Conocí el mundo de la relojería por mi padre. Él era administrador de un fundo llamado Peralillo y tenía un modelo marca Helvetia, Suizo, muy bueno. Un día se le echó a perder, así que me invitó a Santiago para que fuéramos al servicio técnico. Yo tenía como ocho o nueve años.

El taller se llamaba Tic Tac y estaba en calle Compañía. Era de unos alemanes. Mi papá se lo pasó a la persona que atendía y yo, como niño, me ponía de puntas para poder mirar. El hombre destapó el reloj y lo encontré tan sabio al hacer eso. Después lo mostró por dentro y me impresionó de tal manera que nunca más se me fue de la cabeza.

Le dije a mi papá: "¿Sabe qué?, cuando grande me gustaría ser relojero". Mi papá me miró y me respondió: "Estás loco. Lo que tienes que hacer es estudiar Ingeniería Agronómica, porque nosotros tenemos una parcela". Sin embargo, nadie me hizo cambiar de opinión.

Pasaron los años y llegué a sexto de preparatoria; estaba a punto de entrar a primero medio. El profesor se acercó y me preguntó qué quería hacer para mi futuro. Mi respuesta era obvia. Él empezó a buscar escuelas y encontró un anexo de la Escuela de Artes y Oficios, que quedaba en Manuel Rodríguez con Rosas. La encontré preciosa. Me inscribí, di el examen y afortunadamente salió todo bien.

Estudié por cuatro años en ese lugar e hice la práctica en Tic Tac con el alemán. Él sabía mucho, había estudiado ingeniería y llegué a ser su mano derecha. Aprendí bastante. Estuve ahí durante diez años, pero siempre quise ser independiente, por lo que me compré mi propio estudio. Nunca me gustó ser mandoneado.

El primer reloj que reparé fue uno que encontré desarmado. Busqué las piezas y lo armé de nuevo. Además, le grabé mi nombre y, como era especial para mí, se lo regalé a mi mamá. Cuando ella murió me lo traje para la casa. Ahora está en el living comedor, acompañado de otros 34 modelos. Siempre me preguntan si me desagrada el sonido, yo les digo que no; al contrario, me preocupo si no suena alguno. Amo mi colección.

En el 2000, o un poco antes, me llamaron de la Intendencia de Santiago para que arreglara el reloj de la torre de su edificio. Acepté. Era la primera vez que hacía algo así, por lo que fue un gran desafío.

Me senté en una silla y lo empecé a dibujar, a observar pieza por pieza. Siendo honesto, no sabía cómo repararlo. Lo estudié y traté de comprender por qué fallaba. Estuve por más de una hora mirándolo y dibujándolo. No sé qué cara habré tenido, porque se me acercó alguien a preguntarme si me sentía bien.

Finalmente, me llevé los planos para la casa y le dije a mi esposa que me ayudara. Ella también sabía sobre esto porque había aprendido conmigo. Puse la hoja en la mesa y empezamos a discutir qué podría tener. No llegamos a ninguna respuesta. Me desperté a las cuatro de la mañana pensando en que algo debía estar trancando la cuerda.

Llegué al otro día y lo empecé a mirar de nuevo; la clave de todo es la observación. Lo aprendí del alemán. Así pude descubrir que alguien le había dado cuerda con la mano, hasta superar su máximo nivel. El lugar en donde se ubicaba el reloj estaba abierto para todo público, por eso la gente podía entrar y hacer cualquier cosa.

El reloj del Museo Histórico Nacional realmente es una reliquia y es digna de estar ahí. Nunca había visto uno así. Fue hecho en 1868 y llevaba treinta años malo. Llegó a Chile gracias a una gestión de Benjamín Vicuña Mackenna. Es francés. La directora había llamado a dos personas antes que a mí, ambos extranjeros. Mirándome a "huevo" me dijo "¿eres capaz?". Yo le respondí: "lo hizo una persona igual que yo, así que, ¿por qué no?". Le mencioné cuánto le cobraría, pero que no me pagara hasta 31 días después de que el reloj estuviera funcionando correctamente.

Hice lo mismo que con el de la Intendencia. Examiné sin mover ninguna pieza. Lo puse a andar y noté que lentamente empezaba a perder velocidad. Alcanzaba a funcionar 30 o 40 segundos y no terminaba de dar una vuelta.

Miré la rueda de escape, lo hice correr y todo perfecto. Me seguía preguntando por qué se detenía. Tomé una lupa para ver con más claridad y me di cuenta de que los dientes estaban gastados y los habían sustituido por clavos. Eso hacía que fallara, porque su material no es resistente. Inmediatamente saqué la rueda, la llevé al servicio técnico, compré acero-plata y arreglé los dientes uno por uno. Eran 180 y me demoré tres días.

Estaba super orgulloso. Le dije a la directora que lo había dejado funcionando y esperaba que al día siguiente estuviera igual. Me fui rezando a la casa y, afortunadamente, salió todo bien. Tuve que ajustar la hora solamente. Desde ese entonces nunca más se echó a perder.

Actualmente le realizo una mantención semanal. Tengo un taller cerca del museo, de modo que logro ver el reloj desde ahí. Siempre reviso si es que está a la hora o si le ocurre algo.

Tengo 76 años y pienso morir haciendo esto. A mis hijos no les interesa; ellos ya tienen su profesión. No tengo un pupilo al cual enseñarle, porque ya no hay gente que lo quiera estudiar y tampoco escuelas en Chile. La ignorancia hizo que las cerraran porque pensaron que los mecánicos se volverían desechables. Gran error, porque a mí nunca me ha faltado clientela. Incluso, a fines de los 80 fui a Suiza a especializarme en reliquias de antes del 1900. Los de ahora sólo saben cambiar piezas, y si falló, hasta ahí llegan. Te dicen que no tiene arreglo y es mentira, todos tienen.

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