De sueños y pesadillas

La U. de Concepción sigue al acecho de la punta tras vencer con autoridad a la U y se ilusiona con pelear el título. El equipo de Kudelka tuvo otra pobre actuación, exhibió todas sus falencias y prácticamente dice adiós al torneo. Una pelicula de terror.


Veinte minutos fueron suficientes. Diecinueve, en rigor. Para que la Universidad de Concepción demostrara por qué sigue al acecho de la punta y, también, para desnudar las infinitas falencias de la U.

Diecinueve minutos bastaron para que quedara demostrado -y sin argumento en contra que valga- por qué un equipo pelea el título y otro, apenas, por dar dos pases seguidos.

El equipo de Francisco Bozán fue superior de principio a fin. Tocó la pelota, manejó los tiempos y se instaló en campo contrario. Buscó pasarle por arriba a un rival confundido, que cedió la cancha y fue incapaz de contrarrestar su buen juego.

El circuito Manríquez-Camargo-Droguett funcionó bien y las acciones comenzaron a sucederse. Mientras, la zaga azul, inerte, apenas miraba cómo sus rivales se asociaban y los superaban una y otra vez. Un baile sin oposición.

Por lo mismo, no extrañó a nadie que, antes de los 20’, el dueño de casa se impusiera 2-0. Y es que, a medida que avanzaba el partido, las diferencias entre un elenco y otro se hacían cada vez más grandes.

El plan de Kudelka (que vio el partido en la tribuna, suspendido), no resultó en ninguna zona de la cancha. La defensa de tres hombres se vio descoordinada. Los volantes externos no se sumaron con convicción al ataque y tampoco estuvieron sólidos atrás. Espinoza y Seymour, los de corte, se equivocaron incontables veces en la entrega y dejaron muchos espacios. Pizarro, que debía ser el volante ofensivo, terminó ahogado y retrasado casi hasta la línea de centrales, tirando pelotazos. Y los dos de ataque apenas la tocaron.

Y mientras todo eso pasaba en el elenco azul, los sureños administraban el balón con criterio, con la confianza que da el trabajo bien hecho y una idea de juego definida.

En el segundo tiempo, la U creció con el ingreso de Soteldo. Pero no sería más que un breve espejismo. El venezolano empezó exhibiendo sus ganas, pero rápido chocó con la falta de compañía y la indolencia de sus compañeros.

Manríquez -de los mejores jugadores de la competencia- aumentó la ventaja de penal a poco andar del complemento. Para no sufrir innecesariamente y para que no quedaran dudas: los penquistas van en serio, y con sólidos argumentos, a disputar la corona.

La U, en tanto, con su juego penoso y su actitud fría y apática, no tiene derecho a ilusionarse. No tiene razones futbolísticas ni anímicas para hacerlo y, más bien, sus esfuerzos debieran concentrarse desde ya en potenciar y renovar su sobrevalorado plantel de cara a 2019. Y también, por cierto, en intentar ganar la Copa Chile, aunque su nivel invite al pesimismo.

Pizarro descontó para hacer un poco menos indigna la derrota. Y Herrera tuvo un par de intervenciones para evitar una goleada peor. Pero nada maquilló la incapacidad azul y otra actuación con tintes de desastre y vergüenza.

Aún no se sabe a qué juegan los laicos, que ahora están a diez puntos de la cima y, cuando todavía faltan tres meses para fin de año, ya prácticamente sin opciones de nada.

LAS CLAVES

Presión e intensidad
El Campanil buscó desde el primer instante ahogar la salida de la U y lo logró. Fijó hombres cerca de los defensas estudiantiles, que no pudieron sobreponerse a la presión y erraron constantemente en la salida.

Desdoblamientos
El local propuso un partido físico y lo sostuvo durante todo el desarrollo del mismo. En todas las zonas, los locales intentaron asociaciones constantes, buscando superioridad numérica y así generar espacios.

Falta de movilidad
Uno de los grandes pecados de la U en Concepción fue su falta de movilidad. Tal como ha venido pasando en los últimos duelos, el equipo laico lució inerte e indolente, sin argumentos para jugar de igual a igual.

Errores excesivos
La U sufrió en demasía por sus constantes e incontables errores en la salida. Seymour y Espinoza jugaron un discretísimo duelo. Al igual que Pizarro. Entre los tres, fueron incapaces de armar el fútbol.

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