Es uno de los terremoto más antiguos que se conozca de Chile, uno de los más intensos y destructivos. Ocurrió el 1 de septiembre de 1420, 115 años antes de la llegada de los españoles al territorio nacional.

Se estima fue a las 2.00 am. Su magnitud sísmica habría superado los 9 grados. Posteriormente provocó un tsunami con olas y masas de agua de más de 20 metros de alto, las que penetraron más de 500 metros tierra adentro. Fue tal su potencia, que movió bloques de piedra de hasta 50 toneladas de la terraza mariana en Bahía Cisne en la comuna de Caldera, en la Región de Atacama.

Pero no existía ninguna crónica o registro que lo relatara. Recién en 2018 en un estudio publicado en la revista Sedimentology, geólogos de la Universidad de Atacama, la Dra. Tatiana Izquierdo, el Dr. Manuel Abad, el Dr. Enrique Bernárdez y el geólogo Miguel Cáceres, presentaron las primeras evidencias del mayor tsunami que se tenga registro en el Desierto Atacama. Una hipótesis que pudieron corroborar además, gracias a un evento similar en las costas de Japón hace más 600 años.

Rocas que fueron arrastradas por el tsunami de 1420 en Bahía Cisne en la comuna de Caldera, en la Región de Atacama. Foto: Manuel Abad.

Manuel Abad, hoy profesor en la Universidad Rey Juan Carlos, España, explica que reconstruir los parámetros de ese gran terremoto, y tsunami asociado, solo fue posible por las evidencias geológicas que dejó el evento. Antes nadie los había analizado. “Utilizar las formas y depósitos que dejó el tsunami es la única manera aproximada que se tiene de conocer qué sucedió y cómo”.

Considerando el tamaño y peso de los bloques que movió en los acantilados cerca de Caldera, deducieron que la altura de las olas de tsunami más grandes fue superior a los 24 metros. Algo que puede asociarse, explica “a seísmos de magnitud cercana a una magnitud sísmica de 9, tal vez incluso superior”.

Se produjo frente a las costas del extremo meridional del Desierto de Atacama (entre Chañaral y Huasco) y tuvo las características para generar un gran tsunami que atravesó todo el Océano Pacífico de costa a costa. Eso, indica que fue un gran evento sísmico interplaca “muy similar en su origen a los que hemos experimentado en las costas del sector centro-sur de Chile en las últimas décadas, como en Valdivia en 1960 o el Maule en 2010″, apunta.

Según las dataciones por radiocarbono, la fecha rondaba el siglo XV de la actual Era. En ese entonces, en la costa de Atacama sólo vivían los Changos. Un pueblo íntimamente vinculado con el mar “y que lamentablemente no poseían una cultura escrita que le permitiera dejar reflejado lo que pasó”, afirma el investigador.

Imagen de las rocas que fueron trasladadas por la fuerza del tsunami. Según las dataciones por radiocarbono, la edad del evento rondaba el siglo XV de la actual Era. Foto: Manuel Abad.

Aunque no existiera ese registro, sí fue posible estimar que el tsunami generó un gran impacto en esas comunidades. Modificó en gran medida el entorno. Probablemente destruyó muchas de sus poblaciones. “Los relatos de esa catástrofe debieron haber pasado de generación en generación, pero al final se han perdido en el tiempo”, indica.

Se trató, sin duda, de un evento sísmico de magnitudes muy altas. Un fenómeno de gran capacidad destructiva, mucho mayor de lo habitual, dice Abad, tanto por la acción del propio terremoto como por el impacto de los trenes de olas sobre el litoral.

Registros milenarios y registros en Japón

El equipo de investigadores identificó que esos grandes bloques de Bahía Cisne en la comuna de Caldera, y que fueron movidos por el tsunami, formaban parte del borde de un acantilado costero a 10 metros sobre el nivel del mar.

En la actualidad esos trozos de estratos marinos antiguos, aparecen dispersos, rotos y volteados en un sector amplio de más de 2 Km2. Muchos de ellos fueron movilizados casi 500 metros tierra adentro.

“Algunos de estos bloques superaban las 40 toneladas de peso y alcanzaban alturas de 19 metros sobre el nivel del mar, lo que significa que las olas, como poco, alcanzaron esa cota topográfica”, explica Abad. En conjunto, todas las evidencias hablan de olas de más de 20 metros, que generaron corrientes superiores a los 10 m/s, que penetraron cientos de metros hacia el interior del continente e inundaron ampliamente todo el borde costero atacameño.

Ilustración de cómo la fuerza del tsunami provocado por el terremoto desplazó la terraza marina y modificó la zona, que es lo que se aprecia en la actualidad. Imagen: Manuel Abad.

Un gran desastre natural. Aspecto que el estudio comprobó además a través del análisis de cómo el paisaje litoral se modificó con la destrucción de los cordones dunares y la erosión de las arenas de las playas.

“Mediante la datación radiométrica y descartando que el evento fuera posterior a la llegada de los europeos a la zona a inicios del siglo XVI (no había ninguna crónica que hablara de algo parecido), fuimos capaces de acotar la fecha del evento entre los siglos XIII y XV, lo que nos sorprendió mucho, ya que era muy reciente en términos geológicos”, indica.

Tenían un rango. Sin embargo, la fecha exacta parecía poco probable de averiguar. Pero se les ocurrió una idea: consultar los registros históricos japoneses. “Un terremoto tan grande tuvo que haber alcanzado las costas de Japón y generar daños, y en este país sí que existen crónicas escritas desde hace más de 1500 años”, dice Abad.

Restos de los bloques de trozos de estratos marinos antiguos, actualmente dispersos en un sector amplio de más de 2 Km2, y que arrastró el tsunami de 1420. Foto: Paulina Sepúlveda.

Y así fue. Descubrieron trabajos que mencionaban el evento. Crónicas que relatan la llegada de olas a las costas de Japón al amanecer del 1 de septiembre de 1420 y describían cómo el mar se salió varias veces, arrojando multitud de peces a la orilla y dañó construcciones de las poblaciones costeras de la prefectura de Ibaraki.

Ese tsunami, explica Abad, ha pasado a la historia como el tsunami de Oei. Un evento huérfano, es decir, sin un terremoto asociado, lo que desconcertó a los habitantes de las costas afectadas. Y el terremoto de Caldera era el foco sísmico más probable para este tsunami “sin padres sísmicos”; que fue generado en las costas del desierto de Atacama, a más de 12.000 km en línea recta de la zona donde se describen sus efectos.

Registros en deterioro

Previo a la investigación esos bloques eran un enigma. Y, Abad indica “sorprendentemente nadie los había estudiado antes”. Un registro más, de lo que ocurre en la región de Atacama que está todavía sin explorar en muchos aspectos relacionados con la geología, arqueología o biología, entre otros.

Lamentablemente en la actualidad están en un estado de deterioro. Basura y grafitis, acompañan esos importantes vestigios históricos, en un sector que es usado para acampar o hacer asados.

Están ubicados, resalta Abad en un paraje de excepcional belleza escénica y de alto interés ecosistémico, el Área Marina Costera Protegida de Isla Grande de Atacama.

Pero aunque el sitio ha sido propuesto como lugar de interés geopatrimonial por la Sociedad Geológica de Chile, y tener cierto nivel de protección, se encuentra muy descuidado y degradado.

En la actualidad la zona de los bloques está en un estado de notorio deterioro. Basura y grafitis, ahora acompañan esos importantes registros, en un sector que es usado para acampar o hacer asados. Fotos: Paulina Sepúlveda.

“Los bloques más pequeños son movidos para anclar las carpas cada verano durante las prolongadas acampadas, algunos de los bloques más grandes parecen quemados al utilizarse para hacer el soporte de parrillas para asados, hay letrinas, basura y electrodomésticos esparcidos por todo el sector. Es necesario actuar rápidamente en el lugar y evitar que se siga dañando por los visitantes. El deterioro es ya irreparable”, advierte.

Desde mediados de 2021, dice el investigador trabajan en artículos que profundicen en la necesidad de conservar y proteger de la degradación a esas evidencias de paleotsunamis “para que la comunidad no olvide el riesgo real que conlleva vivir en las costas, que está muy subestimado”.

Son más que una anécdota geológica. Ahora se sabe, a ciencia cierta, dice que fenómenos similares a éste se han producido en estas costas nortinas y en todo Chile miles de años atrás.

“En mi opinión, este tipo de registros deben ser cuidados, preservados y conservados para que sirvan como recordatorios de que, aunque se produzcan cada varios siglos, el litoral del desierto de Atacama volverá experimentar grandes terremotos y tsunamis que generarán una enorme destrucción en su litoral y la pérdida de muchas vidas humanas. Es algo que debería ser tenido en cuenta y en Atacama parece que se vive de espalda a esta realidad”, subraya el experto.

Basura en el campo de bloques de Bahía Cisne, que se encuentra hoy muy descuidado y degradado. Foto: Manuel Abad.

En Atacama, explica el investigador tanto los planes de emergencia como la planificación territorial se han diseñado en base a la posible repetición del terremoto y tsunami de Noviembre de 1922. Sin embargo, pese a que fue un evento importante, de los más relevantes del siglo XX a escala global, “es mucho más pequeño comparativamente al de 1420 u otros que estamos encontrando en la misma zona no más antiguos”.

Las evidencias del gran terremoto y tsunami en las costas próximas a Caldera constituyen los vestigios de un evento geológico excepcional que, de haber tenido lugar hoy en día, habría tenido un impacto mediático global, resalta, “supone, un hito en la historia geológica de Chile y, tal vez, de toda Sudamérica y la cuenca pacífica”.

Históricamente, es algo tan particular como un tsunami capaz de atravesar un océano de costa a costa y generar daños en poblaciones costeras hace cientos de años. Y con la particularidad de que sus efectos quedaron en las crónicas históricas japonesas en un momento en que las comunidades atacameñas no disponían de cómo registrarlas de forma escrita.

Los bloques en la zona hablan de que ciencia cierta, fenómenos similares a éste se han producido en estas costas nortinas y en todo Chile miles de años atrás. Foto: Manuel Abad.

Además, el hallazgo supone la solución a un misterio que había permanecido sin resolver desde el siglo XV: el origen del tsunami huérfano de Oei. Todo eso, pone de manifiesto la importancia del sitio geológico más allá de cualquier duda.

“Esos campos de bloques movidos por las enormes olas sobre los acantilados calderinos son depósitos que deben ser considerados un ejemplo excelente del registro de paleotsunamis en costas acantiladas, específicamente de un fenómeno tan catastrófico y colosal que no ha tenido parangón en miles de años en el desierto de Atacama”, afirma.

Esas grandes rocas, desgajadas y rotas, son un recordatorio de la capacidad destructiva de los tsunamis. Aquellos que potencialmente se pueden desencadenar frente a las costas del norte del país. “Lo que parece haber sido olvidado por muchos de sus habitantes y los tomadores de decisiones en los últimos años”, dice Abad sobre la relevancia de cuidar, conservar y proteger la zona para que puedan ser contemplados y considerados por futuras generaciones, incluso ser usados como un atractivo turístico.

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