La trampa de la economía

Trabajadores Pyme

Cuando el desplome de la confianza en las instituciones no ha dejado a ninguna en pie, el devenir económico local –que según los indicadores perceptuales es el mejor de la región- emerge, quizá, como el último espacio de confianza de la ciudadanía hacia el Estado.




Según Latinobarómetro 2018, hay un 26% de los encuestados en Chile que considera que la economía nacional es buena o muy buena.

El dato es interpretable, pero, comparativamente con otros países de la región, Chile cuenta con la más positiva de las percepciones respecto de la economía. Dentro del contexto latinoamericano, aparecemos como un oasis en el desierto de las percepciones económicas y, así todo, el devenir de la economía local se ha tomado buena parte de la agenda país. ¿Qué está pasando? ¿En qué momento se economizó la conversación?

Ya en la campaña presidencial, la promesa de tiempos mejores implicaba apuntalar el crecimiento económico –que, según la campaña piñerista, había sido olvidado por el gobierno saliente- para otorgar más y mejores oportunidades a los ciudadanos. ¿Y qué entendió o quiso entender la ciudadanía? ¿Cuál fue la expectativa generada? Que habría mejores oportunidades laborales y, particularmente, mejores sueldos.

En otras palabras: nos prometieron un futuro esplendor y lo que tenemos es un presente empantanado, precario y a crédito. En los hechos nada muy distinto a lo que se criticaba a la administración bacheletista.

Y es que en un país donde el costo de la vida es muy alto -un académico constató hace poco que una canasta básica de alimentos en un supermercado cuesta prácticamente lo mismo que en Suiza-, el ingreso mediano es menor a 400 mil pesos y donde el 60% de la población tiene que endeudarse para cumplir con sus obligaciones, las expectativas sobre el mejoramiento económico instalaron un escenario en el que, a diferencia de otros países de Latinoamérica, la esperanza era la de estar mejor y no solo menos mal.

El problema es que, hasta ahora, los indicadores económicos objetivos y particularmente los subjetivos no logran despegar, poniendo pesada la pista a las promesas sembradas en torno a los tiempos mejores y acrecentando la frustración. El primer trimestre de 2019 se logró un magro 1,6% de crecimiento del PIB y, en lo subjetivo, las percepciones han pasado casi todas a terreno negativo. Incluso la expectativa de mejoras en la economía personal, que hace 12 meses se mantenía auspiciosa, ha ido cuesta abajo en las dos últimas mediciones de la Agenda Ciudadana Criteria.

La trampa está en que, en el contexto actual, generar expectativas económicas y no cumplirlas tiene un efecto que va más allá de la potencial frustración y su impacto en la imagen del gobierno, que prometió hacer florecer el desierto.

Cuando el desplome de la confianza en las instituciones no ha dejado a ninguna en pie (hace pocos años aún había órganos del Estado generadores de confianza, como la Presidencia de la República, Carabineros, el INE, entre otras), el devenir económico local –que según los indicadores perceptuales es el mejor de la región- emerge, quizá, como el último espacio de confianza de la ciudadanía hacia el Estado. Un Estado con instituciones cada vez más desacreditadas, pero capaz de promover un contexto económico vigoroso para el mejoramiento de la calidad de vida de los ciudadanos.

Destapado un nuevo caso de nepotismo en el Estado a propósito del viaje presidencial a China, vulnerado el INE, corrompidos sectores del alto mando de las Fuerzas Armadas y de Carabineros, desacreditado el Poder Judicial y ahora más conscientes de la penetración narco en diversas zonas del país, el escenario es sombrío. Ronda el imaginario ciudadano de un Estado fallido, inútil, incapaz de representar los intereses o las preocupaciones de la población. De condimentarse con una crisis de expectativas o una gran frustración económica, pocos serían los elementos de cohesión social que nos quedan para validar la importancia de obedecer y respetar las normas que rigen y ordenan la vida común.

Es de esperar que por una parte los actores políticos y empresariales sopesen bien la relevancia de manejar las expectativas económicas y que, por otra, la economía misma nos termine sorprendiendo positivamente y no impeliéndonos a leer "Cómo mueren las democracias" de Steven Levitsky y Daniel Ziblatt, mientras seguimos pensando que estamos mejor que el resto de la región.

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