Pese a haber sido aliados durante la Segunda Guerra Mundial, para la década de 1950, los Estados Unidos y la Unión Soviética se habían convertido en enemigos. Del mismo bando de los vencedores de las potencias del Eje, fueron las diferencias ideológicas lo que terminó por distanciar a ambos colosos. Cada uno se mantuvo en su zona de influencia, pero tratando de golpear al otro sin un ataque directo.

“La división del mundo, o de una gran parte del mismo, en dos zonas de influencia que se negoció en 1944-1945 pervivió. Durante treinta años ninguno de los dos bandos traspasó la línea de demarcación fijada, excepto en momentos puntuales. Ambos renunciaron al enfrentamiento abierto, garantizando así que la guerra fría nunca llegaría a ser una guerra caliente”; comenta el reputado historiador Eric Hobsbawm en su clásico Historia del siglo XX (Crítica, 1994).

Si bien, hubo momentos en que el escenario internacional llevó a que ambos se enfrentaran a través de otros en el mundo (como en la Guerra de Corea, 1950-1953, donde la URSS apoyó al norte y EEUU al sur), el grueso del conflicto se llevó a cabo ahí donde los novelistas llegan. Los recovecos de las informaciones secretas.

Guerra de Corea, 1950-1953.

“La guerra fría, que sí procuraba estar a la altura de su propia retórica de lucha por la supremacía o por la aniquilación, no era un enfrentamiento en el que las decisiones fundamentales las tomaban los gobiernos, sino la sorda rivalidad entre los distintos servicios secretos reconocidos y por reconocer, que en Occidente produjo el fruto más característico de la tensión internacional: las novelas de espionaje y de asesinatos encubiertos”, señala Hobsbawm.

Esa rivalidad encubierta es la que pilló a un matrimonio de judíos estadounidenses a comienzos de la década de 1950. Julius y Ethel Rosenberg. Ambos, nacidos en Nueva York. Él, ingeniero eléctrico, y ella, secretaria. El problema es que simpatizaban con el comunismo, justo en el peor momento para ser comunista en los Estados Unidos. De hecho, Julius estaba filiado a la Liga Juvenil Comunista, aunque eso no le impidió pertenecer -dadas sus competencias en la electricidad- al Cuerpo de Señales de Estados Unidos en 1940.

Juluis fue asignado a un laboratorio en Fort Monmouth (Nueva Jersey), donde participó en investigaciones cruciales sobre electrónica militar, sobre todo lo que tiene que ver con uso en radares, comunicaciones y misiles. El más importante de todos, ya lo habían exhibido ante el mundo: la bomba atómica arrojada en Japón, en 1945, sobre las ciudades de Hiroshima y Nagazaki en los terribles 6 y 9 de agosto.

Julius y Ethel Rosenberg.

Por entonces, en la tierra del tío Sam se especulaba que la URSS podría eventualmente alcanzar también un desarrollo de arsenal nuclear, pero no esperaban que alcanzara a los Estados Unidos tan pronto. Por eso, la sorpresa fue mayúscula cuando los soviéticos anunciaron su primera prueba de detonación nuclear. Y peor, el arma a detonar era muy similar a la que Estados Unidos desarrolló en el llamado Proyecto Manhattan, que -en su parte científica- dirigido por Robert Oppenheimer, desarrolló los misiles Little Boy y Fat Man, que estallaron en Japón.

Para los estadounidenses, los soviéticos no podrían haber llegado de otra forma a desarrollar un arsenal nuclear si no era desde una filtración. Así, comenzó una frenética búsqueda de un culpable. Y lo hallaron pronto. Su nombre era David Greenglass, un antiguo operario del Proyecto Manhattan en Los Alamos, a quien se detuvo junto a su mujer Ruth.

En su declaración ante el FBI, Greenglass confesó que efectivamente había pasado información secreta a los soviéticos. Pero, para esquivar el bulto, dijo que lo había hecho a petición de su esposa, Ruth, quien a su vez, actuaba a instancias de otro nombre: Julius Rosenberg. El tema espinudo ahí, es que Julius estaba casado con su hermana, Ethel Greenglass.

David Greenglass, el hermano de Ethel, y quien inculpó a los Rosenberg.

Julius fue el primero en caer apresado tras esa declaración -una delación más bien- y quince días más tarde fue el turno de Ethel. Para la prensa, fueron culpables antes de cualquier juicio. El caso se tomó las portadas de los medios de costa a costa y en Estados Unidos no se hablaba de otra cosa. Como prueba de eso, en su novela La campana de cristal, de 1963, Sylvia Plath escribió: “Era un extraño y bochornoso verano, el año en que electrocutaron a los Rosenberg...”.

“La idea de que te puedan electrocutar me asquea y en los periódicos no se leía otra cosa: los titulares desencajados me asechaban desde todas las esquinas por la calle y en todas las bocas del metro hediondas, con un tufo rancio a cachuetes”.

En el juicio, solo con la declaración de David, se pudo establecer la responsabilidad de Julius, pero no la de Ethel. En un principio, David no inculpó a su hermana, sin embargo, las cosas cambiaron cuando él y Ruth culparon a Ethel de hacer el trabajo de mecanografiar los documentos. Años después, David reconoció que la que hacía esa labor era su propia esposa, Ruth, y no Ethel, a quien inculpó solo para salvar su familia. Mintió para salvarse.

Según cita National Geographic, Ruth dijo en el juicio que había visto a Julius entrar y salir del baño con los documentos y ordenar de inmediato a Ethel mecanografiar los datos pertinentes. La suerte estaba echada para ambos. Ambos, alegaban inocencia. Tenían dos hijos, Michael de 10 años, y Robert, de 6, quienes quedarían huérfanos.

El caso de Ethel, sobre todo era el más doloroso. “Ethel fue ejecutada simplemente por ser la esposa. Fue considerada culpable por apoyar a su marido”, dijo Anne Sebba, autora del ensayo Ethel Rosenberg: A Cold War Tragedy, en entrevista con The Guardian, y agrega: “Hoy es fácil criticarlos, pero eran personas que crecieron en la pobreza durante la Depresión y vivieron el ascenso del fascismo. Pensaban que estaban haciendo del mundo un lugar mejor”, dice Sebba.

El 5 de abril de 1951, se conoció el veredicto. Por “colaborar con la justicia” David fue condenado a 15 años de prisión, de los cuales cumplió 9, Ruth quedó libre. En tanto, los Rosenberg fueron declarados culpables y condenados a muerte en la silla eléctrica. Ellos seguían alegando inocencia, de hecho nunca se declararon como culpables.

Fue Ethel, quien sacó entereza y pidió clemencia al entonces Presidente de los Estados Unidos, el ex héroe de guerra Dwight D. Eisenhower. “No somos mártires ni héroes, ni aspiramos a serlo. No queremos morir. Somos jóvenes, demasiado jóvenes. Ambos anhelamos ver crecer a nuestros dos pequeños, Michael y Robert, hasta que lleguen a ser hombres. Deseamos, con cada fibra de nuestro ser, que nos restituyan en algún momento al lado de nuestros hijos para reanudar la armoniosa vida familiar que disfrutamos antes de la pesadilla de nuestros arrestos y condenas”.

El Presidente Dwight Eisenhower.

Tuvieron que pasar dos años esperando los resultados de apelaciones para que la sentencia se ejecutara. Como el resto de la familia no quiso responsabilzarse de los hijos, Michael y Robert fueron adoptados por la familia de Abel Meeropol.

Aún con ganas de contar con chivos expiatorios, la administración Eisenhower les comunicó a los Rosenberg que si Julius les daba los nombres de otros espías, y él y Ethel admitían su culpabilidad, se les perdonaría la vida. Sin embargo, eso les significaba mentir. Ante ello, emitieron una declaración pública: “Al pedirnos que repudiemos la verdad de nuestra inocencia, el Gobierno admite sus propias dudas respecto a nuestra culpabilidad...no seremos coaccionados, ni siquiera bajo pena de muerte, a dar falso testimonio”.

La fecha para la ejecución fue el 19 de junio de 1953. Tres días antes, los hijos, Michael y Robert fueron llevados a la prisión de Sing Sing, en el estado de Nueva York, para despedirse de sus padres. Ethel se mantuvo con calma y no se derrumbó, para darles tranquilidad a los pequeños, pero les entregó una carta a ambos. “Quizá pensaron que no tenía ganas de llorar cuando nos abrazamos y nos despedimos...Queridos, eso habría sido tan fácil, demasiado fácil para mí...pero los quiero más que a mí misma y sabía que necesitaban ese amor mucho más que yo el alivio de llorar”.

En la tarde del 19 de junio, una última petición de clemencia fue rechazada por el Presidente Eisenhower. A las 20.00 horas, ya le habían mandado una última carta a sus hijos. Un artículo de The Guardian, de 2021, la cita: “Nos gustaría haber tenido la tremenda alegría y gratificación de vivir nuestra vida con ustedes. Recuerden siempre que éramos inocentes y no podíamos ir en contra de nuestra conciencia. Los abrazamos y besamos con todas nuestras fuerzas. Con cariño, papá y mamá”.

El primero en ser recogido en la celda fue Julius. La idea era que en caso de una eventual confesión, fuera Ethel quien lo hiciera apremiada ante la idea de perder a su esposo y sus hijos. De eso, nada. Julius fue electrocutado de una sola descarga, a las 20.04.

Luego, fue el turno de Ethel. Un rabino fue a comunicarle la muerte de su esposo, y le sugirió que hablase, para salvar su vida. “No tengo nombres para dar. Soy inocente. Estoy preparada para morir”. Esas fueron sus últimas palabras, según recoge Infobae. Ethel debió recibir 3 descargas para fallecer, eso, según comentó EIlene Philipson en su libro Ethel Rosenberg: Beyond the Myths (1993) se debió a que los electrodos no se ajustaron “adecuadamente” al cuerpo de la mujer, mucho más menuda y delgada que Julius. Los chivos expiatorios habían muerto.

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