Arrodillado sobre el césped del Estadio Nacional durante varios segundos, con los brazos extendidos sobre la hierba. Así festejó Guillermo Hoyos su primer título como técnico de la U. Como intentando entrar en armonía espiritual con la cancha de juego. O como tratando de repasar su largo camino recorrido para llegar hasta allí. Su propia historia.

Una historia que comienza en Villa María, Córdoba, y termina a 1.000 kilómetros de distancia, en Santiago de Chile. Que se inicia con un chico carente de mucho, que sólo en el fútbol encontraba un escape al martirio que en su casa provocaba un padre alcohólico. En realidad, no hay muchos elementos nuevos en este relato: un niño, un hogar disfuncional, un pasatiempo, miles de obligaciones y una ambición... El cliché del fútbol en su máxima expresión.

Pero siendo justos, esta historia es más que un simple cliché. Transcurre en escenarios diversos. Argentina, Bolivia, España, Francia, Grecia, Estados Unidos, Colombia, Venezuela y Chile. Una vuelta contada por un lustrabotas y vendedor de diarios que un día se decidió a ser el mejor.

Y lo hizo casi por obligación, pues era eso o ser un vago, un linyera. Y ahora es ese chico -el mismo que se rompió los huesos del pie a los cinco años por jugar a la pelota con los grandes, que fue analfabeto hasta los 11 años, que durmió con las estrellas como techo más de una vez y que estuvo a un paso de mandar el fútbol al carajo por ser rechazado en las inferiores de Boca- quien ahora, transformado en entrenador, llenó de júbilo a un pueblo arraigado a sus colores. Esa hinchada gigante y fiel, la de Universidad de Chile, se reencantó con él.

A Ángel Guillermo Hoyos no le gusta que lo llamen por su primer nombre. "Me gusta más Guillermo", ha repetido. Sus colaboradores lo llaman así. Sus dirigidos lo llaman así. Su círculo más íntimo lo llama así. Ángel es el nombre también de su padre, quien logró recuperarse de sus adicciones, pero vivió poco para disfrutar de los éxitos de Guillermo, un volante creativo de nivel mediano, pero de un corazón gigante.

A sus 53 años, el desafío que la directiva azul le planteó fue arriesgado. Dejar a la selección de Bolivia para dirigir un camarín devastado, dividido y sin confianza. $50.000 dólares es una oferta difícil de rechazar. En Bolivia ganaba $35.000 anuales. Sus cercanos cuentan que cuando la U hizo la oferta formal, no supo qué decir.

Hoyos pidió tiempo y se encerró solo en un hotel de Santa Cruz de la Sierra durante una semana, apagando teléfonos y sin conectarse a nada más que a sí mismo, para inclinarse por el proyecto indicado.

Quienes conocen a Guillermo Hoyos, saben que es un hombre fuertemente arraigado a la fe, devoto de la Virgen de Lourdes, a quien visita al menos una vez al año en Francia, o a la de Copacabana, y que en cualquier charla te mete a Dios.

En la U, Hoyos se ha maravillado con la hinchada, y la ha usado como factor motivador. Para que sus jugadores se desempeñaran pensando en cada uno de los miles de aficionados que acompañaron al club.

Es dificil encontrar contradicciones en el discurso de vida de Guillermo. Ha confesado rezar por lo menos dos veces al día. Además, su espíritu solidario lo ha llevado a siempre organizar beneficios para organizaciones que necesiten ayuda. Esa filosofía y forma de entender el mundo es uno de los puntos que sedujo a la dirigencia laica para contar con sus servicios. Su gran valía, además de su calidad como técnico, es la sencillez y delicadeza para tratar con todos. Dentro del CDA, confiesan que el cordobés conoce el nombre de cada uno de los funcionarios que allí trabaja, desde Carlos Heller hasta las personas del aseo. Con todos, el trato es el mismo, horizontal, distinto a la apatía de sus predecesores.

El club azul tiene una tradición: los jueves realiza un asado después del trabajo. Durante el paso de los últimos dos predecesores de Hoyos, era común que los jugadores asistieran sólo por cumplir, comieran algo y rápidamente abandonaran el CDA. Con Hoyos, es común que nadie se marche antes de las cuatro de la tarde.

Lograr unir y reconvencer el camarín universitario fue el gran mérito de Hoyos. Tras su llegada, sus exigencias fueron mínimas, por no decir nulas. Tanta era la confianza que tenía en el plantel y lo que podría conseguir, que decidió no considerar refuerzos. Por eso es que Jara fue Piqué, Mora pasó a ser MoraVilla, Vilches, el mejor jugador del equipo, e incluso el viernes llegó a dudar si Matías Rodríguez es mejor lateral que Dani Alves. Su manejo de grupo, descomprimiendo la presión de sus dirigidos y acarreándosela a sí mismo, funcionó.

La rutina diaria de Guillermo durante toda esta temporada comenzó las 8.00 en punto y no tuvo una hora definida de cierre. Desde el CDA, aseguran que en repetidas ocasiones abandonó las dependencias pasadas las 22 horas. Su forma de ver el fútbol, influenciado por la escuela catalana, del Barcelona, es otra de sus grandes valías. El gran enigma de cada fin de semana para el plantel azul era cuál sería el equipo titular, pues nunca dejaba de probar fórmulas para plasmar su idea de juego y así garantizarse una mejor competencia en el grupo.

Confeso admirador de la escuela holandesa, Hoyos trajo consigo una metodología basada en la medición de todos los factores, implementando un GPS y bandas de medición cardiaca a cada jugador, en cada entrenamiento. Muchos de ellos, como Benegas o Ubilla, vieron cómo mejoró su rendimiento físico gracias a este sistema. Los softwares para conocer mejor a sus rivales también son parte de sus herramientas esenciales.

Este semestre, Hoyos grabó todo. Cada entrenamiento, cada trabajo táctico o técnico, para luego mostrarle a sus dirigidos qué errores cometen y cómo mejorarlos, ejemplificando también con otros planteles, como la conocida anécdota de la revisión de un partido de Tottenham hasta en el más mínimo detalle, que sorprendió a sus dirigidos, o la medición del esfuerzo a través del rostro, una excentricidad que le ha dado resultados.

Ángel Guillermo Hoyos, el del milagro, llegó a Universidad de Chile buscando hacerse de un nombre en el fútbol. Lo consiguió en su primer intento en el fútbol nacional, garantizándose ahora la devoción de los miles de hinchas azules, los que él mismo admira. La copa 18 llegó de su mano en el momento en que la U ya no quería más crisis.

El niño que vendía periódicos, que dormía en la calle y que aprendió a leer a los 11 años hoy es grande. El más grande en Chile. Su fe, su trabajo y sus métodos resultaron perfectos para un plantel que necesitaba de un conciliador. Guillermo es su nombre. Don milagro.