Catrillanca: El expediente secreto del robo de automóviles previo al crimen

Autor: Leslie Ayala

17 de Noviembre de 2018/ERCILLA En el fundo La Romana, se lleva a cabo el funeral del comunero mapuche Camilo Catrillanca, muerto durante un operativo del Comando Jungla FOTO:HÉCTOR ANDRADE/AGENCIAUNO Fotos del año 2018

A dos meses de la muerte de Camilo Catrillanca, varias son las interrogantes en la investigación del robo de autos a profesoras de la escuela de Ancapi Ñancucheo. Un informe reservado de la PDI recoge dos declaraciones que, por primera vez, sostienen que el comunero asesinado podría ser uno de los partícipes en el atraco, aunque otro testigo lo sitúa ese mismo día cortando madera a varios kilómetros.


“Supe que los autos robados a las tías los encontraron en Temucuicui y que había un mapuche fallecido, y cuando se hizo pública su fotografía, me di cuenta de que el fallecido era la misma persona que vi el día antes atrás del ‘H’, y por contextura y pelo, el mismo que lo acompañaba al momento antes del robo, cuando pasaron por afuera de la escuela, lo único -el día anterior-, yo no recuerdo si tenía o no bigotes”.

El testimonio de L.G.Z. -cuya identidad es protegida por su calidad de testigo- es parte de una de las 30 declaraciones que contiene el expediente por el robo con intimidación que sufrieron cuatro profesoras de la Escuela Santa Rosa, de la comunidad Ancapi Ñancucheo, y que, hasta hoy, estaba bajo reserva. El asalto se produjo en la antesala de la muerte del comunero mapuche Camilo Catrillanca Marín en la zona de La Laguna (ex fundo La Romana), ocurrida en Temucuicui el 14 de noviembre. Ambas investigaciones, el robo y el homicidio, se investigan con equipos y fiscales distintos, decisión del jefe regional del Ministerio Público de la IX Región, Cristián Paredes, para no contaminar una investigación con la otra.

A más de dos meses de lo ocurrido en Ercilla, la fiscalía no ha podido descartar ni confirmar la participación de Catrillanca en el robo de los autos a las docentes. Tampoco la del adolescente M.P.C. (15), quien estaba acompañando a la víctima fatal cuando se encontraron con el Gope y que permanece formalizado por el delito de receptación.

Junto a pericias de huellas dactilares, tráficos telefónicos y perfiles de ADN pendientes, aparecen en el expediente cuatro testimonios que rivalizan entre sí, dos de los cuales -por primera vez- sostienen que Catrillanca podría haber sido uno de los encapuchados partícipes en el robo sufrido por las profesoras en un camino alternativo, en los alrededores de la escuela desde donde salieron, junto a dos niños de nueve y 10 años que fueron encañonados ese día, a las 16.10 horas.

El funcionario

L.G.Z. (55 años), quien trabaja en la escuela, declaró el 18 de noviembre ante el fiscal Enrique Vásquez -quien tramita la causa por el robo de los vehículos-, y en su relato detalla dos episodios. El primero ocurre un día antes del asalto, el martes 13 de noviembre, cuando tras comprar en Ercilla, a eso de las 17.45 pagó un flete y -según relata- cuando iban por un camino interior al acceso a la escuela, unas estacas con alambres de púas y ramas de eucaliptos les impidió el paso.

L.G.Z. declaró que le pidió al conductor que parara, y cuando se agachó a sacar los obstáculos “apareció desde las matas un sujeto joven, menor de edad, de unos 16 años, al cual conozco y ubico como “H.”, que es sobrino del lonko de Temucuicui Víctor Queipul, incluso vive cerca de él. Este sujeto es delgado, chico, de cara alargada y lisa, tez morena oscura, portaba una escopeta de un cañón por el lado de su pierna derecha, con la culata de madera café afirmada en el suelo, aparentemente calibre 12, por el diámetro de su cañón; vestía un pantalón oscuro, zapatos oscuros y polerón azul con gorro que le cubría su cabeza, pero no el rostro, por esa razón lo reconocí”.

El funcionario continúa su relato diciendo que “atrás de él y, entre las ramas, vi a dos sujetos más, ambos a rostros descubiertos, el primero de unos 25 años, de estatura promedio de 1,65 a 1,70, maceteado, pero no gordo, cara redonda, de tez morena, pero como quemada por el sol, no recuerdo si tenía bigotes, pero tenía el pelo negro y liso, hasta los hombros; a este lo ubico hace tiempo, pero no sé cómo se llama; vestía una casaca medio celeste, como con franjas gris tipo reflectantes de forma horizontal en los brazos y como tres franjas en el pecho; para abajo andaba con un jeans azul y todo sucio, el cual estaba parado atrás del ‘H’”.

Más adelante, en su declaración, L.G.Z. sostiene que reconocería que esa persona era Catrillanca al ver su fotografía tras su fallecimiento. “Me paré y tiré las estacas para el lado y le dije a “H.” textualmente: ‘A mí ningún hueón me corta el camino, y si querís algo tenís que matarme’, él dio la vuelta y se internó en el bosque, sin decir nada, perdiéndolo de vista, junto al otro sujeto”.

El segundo episodio que describe la declaración de L.G.Z. es del 14 de noviembre, día del asalto. “Como a las 14 horas, mientras me encontraba cortando pasto en el frontis de la escuela, vi que por el camino, a unos 50 metros de mí, pasó en dirección oriente el “H.” con un machete al hombro, ahí iba vestido similar al día anterior, pero sin el gorro del polerón puesto; le vi el pelo liso, pero no largo; además, iba con otro sujeto que solo vi de espaldas, vestido con una casaca medio café y pantalón oscuro, pelo liso negro y hasta los hombros, al parecer el mismo que lo acompañaba el día anterior, ya que también tenía la misma contextura”. “Dije en voz alta para que escucharan las tías que estaban ahí cerca: ‘Ahí van los hueones, alguna cagá se van a mandar, tengan cuidado’, instante en el cual la tía Inés me dice que no pasará nada, porque ellos son primos, en forma de talla, agregándoles que cuando se fueran, lo hicieran por el camino de atrás de la escuela”, relató.

El tractor donde murió Catrillanca, al ser periciado por la PDI.

El cazador de conejos

Otro testimonio que apunta en el mismo sentido es el de un sujeto al que las profesoras mencionan en sus primeras declaraciones y que les pareció extraño, porque apareció con unos perros minutos después de que los asaltantes las dejaron en el camino tras huir con sus vehículos. Incluso, una de ellas pensó que podría tratarse de un sujeto que estaba con ellos, pero al ver que se quedó hasta que llegó Carabineros y habló con los policías, esas sospechas desaparecieron.

Esa persona es S.E.A. (42 años), quien declaró el 18 de noviembre ante el fiscal Vásquez. Dijo ser oriundo de la Región Metropolitana, pero que hace un año llegó a la comunidad Ancapi Ñancucheo a vivir con su familia que -advierte- “no es mapuche, no obstante ello, nunca hemos tenido problemas ni amenazas en el lugar donde vivimos”. Acto seguido, explica qué hacía en ese camino alternativo el día del asalto. “A su consulta debo manifestar que el día 14 de noviembre de 2018, alrededor de las 16 horas, me encontraba cazando conejos, con siete perros, en unos predios cerca de la escuela del sector; en ese momento escuché gritos de auxilio y llantos de mujeres y niños, por lo que me acerqué a mirar y pude ver que venían saliendo de un camino alternativo, el que llega a la escuela, dos vehículos, uno atrás de otro, ambos de color gris”, declaró.

En esos autos dice que poco alcanzó a ver, pues sus conductores iban encapuchados. Sin embargo, declara que segundos más tarde un tercer vehículo, “igual de color gris, semejante a un Toyota Yaris, que también iba a gran velocidad, donde iba manejando una persona también encapuchada, atropelló a dos de mis perros, no deteniéndose. En ese minuto el vehículo pasa como a un metro y medio de mi posición y pude percatarme de que quien lo conducía se iba sacando la capucha que cubría su rostro con una mano, pudiendo ver desde la nariz hacia abajo de su cara, apreciando que tenía bigotes y esa parte de su rostro como redondeada. De las vestimentas solo recuerdo que eran ropas oscuras; este vehículo sigue por el camino principal que sale a la ruta Quechereguas”.

S.E.A. dice que en ese momento no se preocupó de los perros que habían sido arrollados y fue a ver a las mujeres que pedían auxilio, y se quedó con ellas hasta que llegó la policía. “Posteriormente, me enteré a través de la televisión que a raíz del mismo asalto, una persona había fallecido al interior de la comunidad Temucuicui y mostraban su fotografía. Al verlo me pareció semejante a la persona que iba manejando el tercer vehículo, por los bigotes y parte de su cara que logré apreciar. A la persona que falleció yo no la conocía, pero como mencioné anteriormente, por lo que vi en el lugar y las fotografías que mostraron en la televisión podría tratarse de él”, señala a los fiscales.
Ninguno de estos testimonios para el Ministerio Público han sido, por sí solos, clave para atribuir algún tipo de responsabilidad en el robo de autos ni a Catrillanca ni a M.P.C. Incluso, se ha recalcado que aunque existieran pruebas que vincularan al comunero con algún grado de participación en el robo, en nada dichas evidencias desvirtuarían su calidad de víctima de un homicidio, ni la responsabilidad penal de los autores de su crimen.

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Exalumno

Los testimonios de L.G.Z. y S.E.A. contrastan con otros que hay en el mismo expediente.

Uno de ellos es de una de las profesoras asaltadas, quien sostiene que uno de los sujetos partícipes en el hecho sería un exalumno. “Por las características de la persona que me atacó, corresponde a J.C.M., esto debido a que fue un alumno nuestro, quien vive en la comunidad Ancapi Ñancucheo, al cual tuve como profesora jefe dos años, pero este estudió de primero a sexto en la escuela (…). Lo reconozco por su contextura física, ya que es delgado y alto; lo que más me marcó fue sus ojos y sus cejas, ya que son gruesas, además del cuello alargado; por otro lado, su tono de voz, que es fino, también lo puedo reconocer”, dijo la docente.

M.M.M. (39 años), en todo caso, lo recordó como un “niño tranquilo, estudioso, muy dedicado, pero una vez que se fue de la escuela cambió, solo sé que se encuentra en el internado rural masculino de Collipulli”.

La sostenedora de la escuela rural, P.Q.F. (41 años), refrendó los dichos de la docente al señalar que tras el atraco, la profesional le comentó respecto a J.C.M.: “Desde que se fue a estudiar a Ercilla, cambió, aún vive en Ancapi Ñancucheo, y lo he visto con una persona apodado “Chirriao”, Álvaro Queipul Quidel, y los hermanos de este, quienes han tenido problemas con la justicia”, declaró.

El fiscal Vásquez, según consta en el informe de la PDI fechado el 28 de noviembre, da cuenta de que solicitó a las compañías telefónicas la georreferenciación del celular de J.C.M. el día del atraco.

A estos testimonios se suma el de W.F.R., un conductor de camiones forestales particular y que trabaja trasladando madera, oficio por el cual conoció a Mijail Carbone, integrante de la comunidad Temucuicui autónoma, y a Víctor Queipul, Marcelo Catrillanca (padre de Camilo) y su papá, el lonko Juan Catrillanca, y a la familia Huenchullán.

W.F.R. sitúa la tarde del asalto a Catrillanca lejos de la Escuela Santa Rosa, cortando madera en el fundo de su abuelo, junto al tractor azul en el que se trasladaba cuando efectivos del Gope le dispararon. “Llegué en la mañana a cargar al mismo lugar, atrás de la casa del abuelo de Camilo, donde está el retazo de madera que tienen ellos, que son ‘lengüetas’ de pino nativo que están detrás de la casa del abuelo de Camilo”, dijo. Agrega que pasadas las 10.00 am del 14 de noviembre, Catrillanca llegó en el tractor de la comunidad “acompañado de un cabrito que conozco como “Ch.” (apodo de M.P.C.) que se tiñe el pelo amarillo y que es el que detuvo Carabineros cuando mataron a Camilo”. “Salí a más tardar a las 12 horas, porque a las 16.00 ya estaba descargando en Los Ángeles”, declara, y asegura que dejó a Catrillanca y sus amigos trabajando en la madera con el tractor y que lo habían quedado de llamar para que volviera a buscar otra carga, pero se enteró que el joven había fallecido. “Nunca me llamaron de vuelta para decirme que habían terminado la carga que faltaba, pero dos días después del funeral yo fui al lugar de los retazos a sacar la carga, y al llegar allá estaba hecha la carga”.

W.F.R. calcula que el tractor ese día debe haber demorado en traer dos bancos de madera al menos “tres horas de trabajo”.

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