"SOY MARXISTA LENINISTA, y seré marxista-leninista hasta el último día de mi vida". Fidel Castro Ruz, el dictador que gobernó la isla de Cuba con puño de hierro a lo largo de casi cinco décadas (1959-2008) -ostentando así el récord de ser el gobernante que más tiempo ha estado en el poder en nuestra historia moderna, una marca solo superada por la Reina Isabel II-, fue rigurosamente fiel a esa convicción hasta el final de sus días. Artífice de la llamada "revolución cubana", que sirvió de inspiración a otros movimientos revolucionarios que se expandirían en distintas partes del mundo, pero con especial fuerza en América Latina -un proceso del cual Chile tampoco logró escapar-, su figura marcó profundamente el siglo XX, porque junto con encarnar la distorsionada épica de la rebelión popular, también simbolizó las tragedias, conflictos y miserias de la Guerra Fría, imponiendo una ideología que hasta el día de hoy sofoca las libertades en Cuba y que ha condenado a su pueblo a la pobreza y al sometimiento de los arbitrios del Partido Comunista.

Las izquierdas latinoamericanas, que a lo largo de décadas han encontrado en Castro un modelo de inspiración, hoy vuelven a reivindicar su figura, con una desvergonzada devoción que, además de resultar ofensiva para todas las víctimas que han sido reprimidas por el régimen a lo largo de décadas, es contradictoria con la férrea oposición que han sostenido hacia dictaduras de signo distinto. Así, diversos líderes de la región expresaron en el día de ayer sus condolencias al gobierno cubano, y han resaltado la historia de "dignidad", "lucha" y "resistencia" que Castro y su revolución encarnaron. Tal incongruencia no le hace bien a la democracia, porque quiere decir que el afán ideológico prevalece por sobre los valores universales de la libertad y la autodeterminación.

Esa épica que la izquierda progresista ha tratado de reivindicar choca brutalmente con la realidad que se vive en Cuba. No se explica de otra forma cuando alrededor de un millón de cubanos han preferido abandonar la isla, en busca de un futuro mejor. Miles optaron por lanzarse al mar en precarias balsas, arriesgando sus vidas con tal de alcanzar la libertad; muchos no lo lograron. Miles murieron en el exilio, confiando que algún día Cuba sería libre. Cualquier legado que se intente rescatar de Castro no puede pasar por alto que el régimen terminó creando dos clases de cubanos: aquellos que quedaron sometidos en la isla, padeciendo pobreza y humillaciones, y los afortunados que lograron huir hacia la libertad y una mejor calidad de vida. Y ante tal resultado, es difícil sostener que eso puede ser "digno".

Los informes de organismos independientes de Derechos Humanos han sido lapidarios en cuanto a la situación de libertades en la isla. La disidencia continúa siendo hostigada, la prensa libre simplemente no existe, pues todo el aparataje comunicacional es controlado por el gobierno; el acceso a Internet está fuertemente restringido -salvo para los funcionarios del régimen-, y extensas zonas rurales simplemente no tienen cobertura de la red. Preocupa que de acuerdo con Human Rights Watch, las detenciones arbitrarias a críticos del régimen, así como otros métodos de amedrentamiento -golpizas, actos públicos de denigración y despidos- se hayan intensificado en el último tiempo, a pesar de los acercamientos con Estados Unidos, que al parecer solo han logrado reforzar al régimen.

Los Castro ni siquiera tuvieron la habilidad de industrializar el país, como ha ocurrido con otras economías comunistas. Al momento de asumir el poder, en 1959, la agricultura cubana mostraba saludables signos de prosperidad, pero la política de confiscaciones y granjas colectivas pronto sofocó todo, hasta convertir al país en lo que es hoy: una de las economías más pobres de la región, que para su subsistencia depende críticamente de la venta de petróleo subsidiado desde Venezuela y de la cooperación con países de la ex órbita soviética. Aun cuando es efectivo que Cuba es uno de los países que más invierte en educación como proporción del PIB (en torno a 12%), y que el Estado destina grandes cantidades a la salud pública, en ninguno de dichos ámbitos Cuba lidera a nivel mundial, y es obvio que los profesionales más calificados prefieren emigrar ante expectativas salariales paupérrimas.

La gran épica de Castro fue exportar la revolución cubana a lo largo del mundo, particularmente en América Latina. En esa tarea tuvo éxito, pues el régimen estuvo detrás del ELN y las FARC colombianas, además de las milicias sandinistas o el apoyo que prestó en Angola. Ha sido inspirador de regímenes como el chavista de Venezuela y de Evo Morales en Bolivia, y su influjo en figuras como Lula Da Silva y los Kirchner resulta evidente. Chile no escapó de esta influencia. La Unidad Popular de Salvador Allende encontró en Castro un poderoso aliado y motivo de inspiración -con el ánimo de incorporar las variantes más radicalizadas de la "revolución"-, y una vez que sobrevino el régimen militar, Cuba respaldó activamente a grupos terroristas -fue el caso del Frente Manuel Rodríguez-, con apoyo logístico, entrenamiento y toneladas de armamento, oscuros pasajes de nuestra historia que nunca han sido bien aclarados. A la luz de esta realidad, la herencia cubana deja un sabor especialmente amargo en Chile, de lo cual el país solo puede extraer como lección que debe alejarse de modelos totalitarios.

El destino del pueblo cubano tras la muerte de Fidel Castro es incierto. El régimen, controlado por su hermano Raúl, aparentemente ya piensa en un sucesor para 2018, y los acercamientos con Estados Unidos bajo la administración Obama solo le han permitido a los Castro seguir ganando tiempo. Pero en la medida que las figuras más simbólicas de la revolución se van apagando, también se abre la esperanza de que el régimen comunista comience a debilitarse. Mientras antes Cuba inicie el camino hacia su libertad, en esa misma medida comenzará a recuperar todo aquello de lo que fue privado por la "revolución".