Nunca se han visto, pero de alguna forma sus vidas ya estaban cruzadas por el arrepentimiento. Orlando se operó en 1967, mas nunca dudó de su nueva vida como Cristina Margarita hasta que su esposo descubrió que ese cuerpo con el que había compartido la cama, la vida y todo durante los últimos 11 años, había sido el de un hombre. El quiebre lo hizo cambiar bruscamente de parecer, al punto de someterse a una segunda intervención médica de "retorno". Mikael, en cambio, tuvo su operación recién en 1994, también en Suecia, pero no alcanzó a vivir ni siquiera un mes haciéndose llamar Mikaela cuando ya había echado pie atrás. Ahora viste y se oye como un hombre, pero bajo su camisa aún esconde dos pechos que lo avergüenzan.

Aunque en épocas y contextos distintos, ambos -suecos y mayores de 60 años los dos- se arrepintieron de pasar el resto de sus días siendo las mujeres que creían ser. Sus testimonios, hallados por el director y dramaturgo sueco Marcus Lindeen (1980), le dieron el impulso para escribir su obra Los arrepentidos, que debutó en el Stockholm City Theatre en 2006. No conforme, sin embargo, y convencido del material que tenía entre sus manos, Lindeen precipitó un primer encuentro entre estos dos desconocidos sin antes tomar su cámara y filmarlo todo. De ese registro apareció un documental homónimo (Regretters) que vio la luz a mediados del 2010.

Ese mismo año, mientras el filme recorría festivales y era exhibido en el MoMA de Nueva York y el Centro Nacional de Arte de Moscú, se quedó con el Prix Europa en Berlín y el Swedish Academy Award (Guldbagge). La crítica teatral, por su parte, se rendía ante lo que veía sobre el escenario: "Un encuentro tan perturbador y conmovedor como la verdad y dignidad de sus protagonistas", consignó el periódico sueco Aftonbladet.

Tras dos existosas versiones del mismo texto en España y México, el 25 de mayo del próximo año el GAM estrenará una puesta en escena local de Los arrepentidos bajo la dirección de Víctor Carrasco (La amante fascista), coproducida por el desaparecido Teatro de la Palabra. Solo la ficción y sus licencias podían simular ese primer encuentro entre dos transexuales arrepentidos para al mismo tiempo reunir, y por primera vez en 17 años, a dos actores y viejos conocidos sobre las tablas: Alfredo Castro y Rodrigo Pérez.

Invocar la Memoria

Se conocen hace casi 40 años, son vecinos, amigos, y ya a fines de los 80 comenzaron a trabajar juntos. Eran los inicios del también extinto Teatro La Memoria, y Alfredo Castro (1955), su fundador, encendía la escena local con La manzana de Adán (1989), el montaje que expuso la relación entre una madre y sus dos hijos travestis. Esa fue la primera vez que Rodrigo Pérez (1961) se dejó dirigir en escena por Castro, quien también actuaba.

"Probamos muchas cosas para esos dos personajes: vestidos, pelucas, pechugas falsas, todo. Pero mientras más nos 'caracterizábamos', menos lográbamos producir lo que queríamos", recuerda Castro. "Luego leímos El teatro de la muerte (del director polaco Tadeusz Kantor), y entonces decidimos despojarnos de todo para quedarnos solo con algunos signos, como invisibilizar la manzana de Adán con unos camafeos, unos gorros y unas tetas que se armaban con elásticos del vestuario. Es similar a lo que ocurre en esta obra: nos vestimos e intentamos ser nosotros mismos. Casi no hay actuación", agrega.

Sentado a pocos metros, Pérez asiente: "Me he convencido de que actuar es como situarse, en términos espaciales y de situación", opina el también director. "Es como si el cuerpo de uno estuviera en carne viva, listo para convertirse en otro. Pero hay una lógica en nuestro caso que no parte solo de algo físico, sino también del corazón y la cabeza, en simultáneo. No pasa por métodos de actuación, sino por la apropiación de ese personaje que estás leyendo. Uno suele decir que este trabajo es muy travesti, que es la particularidad de nuestro oficio, y por eso no requerimos un método para hacer esta obra", añade.

Tras compartir el escenario por segunda vez en 2001, en una versión local de Eva Perón del dramaturgo argentino Copi -y en la que ambos volvían a travestirse-, en Los arrepentidos Castro será Orlando, quien tras varias insistencias logró reconvertirse en hombre a mediados de los 90, "aunque en uno gay y afeminado, no uno heterosexual. Es rarísimo", acota el actor. Pérez, por su parte, será Mikael, quien aún no logra recuperar su identidad. De cara al público, a sus espaldas se proyectan una serie de fotografías que muestran a ambos personajes en sus años como mujeres, desnudas e irreconocibles.

"Esta obra pone en crisis el tema del cambio e identidad de género, pero no desde lo moral sino del deseo, y toda la tortura que implica", opina Castro. "Uno suele creer que este tipo de decisiones se toma una sola vez en la vida, pero, ¿quién puede asegurar que esa búsqueda no es eterna?", agrega. Pérez lo sigue: "Más que la anécdota del cambio de sexo, que lo limita todo a la genitalidad, este texto plantea cómo se instalan los cuerpos en sociedad, además de ahondar en la dimensión humana. Más allá del tema trans, del fervor que hay y hasta del posible Oscar para Chile (por Una mujer fantástica), la obra se trata de dos seres humanos en tránsito, en la búsqueda de sí mismos", agrega.

"Yo pensé que era el único en mi especie", le confiesa un tímido Mikael a Orlando en escena. "Desde ahí el texto es escencialmente testimonial, que es algo que trabajamos mucho en La Memoria", recuerda Castro: "Por eso aquí no hay lugar para la actuación sino para la somatización de todo lo que ocurre allí. Porque si hay algo que aprendí trabajando con testimonios es que no hay que buscar modelos jamás. El modelo de la realidad no sirve para el teatro, no es más que una mala aproximación, y este texto vuelve a enrostrárnoslo", concluye.