Karl Heinrich Marx murió a los 64 años en Londres, el 14 de marzo de 1883. Tres días más tarde fue enterrado en el cementerio de Highgate, junto al lugar en que yacía su esposa, Jenny von Westphalen, desde fines de 1881. La ceremonia fue modesta, con no más de una docena de asistentes.

Su amigo, discípulo, camarada y mecenas, Friedrich Engels, presidió la despedida. Se refirió a Marx como hombre de ciencia y lo comparó con un héroe científico de entonces: "Así como Darwin descubrió la ley del desarrollo de la naturaleza orgánica, así Marx descubrió la ley del desarrollo de la historia humana". Dos días antes, el obituario de un diario obrero de socialistas alemanes migrados a Chicago había sentenciado: "Lo que Darwin fue para las ciencias naturales (…) Marx lo fue para la ciencia de la economía política".

Respondiendo a una de sus más clásicas admoniciones -el momento de la revolución se presenta al entrar en crisis el capitalismo-, el fantasma de Karl Marx ha vuelto a rondar tras el colapso subprime de 2008. Aunque no ya reivindicando la razón científica. Algunos se quedaron con el ícono motivador, otros publicaron libros dedicados a desmontar su teoría (como Terry Eagleton en Por qué Marx tenía razón). Pero hubo quien hurgó aún más profundo.

Profesor de la U. de Missouri y autor de una bibliografía con énfasis en los movimientos revolucionarios europeos de 1848, Jonathan Sperber vuelve a uno de los personajes más influyentes, venerados y abominados del siglo XX. Pero trata de inscribirlo en su tiempo, rescatando al Marx que compraba el pan en la esquina y, en el mismo gesto, el tejido complejo y polisémico de la historia en la que se inserta este hombre de múltiples intereses y un solo objetivo.

No es un libro escrito desde el repudio, mucho menos una apología. Es una biografía en toda la línea, que en calidad de tal se ve obligada a desacralizar (de ahí el entusiasmo del liberal inglés John Gray, quien tituló "El verdadero Karl Marx" su reseña del libro). Pero que no se queda ahí. Poner al personaje en su época, plantea Sperber, "significa recordar que lo que Marx quería decir con 'capitalismo' no es la versión contemporánea de éste, que la burguesía que disectó críticamente no es la actual clase de capitalistas globales". Y varias cosas más.

IDEAS Y PENURIAS


La investigación conducente al libro no hace descubrimientos bombásticos, pero, por lo pronto, se realiza a partir de nuevas traducciones de los escritos marxianos, provistas por el autor, así como del acceso al mayor archivo relativo a su vida y obra. Hay la convicción, igualmente, de que entender sus ideas pasa por entender el conjunto de su vida. En lo último como en lo primero, la obra se prueba erudita y contundente, amén de narrada con nervio y cierto apremio.

En lo que toca a la historia de las ideas, dibuja la evolución político/intelectual del alguna vez joven hegeliano. Muestra, por ejemplo, a través de qué vías concilió el Espíritu Absoluto de Hegel con una clase social a la que no pertenecía ("La cabeza de la emancipación [alemana] es la filosofía y su corazón es el proletariado"). O cómo la Revolución Francesa, más allá de sus simpatías por los métodos jacobinos, debía ser sucedida por un movimiento en que los regímenes parlamentarios industrialmente desarrollados serían asaltados por el proletariado -no por la burguesía, como el 89-, que impondría su dictadura.

Igualmente, se retratan los conflictos de un personaje que busca un espacio en el movimiento revolucionario que no tiene en absoluto comprado. Así es como se trenza en polémicas que llegaron con frecuencia a la descalificación. Aun si con estilo. Un caso clásico es su controversia con Pierre-Joseph Proudhon, el mismo que acuñó la expresión "la propiedad es robo", quien en La filosofía de la pobreza explicaba la economía política a partir de Hegel. Indignado, Marx publicó La pobreza de la filosofía, donde se mofa de las tesis proudhonianas tirando al aire palabras como "tesis, antítesis, síntesis". Irónicamente, lo que era una burla se convirtió en un saber marxista adquirido.

Arrebatado, desconfiado y suspicaz, Karl Marx fue también un tipo orgulloso que no permitió que durante los durísimos primeros años en Londres los exiliados políticos alemanes le ayudaran con dinero. Para que sus adversarios no hablaran mal. Hijo de una familia acomodada, se había casado con una prominente miembro de la aristocracia prusiana con la que tuvo siete hijos, cuatro de los cuales murieron a corta o muy corta edad. Su endémica escasez de recursos lo obligó a arrendar, llegado a Inglaterra, en la entonces modesta área del Soho, en una casa de mínimas dimensiones, pero tanto allí como antes tuvo servicio doméstico (fue, por lo demás, el padre de un hijo de su mucama, que por amistad terminó reconociendo Engels). Por algunos años echó mano a un avance de su herencia familiar, así como a la generosidad de su viejo amigo, hijo de industriales.

Fue, asimismo, un judío que rehuyó el eje cultural y étnico que le ofrecían sus raíces y optó por asociar el judaísmo a la esfera del capital. También un político traicionado por sus instintos, que le hicieron confiar en un militante comunista que resultó ser un agente policial. Y también un prolífico periodista que colaboró con diarios de varios países. Alguien para quien el momento en que las colaboraciones se redujeron en 1857, que significaba menos dinero en casa, era el feliz síntoma del inicio de una crisis, preludio posible de la revolución. Los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres, reza el proverbio. Acá parece haber un ejemplo.