Según el físico teórico Michio Kaku, estamos en una nueva edad de oro del viaje espacial donde ya no son las superpotencias las protagonistas -ni los contribuyentes los que financian estas aventuras interestelares-, sino empresarios como Jeff Bezos, Elon Musk y Richard Branson, sir británico que, contra todo pronóstico, se elevó por los cielos en un avión espacial supersónico desarrollado por su compañía, Virgin Galactic, ganando una carrera más en su larga trayectoria empresarial.

Y es que este incombustible setentón, aparte de ser un gurú de los negocios, es un increíble deportista que ningún otro empresario iguala. A parte de jugar tenis, golf, ciclismo y hacer todo tipo de expediciones y deportes náuticos, este caballero británico ha batido algunos récords mundiales, entre ellos, cruzar el océano pacífico desde Japón hasta el Ártico Canadiense en un globo de 74.000 m³.

También fue aclamado -y severamente criticado- por intentar circunnavegar el mundo y tener que ser rescatado en helicóptero, por sobrevivir junto a su familia el incendio de su casa en las Islas Vírgenes Británicas debido a un rayo y por accidentarse, de tanto en tanto, a una edad en que se supone los caballeros guardan la calma.

Es un multitasker que se toma las cosas con humor, pues pese a declarase un mal conferenciante, sus charlas son multitudinarias. Branson es, sin lugar a dudas, un referente para los emprendedores que no solo quieren trabajar y ganar dinero. El estilo Branson es trabajar duro, pasarlo bien y que las personas que te acompañan sean felices.

Pero la vida sería muy aburrida si solo girara alrededor de sus empresas y proezas atléticas. A Branson le gusta tanto participar y organizar alocadas fiestas, como destinar una parte importante de su tiempo a distintas y variadas iniciativas para combatir el cambio climático, el sistema de transportes y de salud británicos, apoyar a África u organizar recitales de beneficencia. Claramente, como sostienen sus detractores, no triunfa en todos estos frentes ni cumple todas sus promesas, pero las críticas no le hacen mella a un hombre capaz de depilarse las piernas y disfrazarse de azafata para pagar una apuesta y de paso hacerle publicidad a su línea aérea.

Cercanos y detractores también sostienen que la fama de fiestero de Branson no es tal, pues su principal motor suele ser despertarse a las 06:00 para practicar algún deporte. Además, cuando deja de lado el traje de hippie capitalista, es capaz de conversar -y ser tomado muy en serio- por históricas figuras de la talla de Nelson Mandela (1918-2013) y Desmond Tutu (1931-2021) y de líderes políticos como Tony Blair y Barack Obama.

Gran lector, Branson se da tiempo para cultivar este hábito -que adquirió en la biblioteca de la escuela tras sufrir una lesión deportiva- y escribir best-sellers, pues su estilo de vida tiene millones de seguidores. Si revisan sus redes sociales verán a Branson con celebrities, leyendo solo en una isla paradisiaca, practicando deportes a torso desnudo, jugando tenis con Djokovic, pedaleando en algún tour europeo, animando a su escuadra en la F1 o simplemente compartiendo su happy life style con Joan, su señora y sus tres hijos. Y, como no, verán fotos y videos de su mamá, mujer que, en palabras de su hijo, fue una fuerza de la naturaleza que vivió muchas vidas extraordinarias.

Eve Branson, fallecida a los 96 años debido al Covid, fue una reconocida filántropa, cuya infancia y juventud estuvieron marcadas por las guerras mundiales, razón por la cual esta reconocida bailarina, se unió al Royal Navy para apoyar a los soldados británicos en la Segunda Guerra Mundial. En una época de escasez, trabajó en distintas iniciativas y se metió al negocio inmobiliario, siempre dándose tiempo para formar una familia, jugar tenis, golf, leer y escribir.

Fue azafata de British Airways, también fue piloto de aviones sin motor y siempre le dijo a su hijo que podía llegar a las estrellas. En un emotivo video que Branson comparte en Instagram, recuerda como de niño le enseñó a ser un insaciable aventurero y fue precisamente ella quien le dio sus primeras cien libras esterlinas cuando se retiró del colegio para empezar su primer negocio: una revista musical.

Y esta fuerza de la naturaleza se casó con el abogado Edward Branson, hijo a su vez de un magistrado del tribunal de justicia y consejero privado del Reino Unido, hombre a quien su hijo recuerda como un hombre de gran corazón y sentido del humor. Un hombre de familia, un padre tradicional, a ratos silencioso, muy cariñoso y capaz de perdonar y acoger sus travesuras.

Así, a diferencia de Jeff Bezos, Steve Jobs y de otros líderes dramáticos que vienen de complejas situaciones familiares, Richard crece en un ambiente seguro, cómodo, pero no de grandes lujos. Un niño cuya alegría y seguridad seguramente desaparecieron nada más pisar el colegio. Escuchemos al mismo Richard Branson, en El Estilo Virgin:

“A mis 16 años, para sorpresa de mis padres y mis amigos, me salí del prestigioso colegio Stowe. Lo hice con los ojos bien abiertos, para cristalizar mi sueño de fundar mi propia revista. En lo profundo de mi corazón, sabía que para que la revista Student fuera un éxito no se necesitaba que yo siguiera desperdiciando mi tiempo precioso sentado en un salón asfixiante”.

Totalmente fuera de la norma, el pequeño Branson transita de la educación privada a la pública, y de la pública a la creación de una revista musical. El colegio era un sufrimiento y es altamente probable que en nuestros días un caso como éste habría terminado con un diagnóstico de déficit atencional con hiperactividad y una batería de terapias. No solo eso, el pequeño Branson pasó varios semestres sin poder leer la pizarra sin que nadie lo advirtiera, y cuando por fin le pusieron anteojos, se dio cuenta que igual no entendía nada. Tenía dislexia.

Con estas dificultades, la estrategia de supervivencia emocional -tal como le cuenta el mismo Branson al periodista Andrés Oppenheimer- fue destacarse en los deportes y transformarse en capitán de todo lo que participó. Ser un atleta competente fue esencial para su identidad, pues esto lo salvó de ser peligrosamente tildado de estúpido o vago, etiquetas comunes en la cultura escolar británica para los alumnos de bajos resultados académicos.

Ahora… ¿cómo un niño con todas estas dificultades académicas se sobrepone y construye un imperio? ¿Quería ser billonario? Para nada. Es más, tanto sus promotores como detractores coinciden en que Branson nunca ha buscado hacerse rico con ningún negocio, sino que siempre anda buscando formas más entretenidas de hacer las cosas. ¿Por qué las disquerías tienen que ser aburridas? ¿Cómo hacer memorable la experiencia de un pasajero terrestre, aéreo o galáctico? Dicho lo anterior, cabe también preguntarse ¿De dónde saca la fuerza este septuagenario para llegar al espacio y ganarles la pole position a Elon Musk y Jeff Bezos?

Escuchemos a doctor Freud:

“El niño debe tener mejor suerte que sus padres, no debe estar sometido a esas necesidades objetivas cuyo imperio en la vida hubo de reconocerse. (…). His Majesty the Baby, como una vez nos creímos. Debe cumplir los sueños, los irrealizados deseos de los padres; el varón será un gran hombre y un héroe en lugar del padre”.

Freud sabe de lo que habla, pues él sintió en carne propia la increíble fe de su mamá en su destino y el doloroso insight de que él llegaría a ser el gran hombre que el comerciante Jacob Freud, nunca fue para su mamá. Así, podemos hipotetizar que el pequeño Richard se transformó en el aventurero que su padre no fue.

Su mal desempeño académico y las dificultades financieras y legales que sufrió Branson en sus primeros años como empresario, no fueron una barrera para una mujer que creía que su hijo podía llegar a ser Prime Minister. ¿Tan fuerte y poderoso es el amor de mamá?

Para Sigmund Freud, que siempre miraba debajo del agua, ese “conmovedor amor parental, tan infantil en el fondo, no es otra cosa que el narcisismo redivivo de los padres, que en su trasmudación al amor de objeto revela inequívoca su prístina naturaleza”.

Ahora, ya sea que la energía de Branson venga de la fuerza de la naturaleza materna o al narcisismo de los padres señalado por Freud, cabe preguntarse si se equivocó o no la mamá del pequeño Richard al creer que su hijo llegaría a las estrellas o si estaba muy perdida la madre del pequeño Sigmund al creer que su hijo sería alguien en el mundo.

Juzguen ustedes, pero tal como hemos visto en esta revisión de líderes dramáticos, esa ilimitada fe de la madre y la ausencia o menor influencia del padre, parecen ser combustible para sus hijos. Hijos que, contra viento y marea, le demuestran al mundo, que su mamá tenía razón.

Continuará…

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