La primera vez que Mauricio Purto (57) subió el Aconcagua, en 1984, eran dos expedicionarios. En su cuarto intento, en 1993, vio a cerca de mil personas. "Fue muy incómodo, porque lo que busco es silencio en la montaña, no todo lo contrario", recuerda el andinista.

El deportista melipillano es uno de los que asume que el montañismo, en especial el que busca conquistar las cimas de los ochomiles, ya no es una actividad exclusiva de deportistas, sino un asunto comercial. Si se paga, se asciende.

Pasó esta semana en el Himalaya, donde la clásica ventana de mediados de mayo fue aprovechada por muchos expedicionarios para hacer sus intentos, una imagen acompañada de cientos de carpas en el campamento base del Everest, que se repite en los otros ochomiles.

El chileno Rodrigo Vivanco (48) seguía hasta ayer desaparecido en el Kanchenjunga, mismo día en que en los Himalaya otros siete escaladores murieron o fueron declarados desaparecidos.

El número es alto y no sorprende si se piensa que el solo Kanchenjunga fue atacado ese día por 59 expedicionarios. El martes, al Annapurna ascendieron 36. El año pasado, 800 expedicionarios conquistaron el Everest. De hecho, Juan Pablo Mohr (32) buscará la próxima semana ser el primer chileno en subir al máximo techo del mundo sin oxígeno.

"En el campamento base del Everest hay una ciudadela, con empresas de productos de montaña, de ropa, unas dos mil personas", relata Claudio Lucero (85), quien formó parte del primer ascenso chileno al Everest, hace 27 años.

El asunto no solo es peligroso para el propio deportista poco experimentado, sino también para los profesionales. "Cuando hay mucha gente, no se puede avanzar al ritmo propio, sino al ritmo de grupo y eso puede ser muy negativo", explica Eduardo Aguirre (45), presidente de la Federación de Andinismo de Chile (Feach).

En los últimos días, rescatistas de varios países han reclamado que las mismas empresas que ofrecen el viaje de sus vidas a la cima de un ochomil han dejado en la práctica botados a los clientes que se pierden en la montaña. "¿Los dejan atrás? A ellos no les importa. Total, van con cláusulas y paga el seguro", comenta Lucero.

También denuncian que no les dicen a los que contratan sus servicios los verdaderos peligros. "Ni siquiera saben que siempre es más peligroso el descenso que el ascenso", agrega Purto.

Martín Gildemeister (31) realizó dos expediciones deportivas a ochomiles y aclara que "las expediciones deportivas se apoyan en agencias que facilitan la logística y acceso a la montaña, tramitan permisos, transportan equipo hasta el campamento base. Hacia arriba, todo depende del equipo humano y del estilo en que busque su cumbre. En las comerciales, el servicio implica la expedición completa y como en todo hay agencias buenas y otras deficientes".

Conseguir uno de estos viajes no es difícil. Ni siquiera es necesario ir a una oficina, pues por internet se pueden pagar todos los servicios. El costo, saliendo de Chile, puede ser de unos 100 mil dólares por persona, si se anota un grupo de seis o siete aventureros, pero como señala Lucero, "es solo referencial, porque hay muchas cosas que pagar. El solo permiso para ascender cuesta 60 mil dólares".

¿Qué se exige? Los andinistas nacionales consultados coinciden en que "poco" en las empresas internacionales. En Chile, Vertical no suma a las expediciones a cualquiera. Aunque Lucero no participa de esta actividad, explica que la empresa en la que colabora "hace varias salidas con los postulantes, no para entrenarlos, porque eso ya debe saberse, sino para ver cómo se integran a un equipo, si tienen disciplina y respeto por el líder. Al líder no se le discute".

Purto comenta que "actualmente, los que hacen el filtro son los propios montañistas, ellos saben el riesgo y deciden cuáles son sus capacidades. Si pagas 35 mil dólares por un cupo en una expedición, hay poco filtro".

Gildemeister es también brand manager de The North Face, marca de equipamiento de alta montaña que apoya y equipa atletas. Allí también aparece un filtro: "Quienes representan la marca empujan los límites de la exploración. Son atletas completos, en lo deportivo y valórico, capaces de motivar a nuevas generaciones".

Guías desoídos

Otro punto genera un problema importante en pleno ascenso y que ocurre cuando el guía dispone que no se atacará la cumbre, por el motivo que sea. "Yo lo vi más de una vez en el Aconcagua: el guía les dice que no subirán y prácticamente lo trataron de ladrón. Por eso yo no subo por dinero, solo con los amigos", agrega Lucero.

"Que sea una alta cantidad de personas obra en contra, porque hace sentir (falsamente) más seguro, ampara", explica Purto.

"Hoy las personas hacen ascensos para validarse, para sacarse la selfie, no por motivos deportivos. Las personas que suben deberían tener conocimientos al nivel del problema que van a enfrentar", cierra Aguirre.