Hacia el final de su vida, en 1993, el escritor japonés Shusaku Endo tuvo un breve encuentro con Martin Scorsese en Nueva York. Endo, que al año siguiente perdería el Nobel en una publicitada disputa con su compatriota Kenzaburo Oé, quería asegurarse de que las cosas iban bien. Quería tener cierta claridad de que finalmente el realizador de Taxi driver haría la adaptación de Silencio (1966), su novela sobre dos sacerdotes jesuitas portugueses enfrentados a la persecución contra los cristianos en el Japón del siglo XVII. Tres años más tarde, Endo moría de hepatitis a los 73 años en un hospital de Tokio, mientras Scorsese preparaba el rodaje de Kundun, película que lidiaba con la fe, pero en su dimensión budista. Pasarían otros veinte años hasta que por fin pudiera darle forma y fondo a la fábula de Endo.

Tras Pandillas de Nueva York (2002), Silencio es la película que más tiempo le ha tomado llevar a cabo a Scorsese y sólo pudo ver la luz 27 años después de que el cineasta devorara por primera vez las páginas de Endo durante un viaje en un tren bala por Japón. Eso había sido en 1989, en un alto del rodaje de Buenos muchachos. Mientras el director se dirigía al set de Sueños de Akira Kurosawa para cumplir la promesa de personificar a Van Gogh hecha al maestro japonés, leyó la narración que le había regalado un año antes el arzobispo episcopaliano de Nueva York, el muy liberal Paul Moore.

La compleja historia de fe, traición y persecución de Shusaku Endo resonó rápidamente en el director, quien nunca se tragó las verdades doctrinarias del catolicismo y quien, por el contrario, siempre vio la religión como un territorio de luchas, conflictos y redención. Tras muchos intentos fallidos de guión junto a su amigo Jay Cocks, en diciembre del 2006 por fin lograron una historia convincente. Pasarían, sin embargo, otros diez años hasta que Scorsese reuniera un equipo de financistas tan arriesgados como para invertir en un filme que comercialmente era un salto al vacío.

Esa apuesta artística y comercial es la que finalmente vio la luz en diciembre del año pasado bajo el nombre de Silencio en EE.UU. y es la que este jueves llega a las salas chilenas. Se trata de un largometraje metafórico, inquieto e imperfecto, en la línea de La última tentación de Cristo, Pandillas de Nueva York y El aviador: una obra desbordada y una locura, sólo capaz de ser concebida por un artista que no renuncia al riesgo. Por esta misma razón, con sus mastodónticos 152 minutos de duración y sus protagonistas en eterno conflicto espiritual, Silencio no fue un éxito comercial y se enfrentó más bien al desconcierto entre los críticos de su país. Tras el infeccioso atractivo de El lobo de Wall Street, la cinta más taquillera de Scorsese y al mismo tiempo su retrato de la adicción materialista, vino una obra que es todo lo contrario. Esta dicotomía no puede sino hablar de un cineasta que es capaz de hacer cine con sus propias contradicciones y es muy probable que Silencio sólo sea valorada con el paso del tiempo.

El conflicto de la fe

Basada en un caso real, se puede decir que Silencio cuenta la historia de la búsqueda que emprenden los padres Sebastião Rodrigues (Andrew Garfield) y Francisco Garupe (Adam Driver) cuando se enteran de que su mentor, el sacerdote Cristóvão Ferreira (Liam Neeson), ha cometido apostasía. Es decir, ha abjurado de su fe cristiana con el objetivo de evitar las torturas de los shogunes en Japón, en ese momento desatados en una abierta cruzada contra las misiones católicas. Ni Rodrigues ni Garupe creen en estas noticias, que desestiman como falsas, y su viaje a Japón es al mismo tiempo una forma de reafirmar su fe. Si, en el peor de los casos, Ferreira ha dejado de ser cristiano, su misión es devolverlo desde las tinieblas a la fe.

La versión que Scorsese realizó de Silencio no es la primera en el cine. Ya en 1971, el realizador japonés Masahiro Shinoda había realizado una adaptación en cuyo guión trabajó el propio Endo y que fue estrenada en el Festival de Cannes. A pesar de estar involucrado en aquel proyecto, es sabido que Endo nunca estuvo satisfecho: el final contenía cierta simbología de adoctrinamiento cristiano que jamás le gustó, un católico más bien dubitativo y en lucha consigo mismo.

Es esta misma razón por la cual probablemente Endo pensaba que Scorsese si tendría una visión más amplia de la obra, plagada de zonas grises, dudas y cristianos caídos. Se sabe que el escritor japonés no veía al cristianismo ni a Jesús como verdades absolutas. Se sabe además que su afinidad estaba con el Jesús que perdona a una prostituta y que da la mano al criminal. En ese sentido, el director que venía de hacer La última tentación de Cristo, otra película sobre la crisis de la fe, era el hombre escogido para hacer la mejor adaptación posible.

La película se transformó en una deuda insalvable que el propio cineasta cargó en sus hombros. Así es más o menos cómo funcionan las cosas para este realizador, que gastó 40 millones de dólares para una cinta que apenas recaudó 15 y medio en todo el mundo. Scorsese explicaba hace unos meses en estos términos su convicción de hacer Silencio al portal Deadline: "Este es un proyecto de pasión. Mientras te vas haciendo viejo, las ideas van y vienen. Preguntas, respuestas, ausencia de respuestas. Tiene que haber algo más. Es una obsesión y tiene que ser ejecutada. Silencio es una maravillosa historia real y al mismo tiempo un thriller que lidia con todos aquellos temas".

La pasión y la fe del realizador de Toro salvaje son asuntos serios. El propio Shusaku Endo tuvo una prueba de aquel temperamento en su breve encuentro de 1993. Su hijo Ryunosuke Endo lo recordaba así en el portal Japan Forward: "Recuerdo lo impresionado que quedó mi padre por su ferviente personalidad". El director pude haber tardado 27 años en llevar la novela al cine, pero así como alguna vez cumplió lo que le prometió a Akira Kurosawa, ahora estuvo por fin en condiciones de llevar a cabo la palabra empeñada a otro japonés y filmó la más humana de las versiones posibles de Silencio.