Esas otras adicciones

Poco se habla de aquellas adicciones que se dan más escondidas: mientras la atención -al menos la pública- se la llevan adicciones más estelares, estas otras se mueven en las sombras. Son más raras, pero igual de complicadas. Como la de un químico farmacéutico que un día se tentó con probar un jarabe para la tos y luego ese impulso se le volvió inmanejable. ¿Cómo distinguir una adicción? ¿Qué dice el cerebro sobre estos trastornos?


El químico farmacéutico Marcelo Cerda (58) se cercioraba de que nadie lo estuviera vigilando y se echaba un frasco de jarabe a la boca. Al principio era uno cada cuatro días, luego de lunes a sábado y llegó a un punto en que no pudo controlar su consumo. Comenzó en una farmacia Salcobrand, en la que trabajaba como encargado, y lo repitió en todas las que vinieron después. “Llegué a consumir hasta seis frascos diarios”, revela.

Es octubre de 2018, y Marcelo está internado en Fundación Reeduca, un centro de rehabilitación de adicciones en el sector rural de El Sauce, Melipilla. Ante el llamado del terapeuta, Cerda se levanta de la cama. Casi toca el techo con sus 2,02 metros de altura; viste camisa a cuadros, usa una boina. Camina a tranco seguro por la casona, rodeada por los verdes árboles y arbustos típicos de la cordillera de la Costa.

Afuera, el gorjeo de los pájaros, puro y transparente, colma el espacio sonoro.

El primoroso canto de las aves, sin embargo, contrasta con la tormenta interior que vive Marcelo desde hace 25 años. De la veintena de residentes en Reeduca, él es el único que presenta una adicción fuera de las convencionales: a la codeína, una sustancia presente en los jarabes para la tos. “Para mí, trabajar en una farmacia era lo mismo que ser alcohólico y trabajar en una botillería”, dice.

“Tuve una depresión profunda y empecé a beber alcohol. Veía que muchos jóvenes compraban jarabe, y cuando lo probé, me quedó gustando. Al ingerir codeína se me quitaban las ganas de tomar alcohol, me anestesiaba, pero yo no sabía que estaba cambiando una droga por otra”, reconoce. “En los años 90 no existía control de stock como ahora. Yo robaba los jarabes: los pedía y me los daban”.

Pero un día su secreto reventó: un compañero de trabajo lo sorprendió en pleno consumo y lo delató a la jefatura. Le pidieron la renuncia. Recayó en el alcohol. Perdió la plata de un departamento que estaba comprando. Se separó de su esposa y partió a vivir con sus padres, a regañadientes. Sus dos hijos no le hablaron más. “Y el cuerpo me empezó a exigir codeína a través de unos dolores de estómago insoportables. De 1 a 10, te diría que el dolor era 8. Mi vida era un infierno”, agrega Marcelo.“Mi cerebro se volvió adicto a funcionar con codeína, pero yo lo entendí varios años después”, dice.

En el cerebro

Katia Gysling, neurobióloga, directora del Centro de Estudios de Adicción de la Universidad Católica (CEDA-UC), lleva años en el estudio del cerebro adicto. Porque esa, dice ella, es la premisa básica y elemental: “La adicción es una enfermedad cerebral. El cerebro adicto no es el mismo que el de una persona normal, los cambios son evidentes. Por eso es tan difícil tratar las adicciones. A veces se castiga a las personas adictas y a las deprimidas. La gente dice ‘pero hazte el ánimo’, y no es un problema de hacerse o no el ánimo: es algo en el cerebro que no está funcionando”.

“El cerebro no distingue entre drogas lícitas e ilícitas. Para él todas son adictivas, en mayor o menor medida”, explica Gysling, para quien el efecto varía según el componente de la sustancia. La codeína que consumía Marcelo Cerda, explica la especialista, “es un opiáceo; es decir, un derivado del opio. Tiene potencial adictivo. Actúa en los mismos sitios del cerebro que la morfina, pero con menos intensidad”.
Tanto las drogas como ciertas conductas pueden provocar adicción, asegura la investigadora: “Las adicciones conductuales, como al celular o al sexo, generan cambios similares en el cerebro que los que generan las drogas, y es lo que determina la compulsión por mantener la conducta adictiva”.

La clave de la variación que experimenta el cerebro es la dopamina, un neurotransmisor que activa la motivación en los seres humanos, y que se refuerza con estímulos naturales como jugar fútbol o ver una película. El problema es que la droga “libera más dopamina, pero con el tiempo el efecto se pierde. Se necesita más para volver a ese efecto y después no hay cómo lograr eso”, prosigue Gysling.

Titulado de químico farmacéutico en la Universidad de Concepción, el propio Cerda conocía también el efecto provocado por las drogas: “En algún momento yo sufrí tolerancia, que es aumentar las dosis para lograr el efecto. Llegué a ser un adicto funcional. La curva es ascendente en el placer, pero después no te mantienes más y te vas para abajo”.

La adicción, sin embargo, es un concepto que aún es objeto de debate. La doctora Gysling acepta la adicción como “el uso compulsivo de drogas a pesar de sus efectos adversos”. Ella, eso sí, hace una distinción: “Una cosa es ser adicto y otra cosa, abusador: el matiz es el nivel de pérdida de control. Cuando hay pérdida de control, hablamos de adicción”.

Daniel Seijas, jefe del Programa de Adicciones del Departamento de Siquiatría de la Clínica Las Condes, prefiere enumerar los síntomas que, según él, definen un comportamiento adictivo. “Primero que todo, el paciente tiene tolerancia: necesita usar más la sustancia o realizar la actividad. Después, usa la sustancia o dedica tiempo a la actividad en desmedro de otras actividades importantes. Le genera problemas, sabe que le hace daño, pero sigue haciéndolo. Oculta su acto. Hay una conducta impulsiva y repetitiva, de descontrol”, enumera.

Recaídas

Marcelo Cerda tuvo una primera internación en Pirque. Tras salir de allí, visitó a varios siquiatras. Le recetaron fármacos para aliviar ese dolor que le retorcía el estómago. Él perdió el control de su ingesta. Abusó sobre todo de la pregabalina, un potente antiepiléptico y analgésico: el día en que consumió una caja entera de 40 comprimidos, chocó en su auto. “Los adictos suelen mezclar las sustancias que consumen”, asegura Katia Gysling.

De la codeína no supo hasta hallar nuevamente trabajo en una farmacia. Partió en una Doctor Simi, y luego lo contactaron de la farmacia de urgencia en el Hospital de San Bernardo para ir los sábados. El resto de la semana hacía Uber. “Pero el solo hecho de estar en la farmacia me producía ganas de consumir codeína. Los jarabes estaban regulados. Por miedo renuncié y me quedé solo con Uber”, relata Marcelo.

En una de esas carreras, Cerda pasó a buscar a un pasajero que le ofreció un reemplazo en la farmacia Cruz Verde. Marcelo aceptó. Allí recayó. “Altiro consumí codeína, esto fue el 2017”, confiesa. A veces pasaba días enteros sin comer. “La codeína inhibe el apetito. Yo pesaba 125 kilos y llegué a pesar 85. Había días en que yo botaba la comida”, añade el químico farmacéutico.

La recaída, de hecho, es un punto crítico para medir una adicción, apunta el director de la Unidad de Adicciones de la USACH, Humberto Guajardo. “La adicción se produce cuando la persona realiza actividades tendientes al consumo de alguna sustancia, le dedica mucho tiempo y, cuando no lo hace, experimenta un malestar que lo obliga a repetir la conducta”, explica el siquiatra.

“Cuando empiezas a usar drogas es como un pololeo: te gusta, te envuelve”, dice Marcelo Cerda. Entonces dibuja una leve sonrisa en el rostro, y acota: “El problema es que, después de tres años, el pololeo y la luna de miel se acaban”.

Dulce tormento

De la codeína y otras drogas menos usuales poco se habla en Chile. Un documento que aborda el tema es el último Estudio Nacional de Drogas en Población General de Chile, del Senda, publicado en 2017. En él no solo se analizan las tendencias al consumo de las tradicionales marihuana, cocaína, pasta base, tabaco y alcohol, sino también de las bebidas energéticas. Incluye además un apartado sobre “otras drogas”, divididas en estimulantes, inhalables, éxtasis, alucinógenos, hachís, marihuana sintética, analgésicos y tranquilizantes.

En los dos últimos se registró un aumento significativo de un año para otro: en 2014, por ejemplo, un 0,6% reconoció consumir analgésicos sin la autorización médica (la codeína es un analgésico y antitusígeno), pero en 2016 subió a un 1,4%. Igual situación se produjo con los tranquilizantes: de 1,2% en 2014 a 1,7 en 2016.

La payadora María Antonieta Contreras sufría terribles migrañas desde niña. Luego supo que varias mujeres de su familia padecían el mismo trastorno, y lo asumió como hereditario. “En mi adolescencia tenía dos crisis a la semana; me invalidaban totalmente. Me encerraba en la pieza”, cuenta.
Mientras estudiaba Sociología, María Antonieta mezcló todos los analgésicos a los que tuvo acceso -cefalmin, migranol, tapsin, ibuprofeno, naproxeno- y usó hasta omeprazol para evitar daños al estómago. Pero los dolores de cabeza no cedían. Sus compañeros de trabajo, al verla tan afligida, le sugirieron visitar un programa de adicciones, dependiente de Neurología en la UC, relacionado con las migrañas.

“Ahí fui diagnosticada como adicta a los analgésicos. En el programa me recetaron un fármaco contra la epilepsia, para ir dejando de a poco los analgésicos. Pero me empecé a hacer dependiente de ese fármaco antiepiléptico, que además era muy caro”, recuerda. Dejó de confiar en la medicina tradicional para curar su problema, y se acercó a la medicina alternativa, al tiempo que aprendió a improvisar poesía. “Ahora tengo muy pocas crisis, pero igual ando con una pastillita en la cartera”, asegura.

“Es muy poco frecuente encontrar personas adictas a algo que no sea una sustancia adictiva ya conocida”, señala Katia Gysling, “pero en realidad se puede ser adicto a cualquier cosa”.

-¿A la comida también?
-En azúcar o las cosas grasosas, hay un nivel en que los clínicos consideran que es una adicción, donde no se puede controlar su consumo a pesar de que hace daño.

Camila (nombre ficticio) tiene 37 años, vive en Iquique y es profesora de yoga. Cuando vivía en Santiago, caminó cerca de La Moneda, pero un recuerdo la perturbó: sabía que a cinco cuadras había una tienda que vendía cuchuflís. “Ahí me di cuenta de que algo no andaba bien, porque me desvié del camino sólo para comprar dulces. Cuando era chica mi mamá me daba hasta el yogurt con bolitas de chocolate”, indica.

Ya instalada en el norte, solía comprar dulces a cualquier hora. Le echaba tres cucharadas grandes de azúcar al té del desayuno. Se ponía irritable si no tenía a mano una galletita, un pastel. “Todavía evito pasar por el pasillo de los dulces en los supermercados, porque se me acelera el pulso y empiezo a salivar. Una vez mi pololo me pilló echándome seis frugelés a la boca”, revela Camila. “Lo asumí como una adicción”.

Según el siquiatra de la Unidad de Adicciones del Departamento de Siquiatría de la Escuela de Medicina UC, Juan José Trebilcock, en el caso de Camila “concurren hartos elementos que apuntan hacia un trastorno de uso adictivo. Hay una necesidad imperiosa, hay impulsos irrefrenables de querer consumir el azúcar, se esconde para consumir, hay una pérdida de control. Pero no hay consenso sobre si estas conductas relativas a la comida o al azúcar son adictivas. Hay investigadores que dicen que sí, y otros, que no”.

Camila siente, eso sí, que el consumo excesivo de dulces no ha interferido en su quehacer cotidiano, como seguir sus clases de yoga. La nutrióloga que Camila visitó, de hecho, nunca la diagnosticó como adicta. Sí le aconsejó bajar de a poco las dosis de azúcar. “Ahora me como un solo dulce al día. Hoy me comí un pastel de kuchen de frambuesa con unas cucharadas de quinoa confitada. Es el dulce más sano que he podido adquirir acá”, cuenta Camila.

Una sensación parecida comenzó a vivir Pamela (nombre ficticio), de 34 años, cuando se fue a estudiar a Inglaterra. Debía rendir académicamente. Un día vio unas pastillas de cafeína en un supermercado y las sumó a la compra. Lo asumió como una solución para mantenerse despierta y concentrada durante la noche, pero a la larga se convirtió en un hábito pernicioso.

“Me tomaba sólo una pastilla en la mañana, pero equivalía a tres cafés expreso. Y a mí no me gusta el café. No me partía el motor en la mañana si no consumía la tableta, me ponía muy irritable. Regulé el cambio de hora de manera química y me daba acidez muy seguido”, recuerda Pamela, quien sí fue diagnosticada de adicción. “Consulté a un doctor del área de salud mental y me dijo que antes que mi cuerpo eliminara la sustancia, yo ya estaba consumiendo más. Me explicó el daño que causa la cafeína cuando se usa de manera tan prolongada. Yo incluso me traje unas cajas de tabletas a Chile porque acá no las vendían: pero lo hice sólo para ver qué tan capaz era de no abrirlas”.

“La cafeína no es una sustancia terriblemente adictiva, pero sí hay personas que sufren daño. No es comparable al alcohol y otras drogas de abuso”, apunta Katia Gysling. El doctor Trebilcock complementa: para que exista trastorno adictivo de cafeína “se debe llegar a un nivel compulsivo de uso; tener una consecuencia negativa en la vida de la persona y, a pesar de eso, mantenerlo”.

-Doctor, ¿y podría existir adicción al mate, que también contiene cafeína?
-No conozco ningún caso problemático con el mate. Ahí el tema cultural es relevante, pero para hablar de adicción tendría que haber ansiedad, problemas de sueño, sudoración, taquicardia, y persistir en el uso a pesar de esas señales.

Dentro, fuera

La cafeína está prohibida en Reeduca. “No se puede tomar café ni bebidas energéticas, nada que pudiera ser adictivo”, dice susurrando Marcelo Cerda este lunes 8 de octubre. El químico farmacéutico cuenta que hoy ya no sufre dolores de estómago, y que conoció a una mujer que lo visita los domingos en el centro de rehabilitación. “Pero siempre está el temor de recaer en la codeína”, confiesa.

Recuerda cuando logró adquirir “conciencia de la enfermedad”. Fue un día que visitó a un siquiatra de Reeduca, en su primera internación aquí. El médico, Pablo González, no conocía su caso. Antes de entrar a la consulta, Cerda se echó un jarabe a la boca y lo guardó en el bolsillo. Luego, puso el frasco vacío en la mesa del doctor.

-Ah, anda con tos -le dijo el siquiatra.
-No, esto es mi salvación y mi peor enemigo -respondió Cerda. Ahí, y no antes, entendió que la codeína era lo que le causaba ese malestar insoportable. Asumió que no tenía salvación, por lo que decidió internarse seis meses más en Reeduca. Este lunes de octubre lleva tres. Tiene fecha de salida para el 17 de enero.

Apenas había reanudado el tratamiento, cuando un terapeuta conversaba con todos los residentes de Reeduca y les advirtió que de los 20 que estaban ahí sólo dos se rehabilitarán bien, por mera estadística.

-Yo me consideré dentro de esas dos personas. Esta mierda no me la va ganar -pensó Marcelo esa vez.
Entonces no lo sabía, pero no podría cumplir ese deseo.

A mediados de diciembre dejaría botado el tratamiento. Sólo alcanzaría a avisar que se iba a la casa de su nueva pareja. Nunca más contestaría los llamados del centro donde buscó sanarse.

Seguir leyendo