Mi hermana mayor entró a la universidad este año. Estudia Trabajo Social en la UTEM y participa en la toma feminista. El otro día vino a mi casa y conversamos largo y bonito. Saqué una libreta y anoté todo. Le pregunté los motivos de la toma. Dijo que había profes y estudiantes acusados por abuso sexual, acoso y violencia de género. Y yo le decía: ya, pero ¿qué hicieron exactamente? No de mala fe, sino porque hay que caracterizar la violencia para verla. Las cosas aparecen cuando se nombran. Por ejemplo, no es lo mismo decir abuso sexual que violación. Violación es violación, es alguien que usó artilugios, trampas, mentiras, fuerza, violencia, chantaje emocional, golpes y cualquier recurso de coacción para tener sexo con alguien sin su consentimiento. Y como dice Virgine Despentes, hay que decirle violación a la violación, para que llamemos violadores a los violadores y todo el mundo sepa qué son: seres que la meten a la fuerza. Karadima: violador. Woody Allen: violador. Tu profe universitario: violador. Tu compañero de curso: violador.

Mi hermana dijo que por ahora se hablaba de abuso. Los casos se están investigando y para eso son las tomas separatistas o sólo de mujeres, para que exista un espacio seguro en el que las compañeras puedan hablar. Me acordé de las primeras reuniones del Observatorio Contra el Acoso Callejero. Nos juntábamos a trabajar en el proyecto de ley o en la primera campaña comunicacional y, sin querer, siempre compartíamos experiencias de violencia. Entonces me hizo sentido lo de las tomas separatistas, porque hay cosas que nos suceden como grupo, en esta diferencia política que se ha construido, y es bacán saber que no eres la única que detesta esa diferencia transformada en desigualdad, que hay otras como tú, que hay compañeras con quienes enfrentar esto que nos daña.

Entonces con mi hermana pensábamos que está bien el espacio sólo de mujeres, para el desahogo y la estrategia, pero que después hay que mezclarse, hay que salir de ahí, porque la paradoja del mundo es que estamos atrapados en un mismo planeta aunque somos diferentes. Nuestra condena es aprender a convivir.

En este punto siempre pienso en el dilema del erizo: un grupo de erizos vive bajo el mar y para sobrevivir tienen que acercarse y alejarse hasta encontrar el equilibrio entre enterrarse las púas y darse calor. Lo mismo las personas. Una se acerca y se aleja de alguien para buscar el punto exacto en el que el calor vale la pena. Esa frontera es el consentimiento. Es la frontera que delimita el placer del dolor. Y cada vez que esa frontera se traspasa sin permiso, con violencia; es necesario aplicar fuerza de vuelta para expulsar a ese cuerpo extraño del propio territorio. Es necesario enterrar la púa del erizo. Porque si no les duele ni les incomoda, nunca se van a dar cuenta de que son abusadores, nunca se van a enterar de que eso que siempre pensaron que era coqueteo inocente o sexo difícil en realidad se llama violación. En la revolución, el golpe avisa.

*Periodista y escritora