La Tercera

Columna de Ascanio Cavallo: Un partido de enemigos

Lo que nadie niega es que a la DC le ha ido extraordinariamente mal en los últimos años. Además de disminuir en todos sus números netos, se ha vuelto volátil y desleal. El primero en constatar esto fue Orrego en 2013. Pero parecía impensable que la votación por la candidata presidencial fuese menos de la mitad que la de los diputados y senadores DC elegidos ese mismo día.

La Democracia Cristiana ha entrado en el callejón más peligroso de su historia. Está al borde de una fractura de la que podrían salir dos grupos que, sin importar cuál es el volumen que consiga cada uno, serán irrelevantes en cualquier caso. O, para ponerlo en términos más gramscianos, terminará de perder sus ya menguadas posibilidades hegemónicas.
¿Cuándo se jodió el Perú? Esta pregunta consumirá por años a los historiadores de la DC, todos los cuales sabrán muy bien que la DC nació con dos almas. Pero ¿qué partido, qué grupo humano, no las tiene? En el PS ha habido no dos, sino tres, cuatro y cinco; cuando se creó la Concertación, concurrían cinco partidos socialistas. En el PPD hay dos, como se sabe, y hasta en el PR las ha habido desde que fue el eje del Frente Popular.

Ah, el PR. La declinación de los radicales fue un fenómeno multicausal, pero el momento decisivo ocurrió al terminar el gobierno de Jorge Alessandri, donde habían estado aliados con la derecha y en ese momento debían encabezarla, en contra de la izquierda y la DC. Concurrieron a las elecciones de 1964 con un candidato vistoso pero insignificante, que no contentaba a la derecha católica –era masón- ni representaba la moderación de centro. Se tuvo que retirar.

Hay muchos militantes que piensan que el momento crítico de la DC fue la creación de la Nueva Mayoría. Los que lo ven en forma positiva dicen que es allí donde se pudo consolidar la afiliación del partido en la centroizquierda. Los que lo ven en forma negativa dicen que la Nueva Mayoría fracturó en forma profunda la identidad de la DC. Los que intentan ser “objetivos” estiman que la participación en el gobierno sólo postergó una confrontación que era inevitable.

Pero lo que se vio en la Junta del fin de semana pasado es que la idea de “gobierno” dentro de la DC se ha convertido en una hidra de muchas cabezas. Ya no es sólo el gobierno central, que distribuye un par de miles de empleos, sino también el gobierno de las comunas, donde hay muchos más miles de puestos de trabajo, y también esa forma más viscosa de gobierno que son los parlamentarios, muy a menudo articuladores entre ambos espacios. Y pronto se agregarán los gobiernos regionales (actuales intendencias). No se trata sólo de empleo, como suele decir la derecha caricaturesca, sino de que es en los gobiernos donde realiza, finalmente, la vocación pública, como aprendieron muchos jóvenes en el primer gobierno de Piñera.

El centro del debate de la Junta DC fue, como era previsible, la política de alianzas. El único que concita acuerdo transversal es la voluntad de mantener una alianza de largo plazo con los mundos socialistas y socialdemócratas. Pero seguir con la Nueva Mayoría significaría seguir con el PC; y, de hacer caso a algunos dirigentes del PS y el PPD, también significaría abrirse al Frente Amplio.

El sector contrario a estas ideas, liderado por Gutenberg Martínez, propició un voto político que excluyera en forma expresa al PC y al Frente Amplio (resolución tercera: “El PDC descarta la continuidad de la Nueva Mayoría y su ampliación hacia el Frente Amplio…”. El grupo de los “progresistas” (antes serían “los chascones”) quiso un voto más abierto, en cierto modo más tributario del bacheletismo, con su relación de complicidad con el PC y su paternalismo ante el Frente Amplio. Este último se impuso por diez votos, una cifra modesta en una Junta modesta y un debate extremadamente modesto, donde se reveló lo que quizás sea el problema decisivo de la DC: la primacía de los intereses por sobre las ideas.

En los pasillos de la Junta –no en el plenario- hubo diputados que dijeron que habrían votado por la opinión de Martínez, pero necesitaban una política de alianzas más flexible porque tendrían proyectos con la necesidad de votos izquierdistas. Hubo alcaldes que dijeron que la presencia del Frente Amplio en sus comunas (pocas) las haría ingobernables si no pactan con ellos. El voto no implicaba nada de eso, pues trataba sobre acuerdos políticos y coaliciones, no sobre entendimientos de ocasión. Pero la exclusión expresa del PC y el Frente Amplio en un documento como ese sería –decían estos dirigentes- como una declaración de guerra.

El voto alternativo, el “progresista”, propone una política más amplia, aunque también con algunos bordes filosos: por ejemplo, el propósito de defender las “conquistas sociales”, que además de constituir una alusión al gobierno de la Nueva Mayoría viene a excluir al grupo ya emigrado de Mariana Aylwin, que se fue precisamente por ser crítico de la forma de comprender tales “conquistas sociales”. Para decirlo de una manera simple, el voto “progresista” es más abierto, pero hacia la izquierda.

A pesar de las extensas discusiones de la Junta, no se puede decir que hubiese un debate verdaderamente político. Muchos, quizás demasiados, dirigentes estaban por dejar pasar un tiempo para que las aguas se encaucen por sí mismas. No sólo hubo poca gente –de 800 habilitados, unos 400 asistentes y unos 300 votantes-, sino que era gente ligeramente desanimada, más cerca del funeral que del carnaval.

Lo que nadie niega es que a la DC le ha ido extraordinariamente mal en los últimos años. Además de disminuir en todos sus números netos, se ha vuelto volátil y desleal. El primero en constatar esto fue Claudio Orrego en su candidatura a las primarias del 2013. Pero aun con ese antecedente parecía impensable que la votación por la candidata presidencial fuese menos de la mitad que la de los diputados y senadores DC elegidos ese mismo día. Estudios privados estiman que cerca de un 48% de los militantes apoyó a Sebastián Piñera en la segunda vuelta, mientras sólo un 26% votó por Alejandro Guillier. La distribución de culpas por lo que ocurrió es un interminable rosario de acusaciones: ni siquiera hay acuerdo en el diagnóstico.

En estas condiciones, sostener que la DC puede liderar a la oposición parece un mal chiste. Bien por el contrario, y como es lógico ante un cuadro semejante, Piñera se ha apropiado de algunas de las banderas fundacionales de la DC –la familia, la pobreza, la clase media- y su segundo gobierno amenaza con succionar parte de esas motivaciones que la alimentaron por varias décadas. Otros grupos, que ven a un partido incoherente, han emigrado hacia la izquierda, como fue la tendencia también histórica en otros períodos de crisis, hasta la rara excepción de Adolfo Zaldívar.

El entrampamiento es muy profundo. Si el grupo que lidera Gutenberg Martínez renuncia al partido, la DC perderá cerca de la mitad de su militancia, atendiendo al resultado de la votación en la Junta. Si saliera el otro grupo –lo que no se ha planteado-, pasaría más o menos lo mismo. En los dos casos, lo que quedaría sería una fuerza política de poca relevancia, quizás energética y con muy marcada identidad, pero sin interés. ¿Dejar de ser interesante es, quizás, el comienzo del fin de un partido? ¿O antes que eso está la pérdida de todo sentido de fraternidad?