Los ingleses no lo podían creer. Desde 1741 no sufrían tal paliza en alta mar. En el atardecer del 1 de noviembre de 1914 frente a Coronel, una flota alemana eliminó en minutos una escuadra de Su Majestad bajo una combinación de superioridad estratégica y material. La batalla sugería el declive del viejo imperio y un futuro germano. Siglo más tarde en Santiago, con apenas una semana de diferencia, recalan dos insignias de la música contemporánea, los británicos Black Sabbath y los alemanes Kraftwerk. Los padres del heavy metal y la electrónica cruzan sus destinos. Aunque contemporáneos, los hombres de Paranoid (1970) enfilan carcomidos hacia el final -el 4 de febrero dan un último show-; en cambio los creadores de The Man-machine recorren el mundo sin señas de caducidad, encarnando una especie de loop sobre el presente y el futuro.

Black Sabbath, hijo favorito de una de las cunas de la revolución industrial como Birmingham, acusa fatiga y pérdida de piezas originales. El músculo y talento de origen obrero de Tony Iommi, "Geezer" Butler, Ozzy Osbourne y Bill Ward, martillando canciones sobre espantos y horrores bélicos, fundadores del primer rock descamisado y apto para cabecear, no puede más con las giras y no hay sustitutos posibles, excepto Ward, el baterista desechado desde la publicación de 13 (2013), el álbum que les dio su primer número uno en EE.UU.. Entre enfermedades (el cáncer en remisión de Iommi), secuelas de adicciones y el paso del tiempo, Black Sabbath semeja un acorazado obsoleto en pos de una última travesía. Es el poder de otra época, fuego de antaño alimentado por amplificadores a tope, batería en bruto, y una voz de radioteatro del terror.

El número que llega hoy al Estadio Nacional a las 21:00 horas (ver recuadro) aún resulta imponente pero testimonia el desgaste. El miércoles interpretaron solo 12 temas en el Foro sol de la Ciudad de México. Ozzy seguirá como solista, Iommi no descarta futuras colaboraciones. Al contrario "Geezer", la pluma del conjunto, ha sido tan tajante como se puede en una industria plagada de falsos retiros. Ve muy poco probable alguna novedad que involucre el nombre del grupo.

Yo robot

Kraftwerk -"central eléctrica" en alemán- inventó un lenguaje para retratar la vida cotidiana antes que anticipar el mañana. En un principio recurrieron al típico arsenal del género progresivo -flauta traversa, guitarra, teclados, bajo y batería-. Entre 1970 y 1973 grabaron tres álbumes suscritos al krautrock, el rock moldeado exclusivamente en Alemania. Pronto se convencieron de que el retrato de esa nación de post guerra con carreteras de alta velocidad y economía en expansión, requería otro sonido, uno nuevo. Desecharon esos instrumentos para extraer música entre circuitos fabricando sus propias máquinas, ensimismados en el estudio Kling Klang de su propiedad que a su vez funcionaba como taller y laboratorio, trabajando lejos del empleado prototipo de una fábrica, como cercanos al ingeniero de cotona blanca sinónimo de la carrera espacial. Un pilar de la electrónica como Autobahn (1974) fue el primer resultado de esa búsqueda.

La gira que llega el próximo sábado 26 al teatro Caupolicán expone lo mejor de su discografía enlazada a un sofisticado espectáculo en 3D con ocho proyectores sobre una pantalla de 13,9 por 5,9 metros, probado en las mayores salas y galerías como el Opera de Sydney, MoMa en Nueva York, Tate de Londres, Guggenheim de Bilbao y Neue Nationalgalerie en Berlín. Doblegan fácil a Sabbath con un set de 27 temas, la gran mayoría clásicos de un catálogo tanto o más revolucionario que la obra del cuarteto británico. Son fundamentales en la consolidación de la música electrónica en gestación desde la década del 40, en la génesis del hip hop, el synth pop, la cultura de clubes, y la moral de la autonomía con ribetes punk hazlo-tú-mismo.

A diferencia de Black Sabbath, los componentes en Kraftwerk son completamente reemplazables. De la alineación original solo queda Ralf Hütter, el líder y vocalista desde 1969. Reacio a las entrevistas, prefiere enviar el robot que lo encarna en vivo para dialogar ocasionalmente con la prensa mientras responde a distancia. No tiene que estar ahí ni cumplir con los ritos del negocio de la música. No se desgasta. En su diseño una máquina coordinada con un hombre puede reemplazar la presencia humana. Y así funciona para los alemanes, tal como esa tarde en el sur hace 102 años cuando la táctica y la tecnología marcaron distancias entre las mayores potencias de Europa.