo García Márquez, pero yo quería hacer otra cosa.

—Y de todo ese grupo ¿con quién sentía más afinidad?

—Con varios, pero en ese tiempo me interesaban mucho Faulkner, Borges; me interesaban todas esas literaturas, la verdad, sí, pero trataba de asumir algo propio, porque creía en eso. Entonces, mi escritura fue sufriendo modificaciones, sobre todo en España, cuando empecé a escribir la trilogía. Ese fue para mí como un nuevo comienzo.