*Panal - Panal (1973)

No hay muchos antecedentes de supergrupos en el cancionero popular chileno, por lo que este proyecto exhibe carácter de hito. A principios de los años 70, y aleonados por el suceso de Los Jaivas, el sello IRT le encarga al bajista José Ureta reunir a algunos de los más reputados artistas de la época para seguir explorando y rentabilizando el abrazo entre rock y música de raíz.

Así, los llamados fueron en dirección a Denise y Carlos Corales, de Aguaturbia; el experimentado baterista Patricio Salazar; otro instrumentista de fuste, el pianista Francisco “Pancho” Aranda; y finalmente los percusionistas Ivan Ahumada y Juan Hernández: en cuestión de días, ya estaba andando Panal, con una fusión entre tambores latinos, latigazos eléctricos, voces distorsionadas y teclados que rasguñaban lo inventado por Santana sólo un par de años antes.

Una sensibilidad bolivariana -destaca el cover de Si somos americanos, de Rolando Alarcón- que los llevó al Festival de Viña de 1974, en un ascenso que después el apagón cultural propio de la dictadura se encargó de sepultar. Eso sí, para los libros, queda este disco como testimonio irrepetible y singular, dentro de lo mejor del catálogo que dejó el rock chileno de los años 70.

 

*Billy Preston - It’s my pleasure (1975)

¿Un disco para maravillarse con Billy Preston más allá de su reconocido vínculo con The Beatles?

Aquí, su décimo álbum en solitario, bisagra a un sonido más moderno, con texturas dominadas por sintetizadores y teclados, y un aire de funk galáctico y espacial que lo emparenta con contemporáneos como Stevie Wonder y Sly & the Family Stone.

De hecho, como una hermandad inevitable, Wonder aparece tocando armónica en dos tracks, mientras George Harrison, amigo desde siempre, despacha sus riffs escondido en los créditos bajo el nombre de Hari Georgeson. Preston es soul, funk, jazz, psicodelia y también rock. Imperdible.

 

*Elis Regina - Falso Brilhante (1976)

No hay grises en la figura de Elis Regina.

Su legado siempre se ha repartido entre la sensibilidad y el temperamento, la calma y la vehemencia, la gloria y la tragedia, desenlace sellado de modo prematuro a los 36 años, como efecto de una supuesta sobredosis.

Eso sí, hay una idea casi sin segundas opiniones: es la mayor voz femenina que ha entregado Brasil. Este disco extraordinario de 1976 la muestra volcánica desde los primeros segundos, para después fluir frágil en temas como Fascinação, Tatuagem o Jadins de Infância, derribando incluso ese ombliguismo que envuelve a la cultura de su país al incluir versiones personalísimas de Violeta Parra y Atahualpa Yupanqui.

Una intérprete única.

 

*John Cale - Fear (1974)

El hombre que ayudó a dar vida a Velvet Underground impulsó desde 1970 un trayecto solista donde hizo convivir su vida inquieta y experimental con melodías para oídos menos ortodoxos.

Este disco es quizás el balance perfecto, con pianos afables que derivan en baterías disonantes, baladas ensambladas sobre riffs que parecen no avanzar a ningún lado, decorados sintéticos extravagantes mientras la voz de Cale a momentos reluce cándida, después aguda, más tarde inexpresiva y luego tétrica. Fear is a man’s best friend, al inicio, es el mejor ejemplo.

El multiinstrumentista galés quiso asomarse a otras audiencias, pero sin nunca torcer parte de su personalidad distintiva.

 

*Marianne Faithfull - Broken english (1979)

Encarnación por partes iguales de la gloria y los pecados de los años 60, pareja tanto de Mick Jagger como de Keith Richards y compañera de juerga de los Beatles, Faithfull parecía sin vuelta en dirección al despeñadero. En el decenio siguiente naufragó entre la bulimia, la anorexia, los excesos, la indigencia, los intentos de suicidio y una indiferencia generalizada por parte de esa misma industria que la había elevado como un ángel dorado dentro de la vorágine de la mejor época del rock inglés.

Todo parecía consumirse hasta que llegó este trabajo, quizás el mejor álbum menos masivo de una cantautora durante los 70, la década donde las voces femeninas convirtieron sus canciones en cirugías a corazón abierto: debería estar al lado de las obras cumbres de Joni Mitchell, Carole King, Patti Smith o Fleetwood Mac.

Si no lo está, no sólo tiene que ver con cierta falta de justicia que para muchos ha sentenciado la trayectoria de la británica. También guarda relación con su voz tosca, ahogada, poco encantadora -nunca fue un prodigio interpretativo-, deslizándose no entre guitarras rockeras, sino que entre teclados amenazantes, sintetizadores que resuenan como burbujas en un mundo hechizado donde una bruja clama venganza. Por algo Witches’ song se titula uno de los temas situados al inicio del trabajo.

Igual no se olvida de sus compañeros de juventud y reversiona aquí Working class hero, la proclama obrera de John Lennon. Es, por lejos, la mejor relectura que existe de la canción. Y la más cruda.

 

*Camel - Mirage (1974)

Si el rock progresivo se tradujera en la película Avengers, está claro que la primera línea la integrarían Genesis, Pink Floyd, King Crimson y Yes.

Muy atrás en el elenco estaría Camel: un conjunto británico eclipsado por los superhéroes de su generación, pero cuyo segundo álbum supone una auténtica travesía sónica entre guitarras endiabladas permeando murallones de teclados, mientras nerviosos sintetizadores que pintan un imaginario cósmico se funden con una pesada musculatura instrumental que resuena a Black Sabbath, todo para culminar en la suite Lady Fantasy, el cierre de un tobogán que nunca da tregua.

 

* Willie Colón y Héctor Lavoe - The Good, the Bad and the Ugly (1975)

Una eslabón fundamental en la historia de la salsa y otra pieza que sitúa al género más allá de su naturaleza festiva, confirmándolo como una expresión pródiga en virtuosismo, afán creativo y letras narradas como crónica social.

Es el trabajo que marca el fin de la histórica colaboración entre Colón y el inmenso Héctor Lavoe, sumando en algunos temas a la otra gran leyenda del cancionero, Rubén Blades.

Rock latino, congas, trombones voluptuosos, percusiones que viajan a Brasil y soul con aditivos caribeños para un trabajo engalanado por una canción tan bella como Cua cua ra cua cua, donde el rencor amoroso se asume y se celebra.

 

*The Pop Group - Y (1979)

El cierre de los años 70 abrió las compuertas gigantes -caóticas, delirantes, indescifrables- del post punk: músicos hastiados de la simpleza ramplona y chillona de ese puñado de acordes llamado punk rock, irrumpieron dispuestos a empujarlo hacia nuevas formas estilísticas, menos ortodoxas, más intelectuales, disruptivas en su propósito de sepultar los convencionalismos en que, según ellos, se había adormecido el género.

En el operativo de destrucción y reconstrucción entró el reggae, el funk, la música disco, los sonidos africanos y la electrónica, además de alusiones que iban desde el existencialismo hasta las cintas de terror. Nada de pataletas ni bravuconadas.

Pocos grupos tuvieron una actitud tan kamikaze -lanzarse suicidas contra el sistema musical imperante- como The Pop Group.

Formados en Bristol en 1977 y encabezados por el vocalista Mark Stewart, su álbum debut avisa rabia desde su portada: una tribu de Nueva Guinea al acecho parece mostrarle los dientes y sus armas a Occidente. En su apuesta, suenan tribales, ruidosos, molestos, agitadores, en trazos sin respiros que van desde el dub hasta el free jazz.

Si los años 70 (sobre todo su epílogo) se levantan como una experimentación promiscua sin demasiado guion, la primera vez de The Pop Group asoma como una de sus muestras más sustantivas.

 

*Betty Davis - Betty Davis (1973)

Activismo, rudeza, baile, empoderamiento, ferocidad y lujuria en partes iguales. Como si se tratara del germen de Prince, pero transfigurado en cuerpo femenino.

El debut de Davis es un mazazo que la confirma como una de las mayores figuras en la historia del funk, arrimada a bajos voluptuosos, guitarras pesadas y un fulgor interpretativo siempre al choque, orgullosa de ser mujer afroamericana. Un trabajo sin desperdicio.

Intentando dar con alguna definición, alguna vez su contemporáneo Carlos Santana soltó la siguiente alegoría: “Betty era una mujer pantera negra. Una chica imposible de dominar”.

 

*Traffic Sound - Traffic Sound (1970)

Está claro que la historia nunca es demasiado justa: la escriben los vencedores y casi siempre bajo caprichos que relegan a otros igual de valiosos. De alguna forma, eso no ha permitido valorar al rock peruano en su justa estatura y calidad, sobre todo a fines de los 60 y principios de los 70, con un sonido y un arrojo creativo que los debería haber tenido en la primera línea continental (lo mismo que sucedió con Los Jaivas un par de años después).

Traffic Sound es una banda formada en Lima que coge el ánimo lisérgico, ensoñado y experimental de las agrupaciones del hemisferio norte, pero con una cadencia propia de Latinoamérica; aunque cantan en inglés, hay un innegable sentido vernáculo, además de un cóctel de guitarras, flautas, teclados y vientos finamente calibrados. Su segundo disco es la mejor muestra.

 

*Los Jaivas - El Indio (1975)

Aunque se suele situar a Alturas de Machu Picchu (1981) como su cumbre creativa, este título en pleno corazón de los 70 guarda otro mérito: es la obra con que empiezan a establecer su lenguaje definitivo.

El nudo entre voltaje, folclor, acento panamericano, improvisación, complejidad y paisajes instrumentales adquiere un cuerpo robusto, diseñado desde su estadía en Argentina tras zafar del Chile de la dictadura y con cambios en sus filas, con Julio Anderson en reemplazo de Mario Mutis.

Parece que la lejanía le otorgó a los viñamarinos una perspectiva más aguda tanto de su vida en Chile como de su propia obra, materializada tanto en clásicos de su catálogo como en la búsqueda inquieta que resuena en Pregón para iluminarse o La conquistada.

 

*Tim Maia - Tim Maia (1970)

Estrella en Brasil desde los años 60, Tim Maia es propietario de una carrera turbulenta, una suerte de prontuario que incluso registra una temporada en prisión en Estados Unidos, desde donde fue deportado a su tierra natal.

El hecho quizás no le sirvió para su certificado de antecedentes, pero sí para su tonelaje creativo: desde Norteamérica trae el soul, para maridarlo con ritmos locales como samba, baião y xaxado, todo secundado por su voz pesada y pastosa, como un Barry White moldeado por las favelas.

Este álbum debut es el primer intento por imponer su estilo, adictivo de principio a fin, la síntesis de un talento magistral en una nación rebosante en luminarias culturales.

 

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