Columna: Una nueva normalidad

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Tengo mil ideas dando vueltas en la cabeza. No alcanzo a escribir la frase completa, cuando, de pronto, aparece la otra. Entremedio canto El Derecho de Vivir en Paz, me meto a Instagram, miro las fotos de mis amigos en las marchas, les mando corazones con un puño en alto. Lloro con un video, lo comparto. Vuelvo al computador. Mi hijo quiere ir a comprar helados al supermercado, le explico que no podemos, pero no sé si contarle que lo quemaron. Me río de un meme con ovnis, lo comparto. Trato de escribir. No puedo.

La vida normal no era así.

La vida normal era trabajar hasta quemarse las pestañas y –a ratos– preocuparse por el futuro: por no pagar la AFP desde que se me ocurrió trabajar en la casa para cuidar a mis hijos y alegar por el alza de la Isapre que apenas uso, porque, hasta ahora, estamos todos sanos. Pero me da susto pensar en el día en que alguno de los míos se enferme de algo grave, porque me imagino haciendo bingos y rifas, como las tantas que he comprado para los amigos de mis amigos que necesitan pagar el cáncer alguno de sus hijos o el tratamiento de algún niño con discapacidad. Aún así, agradezco el privilegio porque tengo techo, comida y educación. Ya nos quedan pocas cuotas del crédito que pedimos cuando las vacas estuvieron muy flacas y últimamente no he comprado la mercadería con la tarjeta de crédito. Puedo seguir machacándome.

Dicen que los humanos nos acostumbramos a cualquier cosa. Estoy segura que es así, por algo la consigna de estos días ha sido: Chile despertó. Y es que antes estábamos dormidos, no precisamente en los laureles, sino que en la costumbre de que todo cuesta mucho, de que la vida es injusta, pero bueno, al menos tenemos Democracia y Ravotril.

Resulta curiosa la opinión internacional sobre la imagen de Chile. Parecíamos un país rico, seguro y en crecimiento. Pero no eran más que celulares de palo, de esos que aparecieron para tirar pinta a principios de los noventa, cuando también llegaron los mega supermercados y la amplia oferta de productos importados y caros, esos que llenaban carros que nadie pagaba y quedaban abandonados en los pasillos, todo –nuevamente– para tirar pinta. Eso más el auto, nuevecito de paquete.

Estos días han sido negros de muertes y luminosos de marchas. Nos hemos cuestionado todo: lo que vale, lo que no vale, lo que sirve y lo que no. Hemos hablado con el vecino, discutido con el amigo, comprado en el negocio de la esquina. Hemos caminado la ciudad y nos hemos reunido en las plazas de los pueblos. Muchos no sabemos exactamente cómo hacerlo, pero queremos un país nuevo. Conversamos de eso, tenemos ideas, ganas, energía. Estamos luchando y más despiertos que nunca.

Pensar que todo esto lo provocó un salto en el Metro, uno rabioso de injusticias y cansado de mentiras. Un salto y un empujón a un nuevo Chile, uno en el que queremos que El baile de los que sobran sea solo una buena canción.

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