Cómo imaginamos el futuro hoy, con sus beneficios y sus peligros, puede hablar mucho de nuestro presente. El filósofo español y académico de la Universitat de Valencia, Francisco Martorell Campos, se dedica a estudiar los escenarios futuros que las distintas épocas de la historia han reflejado en la literatura de ciencia ficción, series y películas. Con esto, también expositor de la última versión de Congreso Futuro puede diagnosticar ciertas etapas de la vida a través de las utopías o distopías que emergen de la sociedad.

¿Será mejor el futuro en términos políticos o tecnológicos? Es una pregunta que para el filósofo ibérico ayuda a encaminar la lectura de cómo vivimos hoy. Hace poco publicó un libro llamado “Contra la distopía: La cara B de un género de masas”, un postulado que destapa las inconsistencias teóricas y contraindicaciones prácticas de las narraciones distópicas fabricadas por el cine y la literatura. En entrevista con Qué Pasa, el pensador español recorre las distintas experiencias utópicas y distópicas de cada época y analiza cómo estas últimas han perdido su efecto en la actualidad. Quizás, el sistema ya no es desafiado por ellas, sino que beneficiado.

-¿Cuál crees tú que es la función de la utopía, y también cuál sería la función de la distopía en este caso?

La función de la utopía, desde mi punto de vista, es básicamente pragmática. Es como decía Eduardo Galeano, nos permite andar, no nos permite dirigirnos a un horizonte que nunca se alcanza, pero nos orienta en busca de algo mejor la utopía. Muchas veces entendida como género literario y como una facción del pensamiento filosófico, político moderno.

Es lo que aporta, son ideas para mejorar la sociedad. Propuestas para transformar la sociedad a mejor en beneficio de todos. Luego la aplicación de esas propuestas puede salir mejor o puede salir peor porque no todo en la utopía son aspectos positivos. En los utopistas del siglo XVIII hablaban de la educación pública y universal o de la sanidad pública universal eran tachados de locos. Eso era visto como una cosa totalmente imposible, como un delirio. A veces las ideas utópicas se cumplen y se cumplen para bien, y contribuyen al progreso.

La función de las distopías, por otro lado, es advertirnos de los peligros que abriga nuestra sociedad actual y advertirnos de a dónde llegaremos si continuamos así. Mientras la utopía presenta un futuro mejor que el presente, la distopía presenta un futuro peor que el presente. Y su función es impedir, en la medida de lo posible, que ese futuro se cumpla.

Eduardo Galeano (1940 - 2015)

-¿Crees que también existen factores sociales que promuevan ese aumento de utopías y distopías? Como ante una crisis, una guerra o una pandemia

Si, el auge de la distopía se produce a lo largo del siglo XX y a la sombra de los acontecimientos traumáticos del mismo. la Primera Guerra Mundial, la Crisis del 29 la Segunda Guerra Mundial, los totalitarismos, la toma de conciencia de la crisis ecológica, la crisis de los recursos, en fin. Todo ese tipo de acontecimientos beneficiaron que el género distópico que en el siglo XIX era minoritario en comparación a la utopía, creciera.

Sin embargo, la utopía empezó a adquirir mala fama. El lanzamiento de la bomba atómica tuvo un impacto simbólico tremendo porque venía a refutar la idea de que el progreso tecnológico era siempre positivo. La gente se dio cuenta que el progreso tecnológico bien podría ir en contra de los intereses de la humanidad. En que la política utópica podía crear una especie de paraíso en la tierra, pues también se dio cuenta que podía crear un infierno. El caso es que el pesimismo y el catastrofismo empezaron a cundir en la imaginación social y empezaron a acondicionarla. Y la distopía salió muy beneficiada.

Contra la distopía, de Francisco Martorell Campos. Imagen: La Caja Books

-¿Pero las utopías o distopías ayudan realmente a cambiar un sistema o solo los profundiza?

Es la pregunta del millón. Cómo crear una crítica que realmente moleste aunque sea un poco al orden imperante y que le produzca algún tipo de incomodidad, por poco que sea. Bueno, yo creo que la crítica que tenga aspiración de inquietar al orden dominante debe de acompañar la denuncia de las injusticias con propuestas prácticas de vida. Si solo nos quedamos en el primer momento, estaremos hilvanando una crítica estéril, ensimismada en sí misma, casi paranoica, que indaga hasta en los rincones más oscuros del sistema para desenmascarar las lógicas de la opresión, de la subjetividad.

Eso está muy bien, tal vez sea necesario hacerlo. Pero es del todo incompleto porque lo venimos haciendo desde los años 50. La crítica social, filosófica, sociológica. O sea políticas cada vez más sofisticadas se amontonan los ensayos de denuncia social y todo sigue igual, el sistema sigue impertérrito, ni tan siquiera le rozan esas críticas al sistema. ¿No le molesta ser criticado? Simplemente necesita espacio para desplegarse. ¿Le molestaría más? No vale criticar el presente si no somos capaces de crear ideas para mejorar o para superar el presente. Si solo lo criticamos, y me refiero a los intelectuales, a los humanistas dedicados a la política, no estamos haciendo la totalidad del trabajo, nos estamos quedando estancados. En el momento distópico de la denuncia, pero luego hace falta la fase utópica de la propuesta.

-¿Es posible pensar en ejemplos de utopías o distopías que resultaron “exitosos” o que hayan empujado a la sociedad a materializar sus narrativas?

Sí, por supuesto. Bueno, pues encontraremos que el pensamiento utópico estándar, desde el siglo XVI hasta el siglo XX. Voy a poner un ejemplo concreto: Robert Owen en 1844 propuso la jornada laboral de 8 horas. Su idea era 8 horas para trabajar, 8 horas para descansar y 8 horas para el esparcimiento. Cuando propuso aquello, te puedes imaginar lo que pensaron, porque cómo iban las empresas a funcionar solo con 8 horas de trabajo era imposible desde el punto de vista de entonces.

-¿Cada vez que existe una un postulado utópico, nace inmediatamente su contra respuesta distópica?

Sí, podríamos decir que sí. La primera utopía oficial de la historia es la utopía de Tomás Moro, una novela de 1516. Hubieron antes ya algunos textos proto-utópicos, como la República de Platón. Si nos vamos allí a la República de Platón, estamos hablando del siglo IV ac. Bueno, Platón propone un sistema alternativo a la democracia ateniense de la época. Décadas después Aristóteles, en la política, en el capítulo cuarto, ya desmontó la República de Platón e hizo ver las contradicciones y los peligros.

Pasó igual en la utopía de Tomás Moro, pocas décadas después ya habían sátiras y críticas a su postulado. Aunque en realidad la utopía oficialmente nace en el siglo XIX como género literario, aparecen constantemente utopías contrarrestadas por textos que, aunque no pudieran bautizarse como distópicos, ya intentaban desenmascarar sus contradicciones o lagunas.

Foto: La Caja Books

-¿Es posible también separar las distopías tecnológicas de las políticas?

Bueno, en la separación entre distopía política y distopía tecnológica corre paralela a la separación entre utopía política y utopía tecnológica. La utopía de Tomás Moro es algo así como el punto de partida de la utopía política de la utopía que confía en que las reformas políticas crearán un mundo mejor. Al siglo siguiente apareció la nueva Atlántida, de Francis Bacon, que sería el punto de partida de la utopía tecnológica, la cual confía en que será la tecnología la encargada de crear un mundo mejor.

En realidad, utopía política y utopía tecnológica muy pronto se fusionaron. La utopía paradigmática era una mezcla de las dos, donde lo político y los tecnológico se combinaba en torno al deseo de crear una sociedad más justa. Y sucede algo parecido con la distopía, principalmente como por ejemplo el famoso de George Orwell, “1984″.

-Pensando ya en las distopías y utopías del siglo XXI, ¿Cuáles crees tú que son los principales aspectos que destacan de ellas?

Evidentemente en las distopías del siglo XXI, el enemigo suele ser con más exigüidad el capitalismo que el totalitarismo por razones obvias. El totalitarismo estatal y el totalitarismo colectivista. Llama mucho la atención que sigan apareciendo muchas distopías anti Estado, sobre todo distopías que van dirigidas a los jóvenes. Les están engañando porque la amenaza para el futuro no es el Estado. Si los Estados pintan ya bastante poco en el orden. El global de la actualidad, más bien creo que los que cortan el bacalao hoy día son las grandes corporaciones.

A nivel internacional los estados, pues están ahí como un poco de espectadores y su importancia en el orden global es bastante escaso. Sin embargo, estas distopías, por ejemplo Los Juegos del Hambre, siguen diciéndoles a los chicos y a las chicas jóvenes que tengan cuidado con los gobiernos totalitarios, como como si esa fuera nuestra máxima preocupación hoy día. Es increíble. Esa es una de las facetas negativas de la distopía en el siglo XXI: que están insistiendo en viejos personajes y están insistiendo en antiguos riesgos y en antiguas jeremiadas, y sin embargo ocultan los auténticos problemas de la actualidad y los auténticos peligros.

-Entonces, ¿esto se transformaría más que una crítica en una romanización del malestar?

Las distopías son una expresión del malestar social. La gente no está dormida ni se ha convertido en una manada de zombis ni nada por el estilo. Hay malestar social porque hay motivos para que exista ese malestar, pero el malestar social puede cristalizar de dos maneras diferentes. En un descontento que quiera transformar el presente y que quiera crear un futuro mejor, o puede cristalizar en un malestar que se retroalimenta a sí mismo y que se dedica a cuestionar y a inspeccionar todos los problemas que nos afectan y a sobredimensionarlos. La distopía es una expresión del malestar, también la utopía es una expresión del malestar, pero la utopía, además de criticar el presente, nos permite el imaginar maneras de mejorarlo o de superarlo.

-¿Qué ocurre con el metaverso? Partió como un concepto sacado de una distopía literaria

El metaverso es una extensión de la realidad virtual o es un, si se quiere, subproducto de la realidad virtual. Y alrededor de este tema hay utopías y distopías desde la década de los años 30 del siglo XX. Yo he localizado distopías de la realidad virtual de 1930, antes de que existiera la realidad virtual. Entonces, el metaverso no va a crear ninguna utopía ni va a crear ninguna distopía por sí solo, porque el metaverso es la nueva distopía para para mucha gente y es la nueva promesa utópica para otra.

Soy totalmente ajeno al argumento humanista tradicional de que estos dispositivos nos fragmentan de la realidad real y nos sumergen en un mundo alienado. Me parece un argumento francamente muy frágil, porque la realidad que denominan la realidad que percibimos cada día ya es una construcción. Ya es en sí mismo un “producto virtual”, un constructo de nuestro lenguaje, de nuestras creencias, de nuestra expectativa. De la cultura en la que vivamos, a mí no me parece nada mal que exista la realidad virtual del metaverso y que la gente se sumerja allí. Ahora bien, la utopía, la distopía, insisto, no va a depender del metaverso, sino que del sistema económico, político y social en el que estemos.