Cada vez que llego a Tokio pienso lo mismo: ésta es una ciudad que tiene todo. Tiene parques perfectos, templos imponentes, grandes avenidas vestidas de neón, gastronomía para todos los gustos -de sushi al paso a restaurantes sofisticados-, librerías de ocho pisos, el cruce peatonal más atestado del planeta. Tiene tiendas elegantes, museos de arte y de historia, cuadras con edificios de karaoke y otras llenas de pachinkos, esos ruidosos casinos al estilo japonés. Tiene un eficiente sistema de transporte de trenes y Metro, salones para la tradicional ceremonia del té, fast food importada desde Occidente y una población local donde cada cual encuentra su sitio: los hombres uniformados de terno azul, las mujeres con kimono, los adolescentes de cuero y pelo punkie, las chicas que se visten como muñecas desde sus zapatos de charol hasta las pestañas postizas.

Pero esta vez llego a mediados de octubre y pienso que lo correcto sería decir que Tokio tiene casi todo. En esta fecha, a la gran capital le falta el otoño.

***

El otoño japonés es más que una estación. Es una fiesta que involucra a 26 especies de árboles -de arces a gingkos, de olmos a robles-, cuyas hojas mutan al rojo, al amarillo, al naranja, al burdeo. Al otoño se le llama koyo o momiji; y la aventura de salir a buscarlo en parques y calles tiene denominación propia: momiji-gari que significa "a la caza del arce". Sí, porque el arce japonés -ése que se tiñe de furioso rojo- le da el nombre al otoño y es su protagonista hace cientos de años. Ya en el siglo XVIII, el poeta Ryokan le dedicaba un haiku: "Mostrando su espalda / mostrando su cara / cae la hoja de arce".

Tal como el sakura -la primavera en Japón, que hace florecer los cerezos-, el momiji se celebra. Pero a diferencia del sakura, que dura sólo un par de días, el momiji da tiempo: desde que enciende de color los árboles se instala por dos semanas. Y va avanzando lentamente de norte a sur: comienza en septiembre; termina a inicios de diciembre.

Por eso a mediados de octubre a Tokio le falta el otoño. Llegará recién en noviembre. Para meterse a la fiebre del momiji-gari a mitad de octubre hay que ir al norte de Japón. Al lugar donde parte el otoño, que es la isla de Hokkaido, a unos 1.200 kilómetros de la capital. Las razones son científicas: allí la temperatura fría llega primero, con vientos gélidos desde Siberia, y eso cambia rápido las hojas de los árboles.

Por suerte ahora hay shinkansen -tren bala- hasta Hokkaido. Llega sólo hasta su borde sur, pero no es poco. Son cuatro horas; antes eran el triple. No lo dudo. En busca del momiji me subo en el tren que promete llevarme donde todo está pasando.

***

Me bajo en Hakodate. Si uno viene del sur, aquí comienza Hokkaido. Es el punto de entrada a este norte donde el otoño empieza. Y se nota. Ya un rato antes por la ventana del shinkansen empecé a verlos. Ahí estaban. Árboles rojos, amarillos, naranjos.

"Vaya a la avenida Nijukken. Apúrese: el otoño viene y se va", me dice Kokomi.

Le creo. Ella es una señora muy compuesta que atiende la oficina turística de la estación de Hakodate. Ha vivido siempre aquí. Ha visto 60 otoños, los mismos que los años que carga sobre el cuerpo.

Nijukken resulta ser una calle empinada que va desde el cerro de la ciudad hasta el puerto. Pero su gracia no es ésa. Sino que por ambos lados tiene árboles que ya toman un encendido color naranja.

La cuadra donde está el templo Higashi Hongaji es especialmente linda, por el juego entre las hojas de colores y los oscuros muros del templo. Veo aquí a los primeros fotógrafos del momiji. Todos son japoneses.

Este barrio, llamado Motomachi, fue importante en la historia de Hakodate. Como este puerto fue uno de los primeros en Japón que se abrió al mundo, a mediados del siglo XIX, los extranjeros se instalaron en estas cuadras que ahora veo prisioneras del momiji. Por eso, además de casas que podrían estar en Europa, hay iglesias para todos los gustos, todas aún activas y con fieles japoneses.

Una iglesia ortodoxa rusa, una anglicana, una católica. Afuera de esta última veo las hojas más rojas que uno podría imaginar en un árbol. Llegan a ser púrpuras.

Paso al día siguiente a darle las gracias a Kokomi por el dato. Entonces esta compuesta señora de 60 otoños dispara de nuevo: "Vaya al parque Onuma, apúrese".

Compro el pasaje enseguida. Son 25 minutos en tren. Cuando salgo de la estación, quedo boquiabierto. Qué parcamente japonesa fue Kokomi en su sugerencia. No puso adjetivo alguno; y a mí me parece imposible no usarlos con lo que tengo frente a mis ojos.

Lo que vi el día anterior en Hakodate es pálido ahora frente a Onuma.

***

Onuma es un parque nacional -en Hokkaido hay varios- que tiene un volcán y tres lagos. En esta época, además, árboles de colores. La mezcla funciona. Porque uno enfoca y ahí está el volcán Komagateke entre árboles rojos. Enfocas para otro lado y ahí están los árboles amarillos reflejados en aguas calmas. Una y otra vez; y luego de nuevo.

Cuando Hakodate se abrió como puerto internacional, este parque era el lugar de paseo de los extranjeros. Dicen que llegaron miembros de las realezas europeas. Que vino hasta un emperador de Japón a fines del siglo XIX. Si les tocó ver el otoño, pienso más un siglo y medio después, también se les debe haber caído la mandíbula de impresión.

En un viaje por el día a Onuma, hay dos recorridos para hacer. El más corto, de unos 40 minutos, que uno podría extender horas, tiene vistas exquisitas sobre el volcán y los árboles en momiji. Veo aquí el arce rojo más hermoso que veré en Hokkaido. Un arce solitario, erguido, perfecto. Los japoneses ni siquiera sacan fotos, sólo lo admiran. Nadie habla.

Es tan distinto al sakura. Vine hace dos años a ver los cerezos en flor en Japón. Como este florecimiento es efímero, vi ansiedad en los japoneses que van a mirarlo. Un apuro por ser parte de algo que dura poco. Una euforia, un cierto descontrol. Pero ahora, en Onuma, no veo eso. Veo japoneses más tranquilos, que contemplan en silencio, que no necesitan sake para animar la velada, que no se cruzan en las fotos. Debe ser porque el otoño es una muerte lenta, un asunto de semanas, y eso baja el estrés. Eso pienso frente a este arce rojo, rodeado de japoneses callados. Si el sakura es frenesí; el momiji es calma.

La otra ruta de este parque es más larga. Hora y media, al menos. Hay árboles en modo otoño, claro. También hay puentes, hay lagos que se pueden recorrer en barquitos, hay grupos de ancianos que, con envidiable estado físico, pasean juntos. Hay familias, donde el padre explica a los hijos lo que van viendo. Hay parejas de enamorados que se sacan fotos entre los árboles. Y hay unos pocos turistas que, como yo, caminamos atontados entre esta naturaleza multicolor que hasta entonces sólo hemos visto en libros.

Cuando termino este circuito largo, veo a una chica muy linda posando entre los árboles junto a un lago. Viste elegante, de blanco. Unos metros allá, sobre un puente, un chico le saca fotos. Se coordinan sólo con miradas; ninguno grita.

Cuando paso junto al chico, le pregunto si puedo fotografiar a su modelo. Asiente con la cabeza, sonriente.

"Es mi novia", me dice orgulloso, mientras yo aprieto el obturador. "Nos gusta el momiji", agrega.

***

Dejo Hakodate un par de días después. La misma mañana de la partida saldo una deuda pendiente. Voy al mercado de mariscos y me como la especialidad de aquí: un bowl de arroz blanco caliente sobre el cual ponen -crudos, fríos- calamares, camarones y huevos de salmón. El té verde para acompañarlo es gratis y sin restricción.

Me lo habían advertido: la isla de Hokkaido es conocida por sus productos del mar. Yo agregaría que también por sus melones aromáticos y muy dulces. Y por sus productos lácteos, desde yogur a mantequilla. No es raro: esta isla es la granja y el paraíso bovino de Japón. Tiene espacio para eso, lo que es un lujo en un país donde ése es su principal problema. Con un 20 por ciento del territorio, en Hokkaido vive apenas el 5 por ciento de la población.

El tren de Hakodate a Sapporo, la principal ciudad del norte, la quinta del país, tarda tres horas y media. Se va rodeando el mar. Y llega a una ciudad que recuerda a Tokio, pero a una escala menor. Hay avenidas, hay edificios altos, hay metro, hay barrio bohemio. Pero a diferencia de la capital, aquí sí hay otoño.

Momiji por todos lados. En el parque Odori, que divide a la ciudad en norte y sur; y ahora es una franja que atraviesa Sapporo con árboles de colores. En el jardín botánico, lleno de senderos donde es un gusto perderse. En el parque Maruyama, donde los árboles dejan espacio a uno de los santuarios sintoístas más antiguos de Hokkaido. En la avenida llena de gingkos amarillos que remata en la que fue la antigua gobernación.

También en el inmenso parque de la universidad local, donde edificios del siglo XIX se mezclan con el otoño. Me impresionan los dos arces rojos frente a la Facultad de Ciencias; y la calle de gingkos que bordea la Facultad de Medicina. Allí, un domingo, en medio de una multitud que saca fotos, veo a una pareja de viejos que recoge hojas de colores desde el suelo. Ella las elige; él las guarda en una bolsa de género.

El otoño en Sapporo es distinto a lo que he visto: se cuela entre los edificios, se toma pedazos de la ciudad, se convierte en una pieza urbana. Un día subo al piso 38 de una de las torres de la ciudad: desde arriba, Sapporo es una urbe llena de construcciones vistosas entre las cuales explotan los árboles de colores. Parece un gran patchwork.

[caption id="attachment_876069" align="alignnone" width="840"]

Los árboles de onuma.

Los árboles de Onuma.[/caption]

Podría darme por satisfecho con mi momiji-gari. Pero quiero llegar al parque Daisetsuzan, en el centro de Hokkaido. Todos con quienes he hablado en la ruta coinciden: allí se ve uno de los mejores otoños. Tentador para quien ya está en ese peregrinaje.

***

Tomo el tren en Sapporo. Debo bajarme en Asahikawa, que es la conexión al parque, una hora y media después. No hay mucho que hacer en esta ciudad, salvo probar el plato emblema: ramen hecho en salsa de soya. El mejor se come en el Aoba, donde los fideos están al dente y el caldo es concentrado pero sabroso.

Al otro día temprano, listo para partir, viene el golpe al mentón.

"¿Va al parque Daisetsuzan? El peak del momiji fue hace una semana. No queda mucho", dice Aiko, otra compuesta señora que trabaja en informaciones turísticas de una estación, esta vez en Asahikawa.

Siento taquicardia. Un leve mareo. Tengo pasaje comprado en el bus, reserva en el hotel de montaña. Todo listo para ver un otoño que ahora me dicen que ya escapó.

"¿Pero algo aún se verá?", insisto, con un hilo de voz.

"Difícil. Momiji se adelantó siete días, porque ha estado más frío", sentencia Aiko.

Parto igual. En hora y media de viaje en bus veo a los árboles ir perdiendo color, y también ir perdiendo hojas. Cuando entro al parque, por el ingreso de Asahidake, los árboles son unos esqueletos de puras ramas. Hay nieve en el camino. Esto no va bien.

"Aquí ya comenzamos el invierno", me dice Otsuka, el hombre que atiende el centro de visitantes. Sonríe. Sin saberlo, ha matado toda esperanza.

Serán dos días de vida invernal. Mirando cerros nevados, con siete grados de temperatura. Con caminatas con botas de goma. Una belleza distinta; pero sin color.

Recibo mail de Noriyuki, un amigo de Tokio. Me cuenta que ya vio dos arces rojos en un parque de la capital. Que a mi regreso podré ver algo del momiji tokiota. Mientras por la ventana sólo veo un paisaje blanco y trato de convencerme sin entusiasmo de que siempre es bueno una pausa, allá en el sur ya empiezan a ver el burdeo, el amarillo, el naranjo.

Ahora sí. Tokio, esta última semana de octubre, es una ciudad que tiene todo.

PARA ACOMPAÑAR EL MOMIJI

* Es turístico, pero lo vale: en Hakodate tomar el teleférico que lleva a la punta del cerro. La vista a la ciudad es espectacular, sobre todo al anochecer. Ir abrigado, el frío ataca.

* Sapporo es la cuna de la cerveza homónima, la más antigua de Japón. Entretenido visitar la antigua fábrica, hoy museo. Al final pasar al bar, comprarse una jarra de cada uno de los tres tipos de cerveza y bebérselas sin apuros. Se acompaña con maní japonés.

* En Asahidake, en el parque Daisetsuzan, hay varios onsen: los baños termales japoneses. Probar el del hotel Bear Monte. Tiene un pozo al aire libre, entre rocas. A mí me tocó mirando la nieve. Con más suerte, puede tocar viendo el momiji.