La mancha Karadima no ha cesado de extenderse a lo largo de ocho años. Quién lo iba a decir: el párroco de la envidiada iglesia El Bosque, el cura al que se creía bañado en santidad, el pastor que detenía la sequía de los seminarios creando nuevas vocaciones, el maestro de diáconos y obispos, se ha convertido en la más pesada cruz de toda la historia de la Iglesia Católica chilena, y ni siquiera es seguro que se vaya a alivianar ahora que parecen acercarse capítulos cruciales.

¿Qué son esos capítulos?

Es posible que las expectativas estén un poco desbocadas. El "caso chileno" ha adquirido una importancia inusitada en la agenda vaticana, pero está lejos de ocupar los primeros lugares. Antes hay cosas más complicadas, como la ya inocultable fractura entre el Papa retirado Benedicto XVI y el Papa Francisco, el problemazo creado por la "Iglesia popular" china, la crisis en la Iglesia australiana y otras de magnitudes similares.

Pero es verdad que el decepcionante viaje a Chile clavó en la Santa Sede una duda acuciante: ¿Qué pasó en aquel país que fue sacudido por la visita de Juan Pablo II, que se volcó a las calles por millares y que, según algunos, hasta pudo influir en el curso de su historia política? ¿Es que tanto avanzó en 30 años la secularización? ¿O es que la mancha Karadima decepcionó a esos creyentes hasta encerrarlos en sus casas, exangües ante la escasa voluntad de la Iglesia, Papa incluido, de limpiarla de una vez por todas?

Es ahora evidente que al menos una parte del Vaticano, Papa incluido nuevamente, consideró que esto último debía ser atendido como una explicación de la débil respuesta de la feligresía a una visita programada para ser una apoteosis. No se había visto al Papado desandar el camino como lo ha estado haciendo desde que encargó a dos obispos de confianza reinvestigar el modo en que la Santa Sede fue informada del caso Karadima. La conclusión a que llegó es ahora estridente: el Papa fue severamente mal informado, si es que no desinformado. Lo primero tiene una carga grave, pero inintencionada; lo segundo es aleve.

Esa conclusión puede ser inaceptable para los tres principales responsables en Santiago, pero solo uno está en la posición de expresarlo: el cardenal emérito Francisco Javier Errázuriz, que inicialmente declinó concurrir a Roma ante la citación del Papa Bergoglio, pero finalmente viajó este sábado. Sabiendo que una reinvestigación como la que se llevó a cabo solo puede centrar la responsabilidad en él, Errázuriz parece estar ejerciendo su derecho a protestar contra las nuevas conclusiones. Se pretende -ha de pensar- inculparlo de una posición que hasta esos años era común en toda la Iglesia. Frente a este panorama, Errázuriz, hasta la llamada de Francisco, había decidido enviar un informe y quedarse en Santiago, ya está.

Los otros dos solo pueden guardar silencio: el nuncio Ivo Scapolo es un funcionario del Papa y está, por tanto, sujeto a la obediencia propia de una institución jerárquica, y el cardenal Ricardo Ezzati, que en enero presentó su renuncia por cumplir la edad de retiro episcopal, lleva cuatro meses en un limbo canónico del que puede ser liberado en cualquier momento, salvo que ahora cualquier momento solo podrá parecerse a una sanción.

Queda, detrás de ellos, una segunda fila iluminada por focos cegadores, los cuatro obispos que deben sus mitras a Karadima, con el protagonismo imprudente o impúdico -según el cristal- del obispo Juan Barros, que está a punto de pasar a la historia como el báculo que además de cacharrear la visita del Papa lo ha arrastrado a una retractación nunca antes vista. Un obispo es, entre otras cosas, el encargado del cumplimiento del derecho canónico en una diócesis. Nunca sabremos qué entiende el titular de Osorno por inocencia, pero está claro que su noción difiere de la de los acusadores sin conciliación posible. Lo que ha tenido el desarrollo del caso Karadima es precisamente esto: una forma de encarnizamiento, ferozmente decidido por parte de los acusadores, ferozmente elusivo por parte de los acusados. Esa pugna fue resuelta parcialmente en enero pasado, cuando el Papa se enfrentó a amplias explanadas semivacías.

Cuando este caso sea visto por la historia, será inevitable observar que la santidad endemoniada de Karadima, al que tanto le gustaban los hijos de la clase alta, se inmoló justamente en esos altares. Si no hubiese tocado a esos hijos pudientes, profesionales, con capacidad de influencia y redes para ejercerla, es probable que no estuviera ardiendo en el infierno social. El economista James Robinson no hallaría una mejor confirmación para su idea de que la chilena sigue siendo una sociedad oligárquica.

En fin: ¿Qué hará el Papa con la Conferencia Episcopal chilena durante esta convocatoria a Roma? En el Vaticano se cree que ya no hay espacio para más deliberaciones. Los pasos desandados por Francisco son tan largos, que la fraternidad episcopal, deliberativa y consultiva, se ha terminado. Tras el fiasco del viaje, no quedaría otra cosa que impartir instrucciones. ¿Cuáles? Scapolo cumple casi siete años de nuncio en Chile, tiempo suficiente en cualquier sistema diplomático para partir a un nuevo destino, un poco más malo si no se han hecho las tareas. Ezzati ha pasado su edad de jubilación, con lo que se abre el pozo de la vacancia en el Arzobispado de Santiago, el primus inter pares de la Conferencia Episcopal, que pasaría a ser la principal pieza de caza de las muchas fracciones en las que está trozada hoy la Iglesia chilena. Errázuriz integra el C9, el consejo papal de cardenales para la reforma de la Curia, que después de producir una sucesión de fusiones de organismos vaticanos luce exhausto, sobre todo cuando otro de sus integrantes, el cardenal australiano George Pell, enfrenta acusaciones de abusos sexuales en su diócesis. Parece posible que el C9 sea reestructurado o desactivado (su líder, el cardenal hondureño Óscar Rodríguez Maradiaga, fue uno de los competidores de Bergoglio en el cónclave del 2013) y que, después de su negativa a la convocatoria papal, Errázuriz no regrese al Vaticano.

Quedan los cuatro "obispos Karadima". Uno de ellos, Andrés Arteaga, auxiliar de Santiago desde tiempos de Errázuriz y hasta vice gran canciller de la PUC, está gravemente enfermo. Con los otros, tres diócesis de Chile quedan en suspenso: Osorno (Barros), Linares (Tomislav Koljatic) y Talca (Horacio Valenzuela). En principio, resultaría lógico que sean removidos y trasladados a posiciones inocuas. Si ello ocurre, el terremoto sería mayor. Por el contrario, si la Santa Sede escoge un proceso más gradual, se expone a que Linares o Talca reproduzcan la experiencia tormentosa de Osorno, donde la porfía o la templanza de Barros -según el cristal- no han logrado sino el agravamiento del problema.

Las soluciones clásicas del Vaticano son moderadas y graduales y, de ser posible, piadosas. Tratándose de obispos y cardenales, los cuidados se multiplican. No se despoja de sus títulos ni a unos ni a otros. La Iglesia no dispone del instrumento de la degradación. El formato clásico es la remoción, que la Santa Sede suele denominar "renuncia". Parece posible que haya renuncias al final de las reuniones de esta semana en el Vaticano. Lo que el Papa encargó a la Conferencia Episcopal en su carta de abril -que, leída en clave pesimista, era el anuncio de un cataclismo- fue un plan con medidas de distintos plazos y alcances, por lo que también parece posible que se produzca algún anuncio de este tipo.

Pero después del reporte del arzobispo Charles Scicluna, el Papa Francisco sabe que las expectativas llegan mucho más allá, en especial porque su propio programa promueve, detrás de la protección de la doctrina, una enorme libertad pastoral, que confiere a los sacerdotes la capacidad para actuar con su grey según su criterio. Es un programa que no funciona sin un alto grado de confianza, que es la principal pérdida que ha sufrido el actual Episcopado chileno. Para decirlo de otra manera, lo que ha pasado en Chile sabotea la principal seña de identidad a la que aspira el papado de Francisco.

De modo que se trata de limpiar la mancha a fondo. O, como prefieren decir algunos teólogos, de arrancar el mal. Nada menos.