La Tercera

Gustav Klimt, el austríaco erótico

Este martes se cumple un siglo desde que el pintor de El beso sucumbió a la gripe española en la ciudad de Viena. Y aunque su figura fue olvidada durante décadas, actualmente goza de una gran popularidad: exposiciones en distintos países y una nueva biografía recuerdan al genio del modernismo europeo.

Este martes se cumple un siglo desde que el pintor de El beso sucumbió a la gripe española en la ciudad de Viena. Y aunque su figura fue olvidada durante décadas, actualmente goza de una gran popularidad: exposiciones en distintos países y una nueva biografía recuerdan al genio del modernismo europeo.

Nadie sabe aún por qué, pero el día en que Gustav Klimt murió -el miércoles 6 de febrero de 1918, a las 6 de la mañana-, su barba frondosa, la que aparece en todos sus retratos como sello inconfundible, tan característico como la túnica azul que usaba al pintar, había desaparecido.

Se sabe por dos razones: primero, porque su amigo y colega Egon Schiele hizo un bosquejo de su cara cuando yacía moribundo; segundo, porque en una caja fuerte del Museo de la Ciudad de Viena se guarda su máscara mortuoria. Klimt murió con un bigote extraño, bien cortado, ajeno al aspecto desaliñado que cultivó. Y el detalle es más que una anécdota: consciente de ser uno de los creadores más famosos de su tiempo, se preocupó de diseñar su imagen casi tanto como en forjar un estilo inigualable.

Dicen los expertos que Klimt se paseaba con su sotana y sus pelos enmarañados como si quisiera construir un personaje. Como si previera que pasaría a la historia. No se equivocó: han pasado 100 años desde que sucumbió a un infarto cerebral tras contraer la gripe española, y aunque su fama decayó con las sucesivas revoluciones de las vanguardias del siglo XX, en las últimas décadas su popularidad no ha parado de crecer. Basta ver la industria en torno a su figura: tazones, cuadernos y un eterno merchandising con sus motivos coloridos y mujeres doradas. A eso se suman las cifras que alcanzan sus obras, como los US$ 135 millones que pagó en 2006 el galerista Ronald Lauder por Retrato de Adele Bloch-Bauer I (1907), convertida en una de las pinturas más caras del mundo.

Hoy, la estética del austríaco es tan reconocible que se convirtió casi en un lugar común, pero si ha sobrevivido no es sólo por su belleza y aparente accesibilidad. Klimt fue un provocador: rompió con las normas académicas que regían el arte de su época y desató una revolución al fundar, junto a otros artistas, el movimiento modernista conocido como la Secesión Vienesa, uno de los hitos que hicieron de la capital de Austria -en los tiempos de Freud, Wittgenstein, Schnitzler y Mahler- uno de los centros culturales europeos. De paso, con sus cuerpos desnudos cubiertos de detalles fastuosos, pintados en óleo y oro, creó algunos de los cuadros más eróticos que se habían visto hasta entonces, imaginería perfecta para la ciudad que, por esos días, se convertía en cuna del psicoanálisis.

“La Viena de fin de siglo, ese notable laboratorio de psicología moderna, aporta el reconocimiento más sofisticado e ilimitado de la sexualidad femenina. Los retratos de Klimt de mujeres vienesas, por no mencionar los de las mujeres en general, son imágenes de personas con poderosos intereses eróticos propios, más que simplemente imágenes de los sueños sexuales de los hombres”, escribe el historiador Eric Hobsbawm en su La era del imperio. Y eso explica, en parte, el shock que causó el artista en su época y el motivo por el que sus pinturas nunca fueron expuestas en museos públicos mientras vivió.

Hoy, en cambio, sus trabajos son uno de los principales atractivos turísticos de Austria, como lo prueban las exposiciones con las que se conmemorará el centenario de su muerte. El Leopold Museum le dedicará dos muestras: “Viena 1900”, en la que sus obras dialogarán con las de tres simbolistas contemporáneos suyos (Koloman Moser, Richard Gerstl y Oskar Kokoschka); así como una gran exhibición individual que abrirá sus puertas en junio. El Museo Belvedere, dueño de una de sus mayores colecciones, inaugurará en marzo “Klimt no es el fin. Despertar en Europa Central”, mientras que en otras partes de Europa también se recordará al pintor: la Royal Academy de Londres exhibirá cien dibujos de Klimt y Schiele -fallecido en octubre de 1918-, y en Culturespaces, primer centro de arte digital de París, se realizará una exposición multimedia en homenaje a ambos creadores.

Aunque Klimt murió a los 55 años, convertido en una estrella mundial y en uno de los artistas más caros de comienzos del siglo XX, tuvieron que pasar varias décadas para que su nombre volviera a ser popular. Así lo explican Mona Horncastle y Alfred Weidinger, autores de Gustav Klimt. La biografía, libro recién publicado en Austria y hasta ahora uno de los más completos que existen sobre el pintor, cuya vida sigue estando llena de misterios.

Weidinger, historiador del arte y experto en el creador, es más optimista: su teoría es que al autor de El beso (1907-08) no le habría molestado que sus trabajos se convirtieran en merchandising, ya que le obsesionaba la idea de la “obra de arte total”. Más allá de ese debate, lo que queda de Klimt en la historia es tanto su forma única de conjugar influencias -desde el impresionismo hasta el estilo bizantino y la estética japonesa-; como los aspectos que sedujeron a Raúl Ruiz y lo llevaron a dedicarle una película en 2006: la exuberancia de colores, la distorsión del espacio, el detallismo, el hecho de “preferir la ornamentación en lugar de la unidad expresiva”, en palabras del propio cineasta. Eso, afirmó Ruiz, puede resumirse en un dicho que también sirve para su propia filmografía: en los detalles habita el diablo.