Astrónoma y analista de datos científicos, Javiera Rey: “Cuando pensamos en científicos automáticamente se nos viene a la cabeza la imagen de un hombre blanco con delantal”




Javiera Rey (35) no calza con el estereotipo que suele determinar cómo percibimos a las personas que se dedican a las ciencias. Es mujer, joven y se tiñe el pelo de verde, azul y rosado. Como ella misma aclara, no es una Marie Curie, no se la ve siempre con delantal –más bien con poleras grandes de la NASA que compra en la sección de hombres– y para sacar su carrera en astronomía tuvo que aprender a la mala a incorporar hábitos de estudio, porque no salió del colegio siendo matea y mucho menos siendo genio, como Albert Einstein.

Y es que, como explica Javiera, en el imaginario colectivo predomina la idea de que para ser científica o científico hay que ser de determinada forma. Y esto empieza desde chicos. De hecho, el investigador David Wade Chambers lleva años estudiando cómo se percibe a los científicos durante la infancia y, mediante su estudio longitudinal llamado “Draw a Scientist” (en inglés el término es neutro), ha logrado develar que la imagen estereotipada del científico -que alude justamente a un hombre tipo Einstein- está presente desde los primeros años. Hasta la fecha, son pocos los que se salen de eso cuando se les pide dibujar a una persona del rubro, y son más niñas que niños las que dibujan a mujeres. “A mí me han dicho que no puedo ser científica porque parezco mina de Yingo, ahí uno se da cuenta de que siguen pesando mucho los estereotipos. Es cosa de ver que todavía cuesta que los niños y niñas dibujen a una mujer científica. Y las que sí lo hacen, las siguen dibujando con delantal y muy formales”, reflexiona. “Y la verdad es que no necesariamente es así, somos seres humanos complejos, como todos”.

Javiera estudió en un colegio de monjas, pero nunca sintió la presión por tener que cumplir con los roles de género. “No sentí que nos educaran para ser esposas ni para tener que cocinar. Nunca sentí que una profesora nos cortara las alas, y de hecho casi todas eran mujeres, entonces teníamos referentes femeninos en materias como química y biología. Todas ellas promovían que estudiáramos lo que quisiéramos. Pero ahora me doy cuenta que tuve suerte y que mi historia no es la de todas”. Con ese impulso, Javiera entró a estudiar astronomía y cuando terminó la carrera hizo un magíster en Francia y luego un doctorado en astrofísica en la Universidad de Ginebra. Pero como ella misma dice, su caso no es representativo de la realidad nacional.

De hecho, en 2019 la Sociedad Chilena de Astronomía realizó un estudio que dio cuenta de que a mayor nivel educativo, menos mujeres hay en el rubro (cosa que se replica en la mayoría de las carreras). Y es que si en el postgrado un 56% de los estudiantes son hombres, versus un 44% de mujeres, ya en el nivel académico un 79% son hombres y solo un 21% son mujeres. “Cuanto más vamos subiendo de rango, más mujeres vamos perdiendo, esa es la realidad”, comenta Javiera.

Luego de dos años de haber trabajado en el Observatorio de las Campanas (en La Serena), Javiera decidió cambiarse de rubro: ahora es analista de datos en Giant Monkey Robot, una empresa de videojuegos. “En realidad no está muy alejado de lo que suelo hacer, porque soy como una científica de datos. Desde chica jugué muchos videojuegos, tuve Nintendo, Gameboy y Nintendo 64, y siempre me picó el bichito de qué podía hacer en este rubro con mis conocimientos. Mi pololo es diseñador de videojuegos y de repente, cuando se abrió este puesto, quise intentarlo. Ahora analizo los datos para ir viendo el desempeño del juego, de sus nuevas funciones o nuevos personajes, para ver qué lo hace más rentable”. De un total de 100 personas que trabajan en la empresa, solo 15 son mujeres.

Está comprobado que las niñas se empiezan a sentir menos capaces en ciertas materias desde los 6 años. Muchas ven sus sueños truncados sin siquiera tener la posibilidad de intentarlos.

Los sesgos están tan interiorizados que muchas veces son inconscientes. O aun cuando sabemos que existen, nos cuesta mucho eliminarlos. Esto se da en la casa, en el colegio, pero también en niveles más altos. Por ejemplo, ahora tratamos de no poner el nombre del investigador principal en las investigaciones cuando postulamos a fondos, porque está comprobado que la tendencia es a evaluar de mejor manera a los hombres. Eso también pasa con los currículum; si hay dos personas con la misma experiencia, se suele optar por el hombre. También tenemos profesores a los que no les han enseñado a eliminar esos sesgos. Uno puede tratar de hacer lo mejor posible desde su buena voluntad, pero hay métodos que serían más eficientes, como enseñar la pedagogía con un enfoque de género. Porque esto tiene que darse desde la formación de los profesionales. La otra vez participé en un conversatorio en el que una de las expositoras habló de los estereotipos y las caricaturas. Cuando se habla de científicos, automáticamente pensamos en el hombre blanco, con bata y medio genio. O pensamos en Rick y Morty. Esos son estímulos que les llegan a los niños y niñas y que refuerzan los estereotipos. Es casi natural, en ese contexto, que las niñas sientan que no pueden entrar a este mundo o que sus fortalezas son otras.

Por eso la importancia de los referentes.

Eso es clave. Con dos compañeras de la Universidad de Valparaíso empezamos en el 2013 un blog que se llama Star Tres (startres.net). La intención era poder desmitificar las noticias falsas en torno a la astronomía, porque nos dimos cuenta de que existía mucha desinformación y que la gente sentía temor por ciertas cosas. Nos preguntaban por ejemplo qué iba a pasar con tal asteroide. Quisimos entonces resolver todas esas dudas y dado que yo estaba a la distancia, se nos ocurrió hacer un blog de tres mujeres hablando de ciencia. Y parte importante de lo que hacemos es justamente visibilizar el trabajo de otras científicas, aunque nuestro público objetivo no sean necesariamente niñas chicas. Pero sentimos que esa pega es fundamental y hay que hacerla.

¿Tu tuviste referentes?

Nadie en mi familia había estudiado algo ligado a la ciencia, pero siempre sentí el apoyo. Por mi lado, mi abuelo era marino, muy autodidacta y tenía la costumbre de dejar recortes de noticias de diario en sus libros. Yo los revisaba y de repente me encontraba con fotos de distintas misiones espaciales. Por otro lado, con mi familia viajábamos mucho a La Serena y nos gustaba mirar el cielo y contar satélites. Ya cuando estaba en octavo básico, en el año 99, para un trabajo del colegio me topé con una revista en la que había un reportaje sobre la misión espacial Cassini-Huygens, que se lanzó en el 94 para estudiar Saturno. Empecé a leer y quedé fascinada con la posibilidad de explorar otro lugar. En esa época estaba en Virtualia y conversé con alguien que me dijo que en la Universidad Católica de Santiago dictaba Astronomía. Decidí que eso iba a hacer. Duré dos años en la universidad, porque a mis papás les costó mucho en términos económicos y porque a mí no me estaba yendo tan bien. Al final di la PSU de nuevo solo para volver a entrar a Astronomía, pero esta vez en la Universidad de Valparaíso. Y ahí pude desarrollarme en lo que quería. En ese sentido, nunca me vi limitada o discriminada por ser mujer o por mi look personal. Pero mi caso es poco común; para muchas, de haber tenido referentes se habrían sentido más capaces. Por todos lados nos dicen y refuerzan que no lo somos, y se ve incluso en la ropa. La de niñas siempre tiene flores, princesas y no nos permite movernos con flexibilidad.

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